Wednesday, October 19, 2016

CUANDO UNOS COMENTARIOS CALIFICADOS DE “MACHISTAS” ESCANDALIZAN MÁS QUE UNA FELACIÓN EN EL DESPACHO OVAL DE LA CASA BLANCA



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Por, A. Robles.- Alerta Digital
Admito que yo también he sucumbido a la libertad de expresar en privado lo que no me sería recomendable hacer en público. Quien no lo haya hecho, que tire la primera piedra. Ayer mismo, comentando las manifestaciones “machistas” de Donald Trump de las que todo el mundo habla, me aproveché del espacio acotado de la intimidad con unos amigos, a salvo de imprudentes intromisiones, para desear que un asteroide acabase ya con esta insoportable estupidez humana si el destino de la humanidad tiene que seguir estando en las manos de George Soros y de todo ese enjambre de víboras que son capaces de imponernos sus observaciones morales para someterlas al escrutinio de sus exigencias profundamente inmorales. Fue un deseo efímero, pero un deseo al fin y al cabo. La vida de cualquier ser humano está llena de esos engorrosos momentos en los que uno o una expresa cosas que bajo ninguna circunstancia se nos ocurriría mantener en público. Se trata de lo que desdeñosamente se llama “miseria humana”, y de la que parecen estar inmunizados todos los que estos días han sido mandados salir en tropel para convulsionar aún más la campaña electoral norteamericana a costa, cómo no, de Donald Trump, paradigma de la escala más degradada del hombre, en contraste con la virtuosidad y el comedimiento moral de esa gran dama llamada Hillary Clinton, paradigma de todas las virtudes.
Los hechos que hoy comentamos se remontan al año 2005, cuando Trump, por entonces un próspero empresario sin vinculación alguna con la política, realizó algunos comentarios que ya han sido unánimemente calificados de “machistas, obscenos, groseros y adúlteros”.
En los comentarios, hechos sin darse cuenta de que estaba siendo grabado, Trump contaba la facilidad con la que podía tener relaciones con mujeres por ser una “estrella” y hacía varias referencias al cuerpo femenino. Podría contar por decenas comentarios de semejante naturaleza que fueron expresados en el ámbito privado por personajes públicos. En el caso de Trump, el contexto privado de su conversación es lo que menos importa. Si en una comida informal de jueces amigos, por ejemplo, se filtrara que, en medio de la chanza, alguno de ellos terminó glosando los encantos mamarios de una funcionaria judicial, a nadie se le ocurriría exigirle que renunciara a su carrera profesional. El derecho a la privacidad prevalecería sobre cualquier otra cuestión. El mismo contexto privado, sin embargo, no le ha servido a Trump para librarle de la enésima campaña planetaria desatada en su contra.
He escuchado a decenas de personajes públicos referirse privadamente a cuestiones de jodiendas de la forma en que lo haría cualquier mortal. Si saliéramos inmunes de una evaluación de nuestras acciones en algún momento privado de nuestras vidas, entonces seríamos santos. Pero somos humanos. Y a Trump no se le pide que constituya un ejemplo de santidad, sino de eficacia en el poder.
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A la derecha, Mónica Lewinsky; a la izquierda, Bill Clinton y “la otra”, Hillary Clinton.
Yo espero que los electores norteamericanos tengan la suficiente agudeza crítica para colegir que tanto ensañamiento tiene imperiosamente que esconder propósitos tan oscuros como el alma de Judas de quienes llevan meses tratando de acompasar cualquier frase intempestiva de Trump con la ofensiva mundialista puesta en marcha en el entero Occidente. Si nos enfrentamos a una nueva mafia con implicaciones políticas, financieras, militares y mediáticas, los electores estadounidenses tienen derecho a saberlo. Porque mientras la campaña contra Trump sigue su marcha, con el beneplácito del corrompido aparato del Partido Republicano y la sonrisa de los tontos útiles de la progresía europea, la llegada de ilegales, los asesinatos de policías, las ententes con el terrorismo yihadista, el empobrecimiento de las clases medias, la caída de las exportaciones, el cierre de las empresas, la desleal competencia de China, la revelación de correos privados de Hillary Clinton que comprometen la seguridad pública, la tensión con Rusia, la reversión demográfica y el derrumbe de la civilización llegada a bordo del Mayflower, constituyen la alarmante realidad de un país en franca decadencia.
Lo que se pretende, con la sucia campaña de ataques a Trump, es cubrir este drama, distraer la atención del pueblo y convertir su alternativa política en una obsesión alienante del drama en que está inmersa la sociedad norteamericana.
Ocurre sin embargo que las contradicciones sobre las que se sostiene la campaña global contra Trump no resiste el peso de algunos ejemplos. Hillary Clinton finge estar escandalizada por los comentarios desabridos del neoyorquino. Tiene gracia tamaño ejercicio de pacatería moral en la cornuda más célebre del siglo XX. No tiene que mirar en el ojo ajeno de su oponente republicano para escandalizarse. La viga la tiene en el suyo propio.
Su marido, Bill Clinton, fue y es un personaje mentiroso, marrullero, hipócrita y cobarde. Convirtió el Despacho Oval de la Casa Blanca en el escenario de las felaciones que le realizaba una becaria perturbada y sobrada de kilos, mientras atendía por teléfono a su homólogo ruso. La erótica del poder. O el poder de un trastornado. Mintió al Congreso y obligó también a mentir a Lewinsky al negar unos hechos que luego conocimos con todo lujo de detalles. Finalmente admitió su crapuloso comportamiento y dijo que fue la consecuencia de una niñez difícil. Hillary Clinton tragó quina y calló. Los reparos morales que hoy exhibe por una imprudente conversación de Trump no hicieron entonces acto de presencia en ella.
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Soros saluda a Clinton en una cena de gala tras la toma de posesión de Obama.
Por otra parte, la hipocresía de los medios españoles al abordar este asunto alcanza cotas difícilmente rebasables en cuanto a indignidad y desvergüenza. Uno de los que más se han rasgado las vestiduras es el monárquico ABC. Sordo y mudo siempre ante los descarnados casos de inanición moral por parte de miembros de la Realeza española, exige a Trump la ejemplaridad que no fue capaz de pedirle nunca a Juan Carlos. Y no por limitarse a desear a la mujer del vecino. Recuerdo una charla de Iñaki Anasagasti en Cataluña, donde ofreció mórbidos detalles de algunas conversaciones privadas del rey emérito, en las que también hablaba de mujeres y no precisamente en los términos más respetuosos ni elegantes posibles. Como cuando dijo lo de la putada de tener que ir a Brasil acompañado de la “parienta”. ABC calló, como lo hicieron todos los medios que hoy alborotan el patio.
Seguimos con ABC, que mantiene en nómina al columnista Salvador Sostres. En 2013, trabajadores de Telemadrid filtraron un polémico video, en el que se escuchaban sus comentarios sobre “las chicas jóvenes de 17, 18 años, 19, que es ahí donde está la tensión de la carne de ese punto mágico”.
El columnista, que entonces consideró “un atropello y una indecencia que una conversación privada se haya sacado al público por los trabajadores de Telemadrid”, es uno de los que hoy lanzan soflamas moralizantes contra Trump.
El colofón a tanta ubicuidad moral se lo llevan sin embargo medios audiovisuales tan progresistas como Telecinco y La Sexta, vinculados durante años al empresario italiano Silvio Berlusconi, presidente y fundador de Mediaset. Entre el glosario de declaraciones machistas de Berlusconi, la que sostuvo recientemente sobre la imposibilidad de ser madre y alcaldesa al mismo tiempo. Antes ya nos dejó otra muestra insuperable para la colección: “Mejor sentir pasión por una chica guapa que ser gay”.
Otro de los ejemplos nada edificantes de “Il Cavaliere” fue el escándalo desatado luego de la aparición de Karima El Mahroug, conocida como Ruby, y que relataba cómo el entonces primer ministro italiano se acostó con ella cuando era menor de edad, siendo imputado judicialmente por incitación a la prostitución de menores. Ni La Sexta ni Telecinco se escandalizaron tampoco cuando Ruby contó a los fiscales cómo Berlusconi trataba de ocultarla. “Dirás que eres la sobrina de Mubarak (el entonces presidente de Egipto), así podrás justificar todo el dinero que pondré a tu disposición”, dijo la joven.
En 2009, cuando se produjo un devastador terremoto en la región de L’Aquila que acabó con la vida de 308 personas y dejó 1.500 heridos y unas 50.000 damnificados, Berlusconi volvía al ruedo de la polémica con una pregunta quizá desatinada en ese momento. “¿Puedo palpar un poco a la señora?”, le dijo “Il Cavaliere” a una colaboradora de la Cruz Roja poco después del terremoto.
Luego de una encuesta propalada por los medios, un preocupado Berlusconi salía a declarar: “Un sondeo dice que el 33% de las jóvenes italianas sí se acostarían conmigo. El resto de las chicas contesta: ¿Otra vez?”
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Tampoco serviría de nada preguntarle hoy a la legión de inquisidores contra el candidato republicano por qué no midieron con la misma severidad las “jodiendas” extramatrimoniales de Mitterand, el escandaloso trasiego de amantes de Hollande, las notas secretas de la ex esposa de Murdoch a Blair, las calaveradas de Jhon F. Kennedy o las adicciones sexuales de Bill Clinton más allá del ‘affaire’ de la becaria. De nada serviría, insisto, poner al descubierto tamañas contradicciones cuando lo que se ha puesto en marcha, tras las artificiosas denuncias contra Trump cebadas con los mismos tópicos y chascarrilos de siempre, es un plan típicamente autoritario para hacerle renunciar a la presidencia de Estados Unidos. En el fondo lo que más temen los poderes mundialistas y el conglomerado industrial militar que paga a Hillary Clinton es que Trump ponga fin al tropel de mentiras que los alimenta y sea capaz de reorientar drásticamente un sistema que pivota en torno a políticos serviles, contradictorios, corruptos y sin alma.
Con el debilitamiento objetivo de una nación en bancarrota moral, producto de los excesos a los que ha sido arrastrada, con el reconocimiento creciente de sus taras políticas, con el debilitamiento del poder decisorio de la población blanca, con la paulatina yuxtaposición de los intereses generales a los de una élite militar y financiera y con los límites demostrados en la capacidad de imposición de algunos líderes tan frágiles como Hillary Clinton, lo que se teme en realidad es que Trump sea capaz de mejorar sustancialmente las condiciones para un cambio de rumbo. Si a esto se une el temor a que millones de votantes apuesten esta vez por una opción claramente defensora de la civilización occidental, un mantenimiento de los ideales del humanismo cristiano, una drástica reducción del número de inmigrantes, una guerra sin cuartel contra el fundamentalismo islámico y un mayor apoyo internacional a los únicos países que pueden conducir la necesaria regeneración moral y democrática del debilitado sistema, es posible que en Estados Unidos comience a generarse una fuerte corriente de avance hacia la verdadera libertad y hacia nuestras mejores sinergias.
En esta hora definitiva, la opción de Donald Trump es la única decente y la gran esperanza que se le abre a Occidente. Trump representa el espíritu yacente de cada vez más occidentales, y ese espíritu no muere ni puede ser soterrado por imprudentes manifestaciones entre amigos. Quiera Dios que, frente a tantos y tan poderosos enemigos, ese espíritu renueve otra vez, con brío jubiloso, la faz y el corazón de Occidente, otra vez centinela y punta de lanza de la humanidad. No existen garantías de éxito, pero, por primera vez en muchos años, hay posibilidades reales de alcanzarlo.

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