Monday, October 10, 2016

CUBA Y EL 10 DE OCTUBRE

El 10 de octubre y la provocación para su olvido

Lo que ocurre cuando se utiliza la Historia para explicar un fracaso propio

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes llamó a luchar por la independencia de Cuba (CC)
El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes llamó a luchar por la independencia de Cuba (CC)
Cubanet|
Fort Pierce, 10 de octubre, 2016
 El 10 de octubre es un día representativo para la historia. No solo los cubanos deben evocarlo por su significado de carácter local en relación con el inicio de una de sus gestas independentistas, sino que hay otras partes del mundo en las que también, en este día, ocurrieron importantes acontecimientos que marcaron su historia.
En un punto cercano a Poitiers, en territorio francés, en el año 732, los francos derrotaron al ejército musulmán en la conocida batalla de Tours, con lo que impedían el avance de estos hacia Europa. Siglos después, en Estocolmo, en 1471, se libró la batalla de Brunkeberg, en que Sten Sture el Viejo, regente de Suecia, apoyado por granjeros y mineros, rechazó el ataque de Cristián I de Dinamarca. En Cuba, este mismo día, pero de 1868, un abogado de privilegiada posición social y económica seguido por muchos de sus esclavos —a los que había puesto en libertad— y otros humildes hombres de pueblo, como hiciera el “viejo” de Suecia con sus pobres hombres,  emprendía el camino e iniciaba la llamada Guerra de los 10 años.
Tal vez la inmensidad de uno de los líderes de la insurrección posterior, la del noventa y cinco, y el hecho de que la acción terminara con éxito que consolidó el nacimiento de la república —pasada ya la presencia norteamericana que tuvo lugar en el momento final de la guerra—  el 20 de mayo de 1902, fueron aspectos determinantes para que la guerra del noventa y cinco le quitara el protagonismo a la contienda del sesenta y ocho.
La valentía, rectitud, inteligencia, y ante todo ese inusual  altruismo de Céspedes fueron quedando a un lado cuando la emblemática figura de Martí, el noble hombre que sin tener nada lo dio todo, se alzaba triunfante para la eternidad.
José Martí tuvo un arraigo popular que llegaba al delirio, hasta el punto que sus compatriotas le llamaban presidente, aunque jamás tuvo tal puesto, o lo vieran como el supremo jefe que no fue, y sus opiniones se respetaban como leyes sin serlo, mientras que en el exilio convocaba a cientos de hombres, a los que unía en la contienda, y su palabra electrizaba a unos y despertaba a otros hasta convertirse en el símbolo de la nación, algo que no ocurrió con Céspedes, aunque se le reconociera su gran mérito y su justo lugar como iniciador de la rebeldía por la independencia cubana.
Pero este desplazamiento del protagonismo de una acción por otra resulta comprensible si se analiza desde esta perspectiva. Se trata de contextos históricos similares, pero con peculiaridades distintivas, así como líderes con matices de sus personalidades que los llevarían a ciertas dimensiones más allá de lo previsible en el caso de José Martí; sin menospreciar a Antonio Maceo, el valiente hombre de pueblo, y a Máximo Gómez, cuya inteligencia y sentido práctico en la batalla eran envidiables. No obstante, resulta inadmisible que aquella acción que marcara el inicio de la extensa lucha insurreccional sea olvidada en nuestros días.
Hacia el final del siglo diecinueve, José Martí se encargó desde el exilio de que el trascendental hecho permaneciera como algo viviente entre los cubanos. Sus sendos discursos en Nueva York cada 10 de octubre, ente 1887 y 1891, en el Masonic Temple y en el Hardman Hall, son una muestra de lo que representaba tal fecha para el colosal cubano.
Durante la primera mitad del siglo XX, la fecha fue considerada como una de las más significativas para la nación. Aunque ya no estaba el Apóstol bendito para evocarlo con su inigualable elocuencia, el hecho protagonizado por Céspedes se reiteraba como algo viviente cada 10 de octubre.
A solo nueve años de la toma del poder por el dictador Fidel Castro se conmemoraba el centenario de la histórica fecha. Durante una velada efectuada en La Demajagua, Manzanillo, el mandatario pronunció un extenso discurso que contribuía a cambiar las percepciones de la historia de Cuba. Con su egocentrismo distintivo aprovechó la ocasión para establecer vínculos entre el 10 de octubre y su rol como líder asaltante al Cuartel Moncada.
Para esto utilizaba la paradigmática imagen del Apóstol —en aquella ocasión fuera de contexto teniendo en cuenta que conmemoraba el 10 de octubre— para ratificar su absurda idea sobre la influencia martiana en su fracasado asalto: “Y eso no es algo que se diga hoy como de ocasión porque conmemoramos un aniversario, sino algo que se ha dicho siempre (…) y que se dijo en el Moncada. Porque allí cuando los jueces preguntaron quién era el autor intelectual del ataque al cuartel Moncada, sin vacilación nosotros respondimos: ¡Martí fue el autor intelectual del ataque al cuartel Moncada!”
Pero no solo esto, sino que estuvo constantemente intentando articular aquellos valerosos acontecimientos que de manera inevitable conducirían a la libertad de Cuba con los sucesos que él protagonizara. Para esto utilizó su reiterado recurso verbal al acudir a la idea de una continuidad desde los tiempos de Céspedes hasta el presente: “en Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868. Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes”. Por supuesto que no podía faltar su insulto al imperialismo yanqui, su habitual ataque por la injerencia norteamericana en la economía cubana, y lo peor, los cuestionamientos que hiciera acerca de la república que se había establecido desde 1902.
No se trata de ver una sombra tras cualquier paso del delirante comandante, pero este desplazamiento del protagonismo del 10 de octubre, a diferencia del que ya había tenido tras la grandeza de los hechos del noventa y cinco, ha sido causado por el Dr. F. Castro y sus “bondades” al declarar la fracasada acción que el protagonizara como el día de la rebeldía nacional, y le ofrecía al pueblo ya no un día de descanso, sino tres jornadas libres para que olvidaran sus penas y lo fueran a escuchar en cada celebración, las que culminaban con las llamadas fiestas populares, tan gustadas por el hombre nuevo que fueron forjando.
Los ideales de libertad determinados por un código ético basados en el amor patrio y un sentido de la libertad sustentado en un naciente nacionalismo, fueron reemplazados por aquel ímpetu vengativo que con rapidez se diseminaba por un país que no había llegado a consolidar sus conceptos de nacionalismo e identidad; lo que, sin duda, les hizo más vulnerables a la manipulación, al extremo que han pretendido cambiar los designios de un pueblo, se sustituyeron los héroes y hasta sus fechas históricas, entre ellas el 10 de octubre, que ha quedado en el olvido  por no haber sido protagonizada por el comandante y sus revoltosos barbudos, sino por un hombre altruista, masón y versado en leyes con sus humildes esclavos recién liberados y los que le siguieron en el oriente cubano, los que deben ser reconocidos en el verdadero día de la rebeldía de una nación necesitada de una nueva contienda, y de hombres ejemplares como el Padre de la Patria.

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