Saturday, October 29, 2016

TRUMP VISTO POR UN CUBANO

Donald, la 'bestia'



Donald Trump.
Francisco Almagro Domínguez
Miami, 29 de Octubre de 2016
Cuando el elector norteamericano tenga ante sí la boleta y lea el nombre de Donald Trump como candidato para presidente, vendrá a su mente una nube de maledicencias, un rosario de pecados, una tormenta de noticias y propaganda negativa —racista, homofóbico, abusador de mujeres, mentiroso, liberal, antinorteamericano y pro-ruso, ladrón, inepto, loco, choteador, evasor de impuestos—… Casi lo único que faltará es pensar que pudo matar a alguien, un criminal en segundo grado que atropelló a un ciego y se dio a la fuga. Incluso ahora, mientras usted lee estas líneas, puede decir que sí, que Donald es un delincuente, un hombre malvado, un sicópata, en fin, una "bestia".
Pero podría hacer el siguiente experimento: llegue a una oficina o a casa de unos amigos, y diga que va a votar por Donald. Verá como de inmediato "le viran los cañones". Habrá alguien que le dirá que parece mentira, que un hombre o una mujer inteligentes no votan por ese energúmeno. Otro, que si sale presidente hay que irse de Estados Unidos porque lo va hundir. Y está el que no dice nada, lo mira a uno fijamente, y hace un mohín de disgusto. Nada, que apoyar o tener preferencia por Trump puede ser más peligroso para uno que para el propio Donald.
Como muchos de nosotros venimos de un país que es una fábrica de odios y de asesinatos morales, se me ha hecho altamente sospechoso el ejercicio descrito arriba. Empezó siendo un juego, y puede que me haya traído hasta enemistades insospechadas. Es entonces que aunque el candidato republicano disguste o no sea todo lo apto que uno desearía, reclama atención y sobre todo, la curiosidad de entender cómo funciona la maquinaria propagandística política y una importante fracción del patriciado republicano, el mismo que le dado la espalda. Hay que decir que ha sido el propio Donald quien más ha ayudado a este cerco mediático y político. Pero hacerlo responsable absoluto no exime el papel de los medios norteamericanos y los anquilosados políticos en el ascenso y la caída de otros hombres de la política, artistas, hombres de negocio.
Tampoco hacer de Donald la "bestia" es una novedad en las elecciones norteamericanas. A Andrew Jackson —séptimo presidente— le pusieron el sobrenombre de asno, y por eso es el símbolo del Partido Demócrata. A Abraham Lincoln lo consideraron un dictador los confederados, y fue el odio y la sed de venganza lo que acabó con su vida en el Teatro Ford. Si se estudia detenidamente la historia, casi ningún candidato ha escapado a epítetos, apodos y descalificaciones. De Ronald Reagan, a quien se considera uno de los mejores presidentes de todos los tiempos, se dijo que era un actor mediocre, advenedizo, arribista desde sus tiempos en el sindicato de actores de Hollywood. Nuestro José Martí describió genialmente los golpes bajos y las disputas en las elecciones norteñas –—recordemos que paso la mitad de su vida en este país. Las campañas han sido y siguen siendo duras porque nadie tiene el puesto asegurado para un trabajo que es el más famoso y a la vez, el oficio más ingrato, solitario y duro del planeta.
Regresando a la "bestia" que nos ocupa, desde el principio las encuestas se equivocan porque hay factores sicológicos en juego que los números difícilmente pueden reflejar.  Una de esas causas es bien conocida por la sociología; se trata de que los grupos humanos amenazados seleccionan líderes autoritarios que los guíen. No importa cuán preparados, bonitos o ricos sean esos líderes. Solo tienen que parecer lo suficientemente fuertes para ser favorecidos. Desconocer el disgusto y la frustración de los norteamericanos de hoy ha sido un error de percepción. Donald se vende como ese hombre fuerte, como el "elegido" para hacer "América grande de nuevo".
El otro elemento sociológico es que los seres humanos evitamos la disonancia social. Esto quiere decir que si la imagen de un individuo es negativa en cierto contexto, la tendencia para reducir el "ruido" es no hablar de esa persona o mentir sobre ella, decir lo que los demás quieren oír y no lo que de verdad se piensa.
Después de la primera aparición de Trump como candidato, los medios generalizaron que el billonario había descrito a todos los mexicanos como violadores, drogadictos y asesinos. Una buena cantidad de norteamericanos "de viejo pelaje" se sintieron comprendidos, pero para la mayoría de los hispano-parlantes hubo un ataque personal. Trump tiene los defectos de los negociadores afanosos: dicen lo que piensan y sienten. Desde entonces hay un patrón en los medios: dejar hablar a Donald para que él mismo se hunda. Pero para otros ciudadanos, ese defecto es su mayor virtud, aunque a simple de vista parezca una "bestialidad".
Mientras se escriben estas líneas ha comenzado la votación adelantada en la Florida. Las filas son grandes. Muchos emigrantes. Muchos latinos. Nadie se pronuncia vehementemente por Hillary o por Donald. No hay violencia. Hay paz y esperanza de que vengan mejores tiempos. Las personas van calladas, siguen las disposiciones, toman la boleta, van a la casilla, y al salir, no hablan. Ancianos que votan por primera vez —cubanos— en una elección libre, democrática. Una larga fila bajo el sol del Caribe otoñal. Nadie se turba. Ni siquiera a aquella señora o aquel señor mayor, quienes en la intimidad de la cabina van a tener el derecho y el deber de seleccionar a su presidente, sin que les importe mucho cuán bestia le han dicho que es o pudiera ser.

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