Tuesday, October 4, 2016

CRECE LA POBLACIÓN DE MENDIGOS EN CUBA

ICLEP-EL ESPIRITUANO: Llanto del alma
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Sancti Spíritus, 4 de octubre, 2016
Su nombre puede ser Teresa, un nombre común, tan común como los mendigos que deambulan por las calles de una isla que parece llorar desconsoladamente cada día por sus hijos.
Con el rostro marcado por el dolor que engendra la pobreza, esa pobreza que parece ahogar las pocas esperanzas de muchos, una delgada silueta de mujer se mueve por las centenarias y bulliciosas calles de una ciudad, que se ha convertido en testigo y cómplice muda de sus angustias. Su andar cansado y su vista que parece perderse en la distancia, como quien anda esperando algo que quizás algún día suceda, Teresa la mendiga carga junto a su jaba de basuras sus mal vividos sesenta años. Sobre el largo y brilloso portal que sirve de parada de ómnibus a los habitantes de la villa, la delgada y anémica figura humana se dobla para hurgar en la basura y desechos vertidos en un rincón, como quien busca desesperadamente un preciado tesoro. Unas cuantas sobras de comida, algunos objetos inservibles, parecen ser todo el bien que esta cubana anhela y duele al alma sensible ver su rostro, ese rostro común que se conforma con poco cuando debiera esperar mucho.
Con la mirada perturbada por la dantesca escena los transeúntes pasan por su lado, echando una mirada de compasión y dolor por la suerte de la atribulada mendiga. Miradas que hacen brotar un lamento al alma, pensando quizás que su final pueda un día ser el mismo. Mientras, Teresa sigue hurgando, ajena a la realidad del momento, sus diminutas y enflaquecidas manos separan sobre la prisa restos de comida y trastos viejos para llevar algo a su estómago y vender en la tienda de materias primas algunos objetos que le darán algunas que otras moneditas, pues Teresa no tiene otra forma para lograr vivir.
La ciudad se va cubriendo con las sombras de la tarde, el día parece despedirse de Teresa, quien cansada se dirige a su casucha como quien va al purgatorio, un pobre camas-tro le sirve de lecho. Su agotado cuerpo se desploma cansada, renegando de su suerte, llora para sus adentros, pero de pronto como si una idea invadiera su rostro sonríe y recuerda lo que tantas veces ya le ha servido de consuelo: ella no es la única, en las calles de la larga isla que gime y padece por sus hijos, pues ya junto a ellas caminan muchas Teresas.

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