Wednesday, February 22, 2017

FALLECE SOFÍA IMBER: LA PÉRDIDA DE UNA GRAN MUJER EN VENEZUELA


por Dorian Garcìa G.

La del Museo, la madre, la periodista, la viuda de Carlos Rangel, la exesposa de Guillermo Meneses, pero sobre todo, la Sofìa Ímber desnuda y sin tapujos que antes de llevarse en silencio su crítica espetó "Este gobierno convierte en mierda todo lo que toca" , falleció tras úna molesta convalecencia.

Nacida en Rumania pero traída a Venezuela a temprana edad por sus padres, Imber logró emerger desde sus orígenes humildes gracias a su dedicación y buen desempeño académico, lo que le permitió ser una estudiante destacada desde su niñez. 
Tras graduarse como periodista en los años de 1940, escribió varios trabajos que fueron publicados en países como México, Argentina y Colombia, mientras en su vida personal contrajo nupcias con el diplomático venezolano Guillermo Meneses. 
La vida diplomática de Meneses llevó a Imber a vivir varios años en Europa durante la década de 1950, lo que le permitió conocer a numerosos artistas venezolanos e internacionales y crear un vínculo artístico que nunca se rompería.
El mayor logro de Sofía en su vida como promotora cultural fue lograr la creación del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (MACC), institución que además dirigió desde su creación en 1974 hasta 2001. 
El edificio forma parte de un urbanismo público conocido como Parque Central, construido en la década de 1970, caracterizado por el estilo arquitectónico "brutalista" basado en el uso masivo del concreto armado y las líneas rectas. 
El rol de Imber en la creación de este museo fue tan destacado que a partir de 1990 por decreto del entonces presidente Carlos Andrés Pérez (1989-1993), pasó a ser conocido como Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber (MACCSI). 
Entre las obras más importantes destacan exhibiciones de los artistas plásticos venezolanos Carlos Cruz Díez y Jesús Soto, así como pinturas del español Pablo Picasso y el francés Claude Monet, o esculturas del también galo Auguste Rodin. 
Sin embargo, con la llegada de la "revolución bolivariana" en 1999 la suerte comenzó a cambiar para Sofía y desde 2006 "el Sofía Imber" volvió a llamarse desde 2006 Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (MACC), que ahora tiene un carácter "revolucionario". 
Pese a ello, numerosos transeúntes que caminan por la zona siguen asociando este museo con esta venezolana de origen rumano y por ello el nombre "Sofía Imber" sigue siendo sinónimo de arte y cultura.
COSAS DE SOFIA… QUE NO SE LLEVÓ A LA TUMBA
“Jamás me imaginé que esto podía pasarme, esta vejez paralizante y atroz. Jamás. Y por eso también trato de no pensar en esto. Prestarle demasiada atención al asunto me haría insoportable la vida, y a mí me gusta vivir, y odio la muerte”.
Ellos me quitaron el Museo en enero y yo tenía planificado irme en marzo; lo que hizo Chávez fue adelantar, de mala manera, mi salida. Me di cuenta de que tenía que terminar ese ciclo, esa gestión, porque además yo no iba a soportar este régimen que me iba a ordenar hacer tal o cual exposición. Y ya me habían dicho que a Farruco no le gustaban las exposiciones que yo hacia. Entonces me dije: ‘bueno Sofía te tienes que ir’… Y todo el mundo me dijo que esa salida la mandó a hacer Farruco por inspiración de Manuel Espinoza.
“Me contaron que, cuando le quitaron mi nombre, hicieron una especie de pira y cantaron tal como si fuera la quema de libros cuando Hitler. Pero todo eso no importa porque la gente sigue llamándolo El Maccsi y algún día volverá a tener mi nombre.
el año pasado pude entrar. Vi todo más o menos en orden, normal, pero ya no el museo: no es un museo porque allí adentro no hay gente. ¿Y qué es un museo sin gente? Un cadáver”.
Sofía Imber, in memoriam
Con Sofía Imber muere la Venezuela del arte y la cultura, la libertaria irreverencia de un periodismo culto e inclaudicable y la dignidad de lo que un día fuéramos y debiéramos volver a ser. Es el imperativo moral que nos deja su legado.
Antonio Sánchez García 
            Estaba profundamente fastidiada por su circunstancia. Ser llevada de un lado al otro en silla de ruedas, tener que contar con una asistente para realizar sus tareas más nimias, tal como se lo contara a Diego Arroyo, la fastidiaba hasta extremos insoportables. Imposible de estarse quieta, ella, un volcán en permanente erupción, por lo cual exigía ser paseada por su chofer por las calles de su ciudad dos o tres horas diarias hasta agotar sus ansiedades. Que siempre fueron inagotables.
            Estábamos en el auditorio del Miami Dade College culminando los preparativos para el homenaje que se le rendiría al día siguiente, durante la presentación en los Estados Unidos del estupendo relato de su vida escrita por su joven biógrafo venezolano. A los pocos minutos quiso irse y se apostó en su silla de ruedas, a la sombra del sol y del viento, esperando el taxi que debía volverla a casa.
            Salí a acompañarla. Y le hablé de la muerte a la que sus más entrañables amigos se estaban acercando.  Nos estábamos acercando. Fue un bálsamo para su impaciencia. Su destino era el nuestro. Me sonrío, me tomó de las manos y sus ojos se iluminaron. Al día siguiente asistió en primera fila al bello homenaje preparado por su hija, Adriana Meneses, y la estrecha amiga de ambas, Beatrice Rangel. Con el concurso siempre atento y discreto de Carlos Alberto Montaner y la presencia de esa suerte de hijo espiritual al que tanto quiso, Boris Yzaguirre. Soledad cumplió su último deseo: le cantó las canciones que ella y Carlos tanto amaban: Göttingen, Palabras de amor, Gracias a la vida. Y esas emblemáticas  e inolvidables canciones de nuestro folklore, el Polo Margariteño y el Pajarillo Verde. “Eres grande Soledad”, le susurró al oído. Más que ella, imposible.
            La vejez, su vejez y la nuestra, ese inevitable naufragio al que tanto detestaba y temía Jorge Luis Borges, impidió que las jóvenes generaciones que pronto dirigirán el país, si deciden asumir sus responsabilidades con grandeza, con temple, con honestidad y entereza,  la conocieran, la disfrutaran, aprendieran a respetarla y quererla. No ha sido pródiga nuestra encallada república en figuras tan prodigiosas como Sofía Imber. De una rectitud y una prodigalidad tan deslumbrantes. De una creatividad y una capacidad ejecutoria verdaderamente asombrosas. De una cultura artística, una sensibilidad y una veracidad a toda prueba. Seres como Sofía merecerían la inmortalidad, si ella no fuera el más espantoso de los castigos imaginables. Por el bien de sus pueblos. Por el bien de sus naciones.
            Quien no advirtió la inconmensurable pequeñez, incultura y zafiedad del teniente coronel al arrebatarle a su máxima obra, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, su impronta esencial - su nombre y su apellido -, no merece llevar en su corazón la grandeza de esa Venezuela emprendedora, culta, inteligente, pacífica, legalista que en una suerte de milagro histórico se hiciera de Venezuela durante esos cuarenta años de democracia, está siendo mortalmente atropellada por la resurrección de la barbarie. No hizo lo que sus aliados del ISIS y protectores del narcoterrorismo de los usurpadores del poder hicieran con las inmortales obras de Palmira: derrumbar a golpes de mandarria una de nuestras máximas creaciones culturales. Su gansteril bajeza sólo llegó hasta arrebatarle su nombre y rebajar la obra a una mera señal perfectamente desdeñable en el catálogo de las grandes obras de la democracia. Preparando las condiciones para contraponerle, desde un rancherío del oeste, el monumento a su incultura. Al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, el Museo Militar con sus restos semi momificados. La eterna discordia: la deslumbrante grandeza de la civilidad contra la turbia barbarie del militarismo.
            Con Sofía Imber muere la Venezuela del arte y la cultura, la libertaria irreverencia de un periodismo culto e inclaudicable y la dignidad de lo que un día fuéramos y debiéramos volver a ser. Es el imperativo moral que nos deja de legado.

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