Giovanni Sartori, a sus 92 años, presenta su nuevo libro.
Giovanni Sartori, a sus 92 años, presenta su nuevo libro.
¿Estamos en guerra contra el islam? ¿La que se está librando entre Occidente y el terrorismo islámico es una guerra? Muchos creen que la palabra no tiene importancia y, por tanto, que cada uno puede denominar el acontecimiento que estamos viviendo como quiera. Sin embargo, la elección de la palabra es importante. Las palabras son nuestras gafas. Equivocar la palabra es equivocar la cosa.
Y el que no dice "guerra" cuando la hay es quien pierde esa guerra. O sea que quien usa la palabra guerra ve una cosa, y quien no la usa ve otra. Quien dice guerra se siente en peligro moral; quien dice otra cosa, no. En la guerra, si es que se trata de una guerra, combatimos a un enemigo; pero si la palabra es distinta, entonces el enemigo no existe y no hay nada o nadie contra quien combatir. Por tanto, ¿se está librando una guerra sí o no? En mi opinión, sí. Quien cree que no, usa para definir la guerra criterios pasados y del pasado. Mientras que la guerra de la que estamos hablando es una guerra totalmente inédita, sin pasado. Hay que calificarla como 1) terrorista, 2) global, 3) tecnológica, y 4) religiosa.
Guerra terrorista. Hay que calificarla así porque no la gestionan ejércitos que se enfrenten y porque su intención es "aterrorizar" al enemigo, matando indiscriminadamente y también (para aumentar el efecto de terror) de forma aleatoria.
Guerra global. Hay que llamarla así porque las guerras terroristas "internas" no son un caso nuevo. Pero ¿cuándo se convierte en guerra un terrorismo interno, local? La diferencia es de escala. El terrorismo de Irlanda del Norte, lo mismo que el de los vascos en España, no han tenido una "magnitud de guerra". Sí la han tenido, en cambio, el terrorismo tamil en Sri Lanka y el terrorismo palestino en Tierra Santa (que lo es, desgraciadamente, para ambos contendientes). Pero incluso este último sigue siendo, en conjunto, local, localizado. Fue con Osama Bin Laden cuando el terrorismo se convirtió en guerra global: atacó también a países islámicos considerados moderados (con Arabia Saudí a la cabeza) o secularizados. Los antiglobalización deberían haber tomado nota: esta es la globalización que hay que combatir más que ninguna otra, más mortífera que ninguna otra.
Guerra tecnológica. Es así tanto porque sus armas no son las de la guerra convencional (fusiles, cañones y bombarderos), sino armas impropias (desde las bombas humanas hasta las armas bacteriológicas que contaminan el aire o el agua), como porque se aprovecha de la altísima vulnerabilidad de la sociedad tecnológica. Esta es la novedad más novedosa, más relevante y más alarmante de todas.
Guerra religiosa. Especificarlo así es esencial porque, de lo contrario, no se entiende la gravedad y el alcance de la guerra cuya fecha inicial es el 11 de septiembre de 2001. Decir "guerra religiosa" no significa, obviamente, que el islam sea mayoritariamente fundamentalista, ni mucho menos que el fundamentalismo sea intrínsecamente terrorista. ¡No, por Dios! Quiere decir, sin embargo, que la extraordinaria fuerza del terrorismo islámico deriva de estos dos elementos: se alimenta de un fanatismo religioso y está protegido por una fe religiosa. El islam es un gran mar en el cual los terroristas son los tiburones. Por lo tanto, los terroristas islámicos no son peces fuera del agua o peces aislados, como los terroristas de matriz ideológica o nacionalista. Son peces en el agua, alimentados y multiplicados por el mar en el cual nadan.

Portada de “La carrera hacia ninguna parte”, de Giovani Sartori (Taurus)
Portada de “La carrera hacia ninguna parte”, de Giovani Sartori (Taurus)
¿El mar islámico los expulsará? Lo dudo. Si acaso, la perspectiva es que los sostendrá y reforzará cada vez más. Combatir el terrorismo islámico es inevitable y necesario. Pero igualmente inevitable, me temo, es que produzca un radicalismo islámico reforzado. En conjunto, estamos ante un espantoso crescendo de deshumanización. Las guerras de los últimos dos siglos eran frenadas por límites interiorizados. Ya no se saqueaban las ciudades, no se mataba a los prisioneros, se respetaba a los médicos y a los heridos y, tras un triste estreno en 1917, las armas químicas se prohibieron. Dentro de su inhumanidad, que es constitutiva de todas las guerras, los conflictos armados se iban en cierta medida "humanizando". Hoy ya no es así.
La guerra terrorista del ISIS, como la de Al Qaeda, es absoluta (es decir, desvinculada de cualquier tipo de límite) y de una ferocidad (véase Argelia, donde en veinte años de lucha contra el terrorismo hubo doscientos mil muertos) que nuestra memoria histórica no recordaba. Por tanto, debemos hablar de guerra porque debemos ser lúcidamente conscientes de que tenemos que enfrentarnos no solo a un enemigo, sino a muchos.
Nosotros no somos los agresores, sino los agredidos. Una guerra "santa" puede nacer solo de las vísceras de una religión, y de ninguna manera de las presuntas culpas de Occidente. Y se trata de una guerra cuyo componente militar es secundario. La guerra que nos ha caído encima se gana o se pierde en casa.