Friday, February 24, 2017

REQUIEM PARA UNA GRAN PERIODISTA ESCRITA POR ELLA MISMA

​SOFÍA IMBER​

Si yo llorara, lloraría el mar entero.
24 de febrero, 2017
Me llamo Sofía Imber y tengo 90 años. Lo sé por mi madre, Ana Barú, que nunca mentía y siempre me dijo que yo nací el 8 de mayo de 1924, en Soroca, entonces ciudad de Besarabia, luego de Rusia, hoy de Moldavia. Casi todo lo que sé de ese lugar lo sé porque me lo contaron, pues no tengo recuerdos. Apenas si todavía guardo en la memoria la figura de Kostik, el cochero de mi familia, el primer hombre del que me enamoré o, en todo caso, el primer hombre que se me hizo necesario en la vida. Todo lo demás es un relato verbal que escuché desde antes de tener uso de razón y que me ha acompañado desde siempre como una historia de persecuciones, pérdidas y muerte. Siendo judía mi familia, se comprenderá muy bien por qué tuvimos que escapar de aquellos lados del mundo cuando comenzó el asedio a nuestra raza. Llegué a Venezuela muy niña, en 1930. El general Gómez aún estaba vivo, pero para nosotros, que veníamos huyendo de todos los horrores, este era un país de paz (...) ¿Es necesario que me defienda? Desde que pude hacerlo hasta que la vejez comenzó a cercar mi vida no hice otra cosa excepto trabajar, trabajar y trabajar. Además de dedicarme a la prensa escrita, ingresé en la televisión e hice, entre otros, el programa “Buenos Días”, un hito en la historia del periodismo venezolano. Al principio éramos tres los anfitriones: Reinaldito Herrera, Carlos Rangel y yo. Luego quedamos Carlos y yo. Luego quedé yo. Sola. Porque Carlos, mi segundo esposo, hombre afectuoso y de una inteligencia muy fina, se suicidó en 1988. Fue un golpe muy duro para mí, pues él y yo hacíamos todo, todo juntos, pero fue su decisión y yo supe comprenderla. Me dejó una carta, que a veces vuelvo a leer. Allí me dice que sabré sobreponerme, que debo hacer esto y aquello… Carlos era perfecto. Perfecto.
Quizá nadie como él podría dar el mejor testimonio sobre lo que fue hacer el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, que inauguramos en 1974 y llegó a ser uno de los mejores de América Latina, como se ha dicho y se sabe. El museo fue mi segunda casa durante casi 30 años, hasta el día de 2001 en que Hugo Chávez me botó de la dirección, a través de un programa de televisión. Yo estaba haciendo ejercicio en la Cota Mil cuando me enteré. Me llamaron de casa para informarme. No alteré mi rutina. De la Cota Mil fui a tomarme un café en la panadería St. Honoré, como lo tenía previsto. Eso fue en enero. Yo pensaba renunciar en marzo. Sabía que no iba a poder trabajar con una persona como Chávez en el gobierno. Él se adelantó a mi decisión.
Hoy en día, cuando me preguntan si me siento satisfecha, siempre digo lo mismo: me siento satisfecha de las cosas que hice bien. ¿Feliz? Lo he sido a veces. No se puede ser feliz constantemente. Mi mayor logro, eso sí, son mis hijos, a pesar de las dificultades que hemos enfrentado. Quise para ellos tres cosas en la vida: que hablaran inglés, que supieran nadar y que tuvieran unos buenos dientes. Pedro, mi único varón, murió en enero de 2014. Tenía 51 años… Horrible… Horrible… Lo pienso mucho. El dolor hace pensar. A muchos les parece insólito que yo no llore. Dicen: “Es una mujer cruel, es una mujer insensible”.
Si yo llorara, lloraría el mar entero.
Los que me frecuentan han visto que tengo mucho sentido del humor. Me río de mí misma. Reflexiono. Me analizo. Hago psicoanálisis desde que vivía en París, donde comencé a verme con el doctor Daniel Lagache, en el número 270 de la rue du Bac. (...) Con todo, pienso que sí hay un Dios bueno para mí, cuando llegue el momento de mi muerte, será rápida. No quiero que, dado el caso, me prolonguen innecesariamente la existencia. ¿Para qué? ¿Qué sería de la vida? ¿Qué sería de la vida sin pasiones? Nada. ¿Tragar, cagar y dormir? No. Para mí, eso no. Y mis hijos ya lo saben"

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