Friday, April 7, 2017

¿QUÉ SE HA HECHO DE LA UNIDAD AMERICANA?

Por Alfredo M. Cepero
7 de abril, 2017

De ahí que los Estados Unidos de América que deslumbraron al mundo durante casi dos siglos se hayan transformado en los deplorables Estados Desunidos de América de los últimos 50 años.
Cuando los padres fundadores reunidos en Filadelfia en el verano de 1776 anunciaron al mundo su decisión de sacudirse el yugo británico no lo hicieron como 13 colonias separadas. Lo hicieron como estados comprometidos a fusionarse en una sola nación. En tal sentido declararon: "Que estas Colonias Unidas son, y deben serlo por derecho, Estados Libres e Independientes; …….. que, como Estados Libres o Independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, concertar alianzas, establecer el comercio y efectuar los actos y providencias a que tienen derecho los Estados Independientes" . En esa unidad encontraron la fuerza para convertirse al mismo tiempo en la admiración y la envidia del mundo por los próximos dos siglos.
Veintisiete años más tarde, el presidente Thomas Jefferson hizo el mejor negocio de la historia cuando en 1803 le compró a Napoleón el Territorio de Luisiana por 15 millones de dólares (unos 220 millones en dólares actuales). En 1819, adquieren de España el territorio de la Florida y en 1845, la incipiente República de Texas pidió unirse a la Unión Americana. En poco más de medio siglo los visionarios de Filadelfia habían visto a una joven nación convertirse en una potencia mundial con un territorio de 9 millones de kilómetros cuadrados, el doble del territorio de Europa Occidental.
En el sur del Continente Americano la historia se había desarrollado en forma muy diferente. Bolívar, como el mismo se lamentara en su lecho de muerte, había "arado en el mar". El Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por el Libertador en junio de 1826 para hacer realidad su sueño de crear una confederación de los pueblos latinoamericanos, desde México hasta Chile y Argentina, terminó en un absoluto desastre. Las divisiones y rivalidades entre las naciones americanas generaron numerosos conflictos fronterizos que terminaron en guerra. De hecho, entre 1825 y 1935, poco más de un siglo, la America Latina fue escenario de más de una docena de conflicto bélicos entre los países que integraban su territorio. Los más costosos y devastadores la guerras de la Triple Alianza, del Pacífico y del Chaco.
Otro tanto ocurrió en Europa, a pesar de considerarse más ilustrada y sofisticada que América. Sus conflictos comenzaron tan temprano como la Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre Inglaterra y Francia. Pero la conflagración de verdaderas dimensiones continentales fue la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) en que participaron países de Europa Occidental, Central, Septentrional, Meridional y (en menor medida) Oriental. Más tarde, se produciría los cataclismos de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Esta última fue el conflicto más mortífero en la historia de la humanidad, con un resultado final de entre 50 y 70 millones de víctimas, la mayoría inocentes de la población civil.
A través de todos estos años, mientras otros malgastaban recursos y derramaban sangre en infructuosos conflictos bélicos, los Estados Unidos disfrutaban de un prolongado periodo de paz que les permitió convertirse en una potencia económica y en una sociedad relativamente armoniosa. Los agobiados por guerras, perseguidos por tiranos y menesterosos del mundo cruzaron los mares para hacer realidad sus aspiraciones de libertad y de superación personal en la nueva Tierra Prometida y, de paso, crear la mística del Sueño Americano.
Pero, como ocurre con frecuencia, con el crecimiento y las oportunidades surgieron los retos. Ese reto fue la horrible Guerra Civil Americana de 1861 a 1865, con su saldo macabro de 750,000 muertos. Los Estados Unidos de América apenas llevaban “unidos” poco más de ochenta años cuando la nación fue sacudida por aquel conflicto fratricida. Más que una nación, el Norte y el Sur parecían dos países diferentes donde se fraguaban dos sociedades, cada una con modelos sociales, políticos y económicos distintos. Fue gracias al genio político y el coraje de Abraham Lincoln que los Estados Unidos no tomaran el camino autodestructivo de Europa o de la América Latina.
Pero en un mundo cada más pequeño a causa de los progresos tecnológicos y de la velocidad de las comunicaciones los Estados Unidos no podían permanecer ajenos a los problemas en otras latitudes. En ambas guerras mundiales fueron la industria y el poderío militar norteamericanos los que inclinaron la balanza a favor de las democracias. Recién finalizado el segundo conflicto europeo asomó la garra del comunismo en la península coreana, entre 1950 y 1953. La mano firme de Harry Truman salvó a Corea del Sur de la devastación por las hordas del comunismo.
Diez años más tarde la historia sería muy diferente en el conflicto de Vietnam. Y es precisamente en esta década de 1960 en que, en mi opinión, comienza el deterioro de la tradicional unidad norteamericana. Las protestas comenzaron en 1963 y se extendieron a gran velocidad por todo Estados Unidos. Fue entonces cuando EE. UU. se polarizó entre los que abogaban por continuar la guerra y quienes deseaban una paz inmediata a cualquier precio.
El movimiento vio la participación de estudiantes, madres de soldados, afroamericanos, hippies, educadores, religiosos, académicos, periodistas, abogados, médicos, militares veteranos y en general todas las facciones de la sociedad estadounidense de la época. Las oposiciones fueron desde grandes manifestaciones pacíficas hasta violentos disturbios callejeros, destacando el 24 de abril de 1971, cuando más de 500,000 personas marcharon pacíficamente contra la guerra en las calles de Washington D.C. Lyndon Johnson cayó abatido por el conflicto y decidió no aspirar a la reelección. Richard Nixon lo terminó con una paz apresurada y precaria. Resultado, aunque los EEUU ganaron las batallas en Vietnam los comunistas ganaron la guerra en las calles de los Estados Unidos. En lo adelante los Estados Unidos no serían los mismos.
La nación entra entonces en una guerra contra sí misma y contra los valores que la propulsaron a su grandeza. Es una guerra extraña, furtiva, cultural. En ella se enfrentan, de una parte, los liberales multi culturalistas que afirman que no existe un pueblo ni una cultura norteamericana, que esta sociedad es esencialmente racista, discriminadora, machista, sexista, imperialista, represiva y que, por lo tanto, merece desaparecer. Esa es la América de Obama y de la izquierda vitriólica que lo adora y que no se resigna a haber perdido las últimas elecciones.
¿Cómo se explica este fenómeno? Parte de la explicación está en que al tener el control de los medios de comunicación de masas y de la enseñanza, el principal interés de esta nueva izquierda es cambiar nuestro sistema de valores y nuestra manera de pensar sin que nos demos cuenta, mediante una lenta e insensible imposición de sus puntos de vista. La nueva izquierda constituye una facción extraordinariamente militante, y su policía del pensamiento patrulla escuelas y universidades en busca de cualquier actitud que no sea "políticamente correcta". Donald Trump se ha enfrentado a esta plaga y la izquierda no se lo perdona.
De otra parte están los que, pese a sus infinitos defectos, la consideran la sociedad más democrática y generosa del mundo, y luchan por conservarla. Esa es la América que puso a Donald Trump en la presidencia. Pero, si tomamos en cuenta la intensidad de la confrontación, parecen ser dos bandos renuentes a la reconciliación. De ahí que los Estados Unidos de América que deslumbraron al mundo durante casi dos siglos se hayan transformado en los deplorables Estados Desunidos de América de los últimos 50 años. No es necesario decir que los grandes perdedores han sido el pueblo norteamericano y un mundo salvado varias veces del abismo por la luz que emite esa señora a la entrada de la Bahía de Nueva York bautizada como Estatua de la Libertad.

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