Friday, December 23, 2016

¿POR QUÉ CENIZAS Y NO MOMIA? ME MORÍ, DIJO FIDEL CASTRO



Habría sido una momia hermosa, según las más modernas y costosas técnicas actuales

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Cubanet
Tania Díaz Castro
La Habana, 23 de dic, 2016
Que yo recuerde, jamás el Comandante Fidel Castro preguntó a los simpatizantes de su dictadura, presentes en sus mítines políticos, qué hacer con su cuerpo en la hora de la muerte.
Él, que consultó al pueblo varias veces, por ejemplo, cuando recibió las manos del Che, si se embalsamaban o no, se le olvidó el detalle de preguntar qué opciones preferían para su cuerpo, si momia, o hecho polvo.
Ahora, los comentarios, las hipótesis y las preguntas pululan por cualquier parte del mapa cubano.
¿Por qué no se le consultó a sus partidarios para que, en vez de verlo pasar por la carretera convertido en ceniza, lo contemplaran hecho momia, casi tal como se les fue al otro mundo?
¿Por qué no fue embalsamado, según la tradición de los líderes comunistas? Recordemos a Lenin, Stalin, Mao Zedong, Ho Chi Ming, Kim Il Sum…
De esa forma Fidel Castro se habría convertido en la primera momia del siglo XXI, e igual que los cadáveres de Blanca Nieves o de La Bella Durmiente del bosque encantado, en una espléndida y llamativa urna de cristal, su figura sobreviviría al paso del tiempo y sus fan podrían contemplarlo cuantas veces quisieran.
Habría sido una momia hermosa, según las más modernas y costosas técnicas actuales.
Pero, en toda esta historia surgió un problema: ¿Estaba de acuerdo su hermano Raúl, el nuevo jefe de Estado, en que la momia de Fidel resultara demasiado vieja y fea, sin barba ni pelos en la cabeza? En aquellos momentos, aún con todo el oro del mundo, ¿dónde podría encontrarse barba y peluca adecuada, que no parecieran falsas, maquillistas especializados que lo rejuvenecieran y, sobre todo, el mejor embalsamador del mundo?
Dicen algunos por ahí, que por esa razón, a Fidel le aplicaron un programa espiritista al pie de la letra: incineración rápida, sin previa consulta; si fallecía de noche, debía ser incinerado al amanecer según lo estipulado. Y así fue. De demorarse más se corría el riesgo de que su espíritu o fantasma no pudiera trascender y se quedara aferrado a su cuerpo.
Para que la coreografía de las honras fúnebres continuara a tono con los cánones espiritistas, la, o el más allegado del occiso, debía de lucir prendas de vestir hasta las muñecas, por aquello de que el color negro, según la más vieja tradición, ahuyenta al espíritu del muerto y no se posesiona de su víctima.
Otros, los que gustan de las religiones afrocubanas, no se sienten a gusto con lo ocurrido, porque según los dioses de más prestigio, eso de hacer polvo a una persona es una ofensa y mucho más encerrar ese puñado de polvo entre paredes de cemento, el mismo día de Changó.
Por último, fue el yanqui Oliver Stone quien, tal vez sin darse cuenta, puso el dedo en la llaga, al recordarnos que Fidel era un adivino.
Seguramente como adivino, fue que exclamó aquella noche del 25 de noviembre, exactamente a las 10:29:
“De momia nada, señores, me darían una segunda y definitiva muerte, sobre todo si me descubren una expresión maléfica y burlona. Como verdadero dictador que soy, no lo olviden, estoy muy por encima de la Muerte y descanso en paz, si lo decido o no.”

Me morí: Últimas páginas del diario del Comandante en Jefe Fidel Castro


 Me morí.
No se puede culpar a nadie. Es absolutamente mía la responsabilidad.
Alguna vez lo dije. Si la Revolución fuera destruida sería por causa nuestra. Después de más de 600 atentados fracasados de la CIA contra mi persona fue mi propio corazón el que dejó de funcionar por voluntad propia. Y sin mi consentimiento, debo decir. Pero no es este momento de culpar a nadie aunque siempre haya abrigado sospechas contra él. Temí que por debilidades propias de su naturaleza inconscientemente actuaría de acuerdo con el enemigo. La ya conocida generosidad de nuestra Revolución me impidió actuar por anticipado temiendo que cualquier acción preventiva pudiera poner en peligro una vida que no me pertenecía a mí sino a todo un pueblo. Aprovechando un descuido mío mi corazón se detuvo y la circulación de la sangre, descrita hace siglos por el científico Miguel Servet, español como mi padre, se interrumpió y mi organismo todo dejó de funcionar. Pero no mi conciencia y he ahí que el materialismo dialéctico tendrá una ardua tarea que resolver.
Así que estaba muerto pero nadie quiso asumir la inmensa responsabilidad de darse por enterado. Ni siquiera se atrevieron a cubrirme la cara con una sábana que es lo que se hace en las películas producidas por el imperialismo, un imperialismo que se regodea innecesariamente en la muerte y la violencia. Ese mismo imperialismo del que más temprano que tarde veremos pasar su cadáver. Pero gracias a que no me cubrieron con una sábana pude seguir atentamente todo lo que ocurría en la pantalla del televisor. (Tampoco se atrevieron a apagarlo por temor, supongo, a que yo no estuviera muerto y que, al despertar, me enfureciera por haberme perdido alguna noticia. Como esta de mi muerte. No sería la primera vez.) Y sí, pude ver a mi hermano anunciando mi fallecimiento. No lo hizo mal, debo reconocerlo. Realizó la tarea con una sobriedad extraña en él. Y aunque reconozco que yo lo hubiera hecho mejor, lo felicito. Ciertamente yo le habría impreso mayor solemnidad al anuncio pero no se puede estar en todo.
Al hacerse pública la estremecedora noticia de mi fallecimiento el primero en llamar fue el presidente venezolano Nicolás Maduro. Aunque se le explicó varias veces que la noticia era real y no una maniobra para confundir al enemigo insistió en ponerse al habla conmigo. Cuando ya no quedó otro remedio Raúl hizo traer a una espiritista —recomendada por Abel Prieto, un joven valioso— para que nos pusiera en contacto ultrasensorial al querido presidente venezolano y a mí. Gracias a esto Maduro me felicitó y me deseó suerte en mi nueva etapa que él llamó eterna pero a la que yo prefiero referirme en términos menos dramáticos. No obstante, la insistencia de Maduro nos fue útil al permitirnos dirigir cada detalle de las complejas operaciones que se requirieron para mis exequias.
Lo primero que hubo que decidir fue qué hacer con mi cuerpo. Compañeros especialistas me explicaron que había pasado tanto tiempo desde la traición de mi víscera pretendidamente más importante. De modo que ya serían impracticables los procedimientos taxidérmicos que me permitirían conservar una inmediatez física con mi pueblo. Hice saber que no lo pensaran más. De no estar de cuerpo presente ante mi pueblo sería mejor que me cremaran. Así evitaría el lento y humillante proceso de la descomposición del cuerpo. En eso intervino mi querido Hugo Chávez quien me felicitó por la audaz iniciativa que habíamos tenido Maduro y yo de reunirnos con él. Fue difícil explicarle a Chávez que Maduro seguía vivo. Pero más difícil fue explicárselo a Maduro quien al escuchar la voz de Chávez tuvo una confusión que tardamos horas en aclararle: él, Raúl y el imperialismo seguían vivos y Chávez y yo, muertos. Y Stalin. Y Napoleón. Cuando preguntó por Cristo decidimos cambiar de conversación.
No quiero aburrirlos con detalles. Porque no voy a engañarme: sé que estas páginas serán leídas por miles de millones de personas en busca de inspiración y por tanto no deben contener detalles intrascendentes. (Debo resignarme a que nada en mi vida es privado excepto mi vida privada, que es secreta.) De común acuerdo los especialistas y el difunto, decidimos proceder a la cremación de inmediato. El propio difunto ordenó, ante la mirada incrédula de la compañera espiritista, que aplicaran al cadáver la máxima temperatura posible. El fallecido estaba dispuesto a tolerar esa incomodidad con resignación, como mismo estuvo dispuesto a tolerar las peores pruebas mientras vivía. Y así fue. En medio de aquellas asfixiantes temperaturas me comportaba estoicamente cuando escuché la voz de mi querido Hugo Chávez advertirme que eso apenas era el comienzo. Pero antes que le pudiera preguntar a qué se refería Maduro le gritó a Chávez que la iguana que tenía de mascota en Miraflores lo miraba fijamente mientras le decía que tenía mucho calor. "Yo creo que el Comandante Fidel ha encarnado en la iguana", concluyó. Le tuve que pedir a la espiritista que cortara por completo la comunicación con Maduro para poder concentrarme en el duro trayecto que tenía por delante.
Porque todavía me quedaba por recorrer todo el país a bordo de un arcón rodante tirado por un jeep militar soviético. A todos les debía quedar claro que aunque mi cuerpo hubiera sido reducido a cenizas mi espíritu seguía en pie de guerra. Había perdido mi guerra biológica mas no la espiritual. Solo lamento que la Isla no fuera más larga para haber dilatado algo más el viaje hasta mi última morada. Y que la capital no hubiese estado en el cabo de San Antonio y darle a nuestra provincia más occidental la misma oportunidad de despedirme que al resto del país. Ya en las inmediaciones del cuartel Moncada, lugar de tanta trascendencia para la Historia patria y universal, el motor del jeep soviético, testigo de mis batallas contra los elementos, se detuvo. Como antes lo había hecho mi corazón. Tal parecía que lo sobrecogiera la significación del momento. Hubiese querido lanzarme desde el jeep como antes lo había hecho desde un tanque en las arenas de Playa Girón. Ser yo quien empujara el vehículo detenido en lugar de esos soldados tan poco marciales que me acompañaban. Sin embargo, comprendí, con la claridad de quien redescubre su lugar en este mundo, que mi misión en ese momento era mantenerme sereno al pie de mis cenizas. Que debía empezar a acostumbrarme a que mi pueblo aprendiera a arreglárselas sin mí.
"Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz", dijo el Héroe Nacional junto al cual, humildemente, di orden de guardar mis restos. Porque a eso recuerda la enorme piedra que hicimos bajar desde la Sierra Maestra para acoger mis cenizas: a un grano de maíz. Solo que en esa mole de roca sedimentaria no caben uno sino millones de granos de maíz.
Saquen ustedes sus propias conclusiones.
Chávez tenía razón. Acá el calor es infernal, muy al contrario de la edulcorada descripción que del paraíso nos dieron en escuelas regidas por jesuitas o hermanos de La Salle. Pero no pienso permanecer aquí por mucho tiempo. Mi espíritu inquieto y rebelde no lo soportaría. Trataré de reencarnar lo más pronto posible aunque quizás no lo haga en un ser humano. La escasa aptitud para la longevidad que posee la raza humana me ha resultado decepcionante. Quizás reencarne entonces en un galápago como el que vi en el patio del palacio de Miraflores. Mi única preocupación es cuán difícil le sería a una tortuga de tales dimensiones lanzarse desde lo alto de un tanque de guerra.
Porque me temo que alguna guerra habrá.
Y muertos, muchos muertos. Parece algo inevitable en el destino de ciertos ejemplares superiores, dicho sea esto con toda la humildad del mundo.

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