Thursday, August 18, 2016

EL LEGADO DE FIDEL CASTRO LLEGÓ A USA




Jurate Rosales
El Nuevo País
18 de agosto,  2016
Fidel Castro festeja su 90 cumpleaños cuando está cayendo el andamiaje que durante más de medio siglo sostuvo la influencia castrista en América Latina. Es a Fidel a quien  debemos la continua inestabilidad de un continente que lo tenía todo para vivir en una feliz abundancia, y lanzó por la borda sus ventajas, prefiriendo el discurso que lleva cada pueblo a la división y de allí, a la miseria. Es que, así como Venezuela explotaba su petróleo, Fidel explotó  un remanente colonial de complejos y rencores, que en vez de olvidarlos, fomentó cuidadosamente durante décadas en sus interminables discursos. La mayor fuerza de Fidel ha sido su capacidad de crear y cultivar odios, en cada nación y entre naciones.
La mejor presa fueron los más ignorantes en cada país y los más dados a culpar a otros de su propia incapacidad. Algunos fueron particularmente útiles, como el escritor uruguayo Eduardo Galeano, cuya sarta de datos torcidos, erróneos o simplemente mentirosos, hipnotizaron varias generaciones de latinoamericanos, fomentando en ellos el peor de los síndromes de inferioridad. Hoy, de nada ya importa que el propio Galeano dijera que para escribir  “Las venas abiertas de América Latina” él  “no tenía la formación necesaria”, cuando durante varias generaciones el mal ya estaba hecho y prosperó. Tan exitosa fue la mentira, que en un alarde de infinita ignorancia y enredo de complejos, Hugo Chávez se consideró muy “hábil” al entregar en las manos de uno de los más cultos presidentes que ha tenido Estados Unidos, como lo es Barack Obama, aquel amasijo de ridiculeces, como lo era el libro de Galeano.
La frustrante sensación de depender de otro que en realidad es igual a uno, pero que la instigación transforma en superior para odiarlo, ha sido la constante meta de Fidel Castro a lo largo de su dialéctica. Era una semilla venenosa que él, y más nadie,  sembró en las naciones de América Latina. Sólo falta recordar dos episodios, a cada uno más necios: el ataque en Venezuela al carro que traía al vicepresidente Nixon (que no era ningún santo y por eso lo obligaron más tarde a renunciar) y el diálogo que intentó abrir Kennedy con los estudiantes venezolanos durante su visita a Caracas y que lo llevó a observar posteriormente que nunca había visto tanto complejo de inferioridad en una gente joven.
Con la llegada del pupilo a la presidencia,  de nada valió a los venezolanos el haber creado una PDVSA que durante años fue catalogada como la segunda petrolera del mundo en efectividad y primera en seguridad. Menos sirvió el enorme esfuerzo producido por ingenieros venezolanos para poner a andar el complejo industrial de Guayana – el Guri, Sidor, Venalum y un largo etc. Sin importancia fue tildada la Ciudad Universitaria, que la UNESCO consideró patrimonio de la humanidad, título que la UCV está a punto de perder por su falta de mantenimiento. El mejor museo de arte contemporáneo de América Latina molestaba. Lo que en buena lid colocaba a los venezolanos a la par de los mejores del mundo, era un obstáculo para fomentar en ellos el complejo de inferioridad, condición indispensable para convertirlos en títeres de Fidel. Fue necesario echar mano a un ciego instrumento como lo fue Chávez en manos de Fidel, para destruir lo valioso de Venezuela y convencer a los venezolanos que deben odiar a  todo lo que funciona, muy particularmente a la vecina y coherente América del Norte.
El discurso de inferioridad, odio y venganza no fue inventado por Fidel, pero han sido los Castro sus más longevos cultores desde un poder absoluto. Ya anteriormente, Hitler montó su ascenso sobre el discurso de rencores  de los alemanes contra Francia e Inglaterra y de igual manera Mussolini fomentó los odios en Italia. Chávez fue un buen alumno de ambos: lo supe cuando me confesó en una larga entrevista del año 1994, que había sido un lector asiduo de “Mi Lucha” de Hitler, manual perfecto de odio y venganza. Libro de rencores que luego lo llevaron a emular el elaborado discurso fidelista, fomentador de complejos sociales y raciales.
En Argentina con los Kirchner, Brasil con Lula y Dilma, Nicaragua con Daniel Ortega, Bolivia con Evo, Paraguay con el destituido Fernando Lugo, Ecuador con Correa y con el depuesto Zelaya en Honduras, siempre fueron activos los discursos de odio contra la parte de la población que no participaba del complejo de inferioridad y trabajaba para progresar. La influencia de Fidel Castro, cerebro del Foro de Sao Paulo e inspirador de las políticas que sustituían el fruto del trabajo por el de la corrupción, fue lo que permitió formar el clan de gobernantes cegados por la “ganancia fácil”.
En su noventa cumpleaños, Fidel Castro sin duda entiende que su gran plan latinoamericano forjado a través del Foro de Sao Paulo y su paciente labor de hacerse con Venezuela, está zozobrando, pero siempre tendrá la satisfacción de notar, que el discurso del odio y complejos, podría estar arraigando en el país que ha sido su principal enemigo – los Estados Unidos.
Extraños giros da el mundo, tanto más sorprendentes que ocurren cuando el plan de Fidel se va a pico y la Casa Blanca alberga a uno de los más incapaces presidentes de su historia. Es cuando de pronto, increíblemente, lo peor del discurso político ahora no es en Cuba, sino en Estados Unidos.

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