Wednesday, May 30, 2018

PRENSA OFICIALISTA CUBANA JUSTIFICA LOS SUICIDIOS EN EL PAIS CON UNA CURSI Y LARGA NOTA

Suicidios en Sancti Spíritus: En duelo con la muerte



El suicidio, considerado un problema de salud en el mundo, reporta una tasa anual creciente en Sancti Spíritus, que rebasa la media en Cuba. Imagen ilustrativa.
Elena nunca estuvo tan lejos de la vida. Abrió la ventana del apartamento por donde entró la llovizna inesperada. A esa hora, su mamá disfrutaba las aventuras por la televisión en la sala. A esa hora, su hija busca fugarse definitivamente. Antes, hubo sobredosis de psicofármacos y terapia intensiva; hubo un tren, un pitazo infinito y la mano que la arrancó de la línea férrea en el segundo exacto. Quería deshacerse de sus 22 años y de su borrascoso matrimonio, que no era tal. Subió a la butaca para despedirse, también, de la ventana. Y tropezó con el vacío mojado de la noche.
Los intentos y los suicidios consumados no son exclusivos de Sancti Spíritus ni de Cuba. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada 40 segundos una persona se priva de la vida en el planeta; incluso, la cifra de muertes por este motivo al año sobrepasa el número de fallecidos debido a conflictos bélicos y a homicidios sumados en ese período.
Como lo sostienen expertos internacionales y cubanos, esta problemática no constituye un fenómeno solo de hoy; en el transcurso de la Humanidad, el suicidio ha sido valorado desde diversos ángulos culturales, no pocos modificados con el tiempo.
En la Antigüedad, entre los vikingos y galos era razonable quitarse la vida por enfermedad o vejez; los japoneses recurrían a ello por expiación o derrota. En el mundo greco-latino, resulta extensa la lista de personajes reconocidos que procedieron así: Sócrates, Marco Antonio… En Cuba, primero, los indígenas; luego, los africanos traídos a la isla apelaron al ahorcamiento ante la impotencia y la amargura provocadas por los colonizadores españoles, según el libro La autopsia psicológica ¿Suicidio u homicidio?, de la doctora Teresita García Pérez.
Para la OMS, el suicidio —palabra acuñada por el escritor y médico inglés Thomas Browne en su obra Religio Medici en 1642, a partir de los términos latinos sui (uno mismo) y caedere (matar)— es “la muerte que resulta de un acto suicida”, conceptualizado este por la propia organización como “todo acto por el que un individuo se causa a sí mismo una lesión, cualquiera sea el grado de intención letal y de conocimiento del verdadero móvil”.
Objeto de análisis desde perspectivas clínicas, psicológico-psiquiátricas, epidemiológicas, sociológicas…, dicho actuar constituye un fenómeno global y afecta tanto a las naciones más industrializadas como a las menos desarrolladas, realidad que motivó una investigación conjunta entre académicos de Reino Unido y Estados Unidos, quienes consideraron paradójicas las altas tasas de mortalidad por esta causa en los “países más felices”; entendida la felicidad, esencialmente, como disponer de suficiente dinero para hacer y comprar lo que desea la persona.
Independientemente de esta visión reduccionista, desvela por igual la pérdida de vidas humanas —más aún debido a un suicidio—, ocurra lo mismo en Japón o Suiza, que en Cuba, con elevadas tasas anuales por cada 100 mil habitantes en América.
Esta lastimosa verdad ha sido manipulada con fines políticos por medios de comunicación para crear matrices de opinión contrarias a la Revolución, proyecto perfectible que ha tenido como piedra angular al ser humano, como lo demostró la presentación en fecha reciente del informe de la Mayor de las Antillas ante el Examen Periódico Universal, mecanismo del Consejo de Derechos Humanos, con sede en Ginebra.

Fuentes: Anuario Estadístico (ONEI) y Dirección Provincial de Salud.
Pese al empeño del Estado por garantizar el derecho a la existencia —lo atestigua la tasa de mortalidad infantil de 4.0 reportada el pasado año—, 8 mil 954 personas se quitaron la vida en el país del 2013 al 2017, período en que el suicidio estuvo entre las principales diez causas de muerte —similar a la tendencia mundial—, de acuerdo con el Anuario Estadístico de Cuba y de Salud.
En específico, Sancti Spíritus registró 389 decesos por el referido motivo desde el 2013 hasta el 2017; de ellos, 90 el año precedente. Esta última cifra, además de triplicar el número de muertes ocasionadas por accidentes de tránsito en el 2017 aquí, representa la mayor del quinquenio, cuando las tasas de fallecimientos anuales por lesiones autoinfligidas intencionalmente rebasaron siempre la media nacional en ese lapso y estuvieron entre las 10 primeras causas de deceso en el territorio, según el Anuario Estadístico y fuentes de la Dirección Provincial de Salud.
Desde centurias precedentes hasta hoy, diversos estudiosos han hurgado en las manifestaciones de la conducta suicida. Ya en 1820, el psiquiatra francés Jean Pierre Falret expuso que el suicidio era consecuencia de un trastorno mental; en 1838, el galo Esquirol adujo que constituía secuela de una crisis de tipo afectiva. El sociólogo Émile Durkheim argumentó en 1897 en su libro El suicidio que este era resultado de la interacción entre los hechos sociales y las motivaciones individuales de la víctima.
En Sancti Spíritus, cada suicidio consumado deriva en el análisis de la Comisión Técnica Asesora Provincial de la Conducta Suicida, la cual determinó que los casos del 2017 estuvieron vinculados, en mayor medida, a conflictos personales y familiares.
Para salvar la vida de quienes manifestaron tentativas suicidas y, por fortuna, sobrevivieron, la propia comisión, con el apoyo de los departamentos de Salud Mental de los municipios, también evaluó los intentos, ascendentes a 468 el pasado año, número que suele distanciarse de la realidad, dado el estigma que despierta en el imaginario social reconocerlo.
Más de la mitad de estos hechos obedeció a fricciones familiares, condicionadas por hogares disfuncionales, incomprensiones y problemas en la comunicación. Los conflictos de pareja y personales también condujeron a la tentativa, presente de modo significativo en el grupo femenino de 20 a 39 años.
Sin embargo, preocupa que más de la tercera parte de los intentos del 2017 en Cabaiguán —municipio con mayor tasa de suicidios en la provincia en el período— correspondió a adolescentes, sucesos relacionados en grado sumo con la falta de comunicación en la familia, de acuerdo con Orlando Ríos Taño, jefe del Departamento de Salud Mental allí. Este comentario se aviene con la evidencia encontrada en la indagación acerca de las causas y factores asociados con el intento de suicidio en ese grupo etario en Sancti Spíritus —merecería un análisis particular—, publicado en la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología.
A sabiendas de que en las personas con 60 años y más se concentró la mayor cantidad de suicidios en el 2017 en Sancti Spíritus, “se realizan acciones diferenciadas en ancianos solos, frágiles y en estado de necesidad, con adecuado seguimiento de las patologías psiquiátricas, especialmente las concomitantes con alto riesgo suicida”, al decir de Ledanay Aquino Pérez, coordinadora de Salud Mental en la Dirección Provincial del sector.
De tal vulnerabilidad alerta Orlando Ríos, al examinarla en un escenario marcado por la tendencia gradual al aumento de las familias unipersonales debido a la migración al exterior, sobre todo de los hijos, fenómeno que ha sumido en la depresión a no pocos de quienes permanecen en la isla.
Los expertos han valorado la influencia de los trastornos depresivos en la conducta suicida, asociada, entre otros, a factores del funcionamiento psicológico y de la personalidad (baja autoestima, desesperanza) y a la presencia de patologías psiquiátricas y a condicionantes familiares (divorcio de los padres, presión de estos hacia los hijos).
En la relación incluyen razones sociodemográficas, biológicas (enfermedades terminales, deformaciones y amputaciones somáticas) y sociales: escaso apoyo y aceptación de los iguales, problemas escolares, pérdidas interpersonales, alcoholismo…
Varios estudios nacionales refieren la incidencia de las condiciones económicas desventajosas en interacción con otras causales, criterio sustentado en el alza mostrada por la tasa de suicidios en los años más dramáticos del período especial en Cuba.
Anterior a ello, en 1989 el Estado cubano implementó el Programa Nacional de Prevención de la Conducta Suicida, referente en el mundo; pero no ejecutado con similar calidad en las diferentes áreas de Salud en el país, a tenor de investigaciones consultadas.
Dicho programa le concede protagonismo a la Atención Primaria en la identificación de los individuos en riesgo, labor constatada por este reportero en el Consultorio del Médico de la Familia No. 20, del Policlínico 2, de Cabaiguán; pero perfectible en otras unidades de ese tipo del mismo territorio.
Para que el programa salga del papel y se corporice, existen las Comisiones Técnicas Asesoras desde el nivel nacional hasta el municipal, encargadas de evaluar sistemáticamente las manifestaciones de la conducta suicida, el seguimiento de los casos detectados, la intervención de los equipos de Salud Mental y la capacitación, sin olvidar la certeza martiana: “Es un crimen no oponer a la muerte todos los obstáculos posibles”.
La OMS insiste en que la prevención rebasa las fronteras de los sistemas de Salud y su enfoque debe ser multifactorial, con la mirada puesta en las causas, para declararle el duelo a la muerte. Alerta, a la par, sobre las secuelas del suicidio: la pérdida de seres humanos, el trauma familiar y los costos económicos.
De estos gastos forman parte las tres operaciones a las que fue sometida Elena en el Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, durante sus dos meses de ingreso. Solo un milagro salvó su vida, luego de lanzarse al vacío aquella noche. Solo la destreza de los especialistas le devolvió la lozanía al nuevo rostro de mi amiga.
(Tomado de Escambray)

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