Thursday, January 12, 2017

HAY QUE MATAR AL MUERTO

Por Alfredo M. Cepero
12 de enero, 2017
Los cubanos hemos comenzado este 2017 sin la presencia entre los vivos del monstruo que hizo de Cuba un infierno de 58 años. Es por lo tanto lógico que muchos de nosotros alberguemos, aunque sea con cauteloso optimismo, la esperanza de que Cuba recupere un día cercano su libertad y cuente con el tipo de instituciones que caracterizan a las naciones civilizadas del mundo. Pero, para llegar a esa meta, tendremos que superar numerosos obstáculos y recorrer un largo camino. Porque, en su obsesión por acumular y preservar un poder absoluto, la tiranía asesinó opositores, destruyó instituciones, confiscó bienes privados, intervino medios de información, pervirtió el sistema educativo, estatizó los sistemas de salud, racionó la distribución de alimentos y, en el colmo de la maldad, destruyó la cohesión familiar. Creó tres generaciones de autómatas dependientes de las limosnas del régimen y carentes de principios, de autoestima y de iniciativa. Con ese material defectuoso y envenenado tendremos que construir a la nueva nación cubana.
Una Cuba que no será la de 1959 sino la de la fecha en que nos toque realizar la proeza de incorporarla al mundo civilizado. Como Heráclito, los cubanos tenemos que llegar a la realización de que: "No podemos bañarnos dos veces en un mismo río porque sus aguas se renuevan a cada instante". No puede haber marcha atrás ni mantenimiento de "status quo" sino salto hacia delante. Porque en estos 58 años las aguas de Cuba no sólo se han renovado múltiples veces sino han sido contaminadas por los demonios que la han esclavizado. Si queremos tener éxito, tendremos que enfrentar la tarea con mente abierta, voluntad de servicio, carácter firme y poniendo los intereses del país por encima de los intereses o la popularidad de los gobernantes a quienes les toque tan ingrata tarea. Una estirpe de estadista que por desgracia no abunda.
Pero lo peor de todo es que la desaparición física del monstruo podría no venir acompañada de la desaparición de su ideología perversa, de su política obtusa y de su mística diabólica. Los mitos que se asientan en la psiquis de los pueblos son tercos en su permanencia y se enfrentan con todo tipo de armas contra quienes tratan de destruirlos. Para comprobarlo sólo tenemos que analizar los acontecimientos políticos y sociales que siguieron a la desaparición de líderes providenciales similares a nuestro diabólico Mesías en países como la Argentina, Alemania e Italia.
Los sucesores de Perón, Hitler y Mussolini trataron infructuosamente de borrar sus huellas de sus respectivas naciones. En Alemania e Italia llevó años superar el nazismo y el fascismo. De hecho, todavía hay sectores marginales en ambos países que verían con regocijo el regreso de aquellos demonios. En la Argentina la situación es mucho peor. En la tierra de Guevara, Bergoglio y Maradona el peronismo todavía campea por su respeto y cuenta con el respaldo de amplios segmentos del electorado. Se produce así la paradoja de que tanto los militares que derribaron a J.D.Perón como los gobiernos que siguieron a esos militares (la mayoría de tales gobiernos también militares) querían, en realidad, eliminar la figura de J.D.Perón, su persona y su autocracia (posiblemente) pero no disentían demasiado en el fondo con sus políticas, sobre todo la económica, laboral y sindical.
Evidencia de ello es que tales políticas apenas sufrieron pequeñísimas modificaciones, casi podría decirse que puramente "cosméticas", incluso hasta nuestros días. Y, nuevamente, como una consecuencia no deseada por los antiperonistas, convirtieron al país en un peronismo sin Perón, que era lo contrario a lo que decían querer. Para mayor prueba, comenzando con la ex bailarina y ex primera dama María Estela Martínez de Perón, en los últimos 50 años los argentinos han dado las llaves de la Casa Rosada a peronistas como Héctor Cámpora, Carlos Saúl Ménem, Eduardo Duhalde y el matrimonio corrupto de Néstor y Cristina Kirchner. Su incapacidad para liberarse del mito del peronismo ha convertido a una nación que fue cumbre de cultura y de desarrollo en un abismo de corrupción y de demagogia.
Los cubanos tenemos que evitar por todos los medios caer en una trampa similar. Muchos sectores que antes he calificado de "oposición domesticada" promueven una transición timorata que mantendría muchas de las instituciones, las políticas y, en casos extremos, hasta estaría dispuesta a compartir el poder con algunos de los personeros de la actual tiranía. Un "fidelismo sin Fidel" que equivaldría a detener el reloj de la historia, renunciar a los principios de democracia, libertad y justicia plasmados en nuestro ordenamiento constitucional y traicionar la memoria de los miles de cubanos que han muerto defendiendo esos principios desde nuestras guerras de independencia.
Nuestro pueblo merece y nuestra patria demanda un destino mejor. Para ello es imprescindible llevar a cabo un cambio radical de su gobierno, una sustitución total de sus actuales gobernantes y una transformación integral de sus instituciones. Como se borra de un pizarrón una fórmula perversa nuestros futuros gobernantes tendrán que borrar el pasado y describir con caracteres diáfanos, firmes y transparentes la ruta de la nueva nación cubana. Una nación que en nada se parezca al antro de oprobio, miseria y opresión de los últimos 58 años. De lo contrario, habremos perdido todo este tiempo y demostrado que somos un pueblo que no merece ser libre.
Admito, sin embargo, que la tarea será de proporciones siderales. Sobre todo, cuando tomamos en cuenta la ignorancia sobre los beneficios de la libertad, sobre las bondades de la democracia, y sobre las oportunidades del mercado libre que muestran los cubanos moldeados en las cámaras de adoctrinamiento de las escuelas castristas. La mayoría de ellos sufre de una confusión ideológica y una resignación a la dependencia que resultan incomprensible para quienes no hemos sufrido el martirio de la tiranía castrista. En mis contados y limitados contactos con aquellos que llegan en los últimos tiempo me he dado cuenta inmediatamente de que sus valores y los míos viven en dos universos totalmente opuestos.
Para muchos de ellos el capitalismo es una mala palabra, la libertad una entelequia, la democracia una quimera y el comunismo fracasó por el "bloqueo norteamericano". Escapan de la miseria del castrismo pero, sin saberlo, siguen llevando a Castro en su fuero interno. Aunque nacimos en la misma tierra somos parte de dos pueblos totalmente distintos. Ese es el mayor daño que han hecho al pueblo de Cuba los bastardos de Angel Castro y de Lina Ruz.
A pesar de esos obstáculos, con esos dos pueblos tendremos que andar hacia el futuro porque todos tenemos el mismo derecho a sentirnos y llamarnos cubanos. Ahora bien, ambos bandos tendremos que regirnos por una fórmula de principios y valores comunes que nos permita vivir en armonía. Empezar por el castigo a quienes han sumido a la patria en un pantano de odio, en un páramo de miseria y en un mar de sangre. Esos delincuentes no pueden disfrutar de impunidad. Si la nueva república perdonara a esos asesinos, ladrones y proxenetas caería bajo el peso de una total injusticia a sus víctimas.
Pero, para lograr esa nación ideal donde quepamos todos los cubanos, debemos entender que cada uno de nosotros es responsable de su propio destino, que el estado no es nuestro protector sino nuestro servidor y que el precio de preservar la libertad es nuestra vigilancia permanente. Por su parte, nuestros gobernantes tendrán que mostrar el coraje de construir una nueva Cuba de las cenizas de su presente y la sabiduría de romper con un pasado ominoso que, si no lo confrontamos con energía, nos podría perseguir por muchos años. Tendremos, literalmente, que matar al muerto para erradicar su mística.

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