Wednesday, July 26, 2017

EN BUSCA DE MUNDO HABITABLES

Mundos habitables
Dania Chaviano 
26 de julio, 2017
Uno de los aspectos que más disfruté fue asistir como espectadora a la conferencia “Habitable Worlds” que ofreció el astrobiólogo Abel Méndez, director del Laboratorio de Habitabilidad Planetaria, dedicado al estudio de la habitabilidad de la Tierra, el Sistema Solar y planetas extrasolares, que trabaja en el Observatorio de Arecibo, uno de los centros más activos en el proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre).
El astrobiólogo Méndez, quien mantiene el Catálogo de Exoplanetas Habitables, explicó las diversas vías que usan los científicos para hallar mundos con posibilidades de sustentar vida de cualquier tipo, incluyendo aquellos donde pudieran existir civilizaciones avanzadas.

Catálogo actual de exoplanetas con gran potencial de habitabilidad,
 colocados según el Índice de Similitud con la Tierra
(si otorgamos a nuestro planeta un índice de 1.00), presentado por el astrobiólogo Abel Méndez.
Primero resumió los factores necesarios para que exista la vida, entre los que se encuentra el tamaño del planeta, que debe estar dentro de ciertos parámetros para poder contar con un campo gravitacional que permita retener atmósfera; la existencia de agua, cuya composición atómica es ideal para mezclar, disolver e interactuar de formas muy diversas con otros elementos y compuestos químicos; la distancia (dentro de la llamada “zona Goldilocks o Ricitos de Oro”, en alusión al cuento infantil) que debe mantener ese mundo en torno a su estrella para garantizar energía suficiente para la vida vegetal que luego sustentará a la animal, si esta aparece, y también importante para lograr un equilibrio entre las temperaturas extremas, porque un mundo demasiado frío o demasiado caliente puede malograr buena parte de las reacciones químicas necesarias para el desarrollo de la vida orgánica.
Se discutió la posibilidad de que pudieran existir formas de vida que no estuviesen basadas en los elementos Carbono, Oxígeno, Hidrógeno y Nitrógeno, como la nuestra, pero tratándose de elementos que se encuentran en el grupo de los más abundantes en el universo, es de esperar que la mayor parte de la vida en el universo también esté basada en una bioquímica similar a la nuestra.
Por otro lado, el hecho de que exista vida en un mundo no significa que haya llegado a un nivel elevado de inteligencia, por lo que si queremos encontrar civilizaciones más o menos avanzadas también hay que tomar en cuenta factores como la longevidad de la estrella y de su sistema solar para dar tiempo suficiente a que evolucionen criaturas capaces de impactar sobre su medio ambiente y modificarlo.
Otro de los temas que se abordaron fue la detección y comunicación a distancia con inteligencias alienígenas. La idea de “escuchar” las ondas radiales que provienen del espacio, para dilucidar si se trata de ruidos cósmicos naturales o artificiales, ya no parece la mejor manera de contactar con otras civilizaciones o de averiguar siquiera si hay vida inteligente allá afuera, entre otras cosas, porque esas ondas tienden a dispersarse y debilitarse a medida que se desplazan por el espacio; y dadas las enormes distancias existentes entre los cuerpos celestes, esa técnica equivale a buscar la proverbial aguja en un pajar, independientemente de que ahora se estén empleando métodos para concentrar y aumentar el alcance de esas señales.
Los astrónomos están a la búsqueda de nuevas opciones, como la creación de telescopios cada vez más potentes colocados fuera de la atmósfera terrestre —la cual deforma u opaca los objetos y las luces distantes—, empleando sistemas fotográficos cada vez más sofisticados que minimicen el pixelado de las imágenes, con el fin de detectar ciudades o territorios iluminados en el hemisferio nocturno de esos mundos, megaestructuras espaciales de diversos tipos (esfera de Dyson), y otras señales de civilización.

Lenguaje y religión más allá de la Tierra
Otro de los paneles que me interesó fue “Translation in Space”. En este participaron Christopher Rose (profesor de ingeniería y decano asociado de la facultad en Brown University), Lawrence M. Schoen (autor, psicólogo, doctor en psicolingüística), uno de esos geeks que puede hablar con fluidez el klingon, fundador del Klingon Language Institute y traductor a esa lengua del Tao Te King, la Epopeya de Gilgamesh y dos obras de Shakespeare, y Jonathan Brazee (escritor de ciencia ficción, infante de marina), que conversaron sobre los desafíos que representará el intercambio de comunicación con seres extraterrestres dentro de la ciencia ficción y en la (potencialmente posible) realidad.
La discusión tomó como punto de partida el filme Arrival (La llegada), basado en la noveleta La historia de tu vida, de Ted Chiang. Gran parte de la discusión giró, por supuesto, en torno a la lingüística y las posibles vías para traducir un lenguaje totalmente alienígena para el cual no contamos con ninguna Piedra Rosetta.
Habría, pues, que buscar factores comunes a dos especies distintas, que permitirían crear una zona de entendimiento mutuo. Entre ellos, se propusieron elementos de origen científico —matemáticas, química—, morfológico —en caso de que los alienígenas tuvieran extremidades y cuerpos con funciones semejantes a los nuestros—, protolingüísticos —sonidos onomatopéyicos—, y otros de utilidad más o menos dudosa.

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