Saturday, October 27, 2012

¿ES LA INGENUIDAD, PECADO?

TESTAMENTO DE ELOY GUTIÉRREZ MENOYO

 

“La revolución cubana está agotada”

Este es el testamento que Eloy Gutiérrez Menoyo entregó a su hija durante su enfermedad

DIARIO EL PAIS DE ESPAÑA


Fidel Castro con Gutiérrez Menoyo (en el centro), en 1959. / CORDON PRESS

Eloy Gutiérrez Menoyo, cubano nacido en Madrid en 1934, comandante de la revolución que depuso al dictador Fulgencio Batista, dictó este texto a su hija durante su enfermedad para que fuese publicado a su muerte:
El año 1959 registró un acontecimiento que parecía marcado por la poesía: la Revolución Cubana. De aquella Revolución, esparcidos por la isla y por el mundo, quedan hoy restos dolorosos de un naufragio. En el 2003 regresé a Cuba. Enemigo en un tiempo del Estado cubano y percibido así oficialmente, intentaba una actividad pacífica que fecundara a favor de un espacio político. Durante años, desde el exilio en visitas puntuales a Cuba, habíamos dialogado con este gobierno con vista a una apertura política. Con el país hecho añicos, sin el socorro de la desaparecida esfera comunista, no le quedaba a Cuba otra salida que no fuera el cambio.
Así se lo manifesté a Fidel Castro en nuestros encuentros que consideré breves pero sustantivos. Sin embargo, desde mi llegada sorpresiva, no se me ha extendido el carnet de identidad ni se me ha otorgado el espacio político que se discutió en un tiempo. Es cierto que se ha tolerado mi presencia pero ello ha ocurrido bajo el ojo orwelliano del Estado que se ha preocupado por observar de cerca a nuestra militancia.
En el tiempo que he pasado aquí, he visto también la destitución de sus cargos de algunos de los funcionarios oficiales que compartieron conmigo y otros activistas de Cambio Cubano, no sólo la preocupación por los problemas que asolan a nuestro pueblo, sino también la urgencia de producir la necesaria apertura política. Esa apertura política traería consigo grandes transformaciones que se hacen impostergables y para las cuales no faltó en los momentos de nuestras conversaciones cierto estímulo alentador por parte del más alto liderazgo de este país.
Hoy día, sin perder mi fe en el pueblo cubano, denuncio que aquella empresa, llena de generosidad y lirismo, que situaría de nuevo a Cuba a la vanguardia del pensamiento progresista, ha agotado su capacidad de concretarse en un proyecto viable.
Comparto esta realidad con los mejores factores del pueblo cubano, estén en el gobierno, en sus depauperadas casas o en el exilio, y asumo la responsabilidad de este tropiezo a la vez que me reafirmo en las ideas que en su inicio suscitaron la admiración de amplios sectores cubanos e internacionales. Hago esta declaración en medio también de un diagnóstico médico en lo que va menguando mi salud personal. Asumo la responsabilidad de esta batalla y no me amedrenta el hecho de que algunos puedan calificarla de fracaso. La voluntad de perpetuarse en el poder de Fidel Castro ha podido en este caso más que la fe en la posible renovación de los mejores proyectos cubanos desde fecha inmemorial. ¿Cuál es la Cuba a la que me enfrento hoy en medio de mi enfermedad? Es una Cuba desolada en la que el carácter ético del proceso de 1959 se ha hecho inexistente. El ciudadano ha ido perdiendo consciencia de sí mismo: se resiste aunque a veces no lo exprese y la juventud se sustrae y convierte el deseo de escapar en una obsesión desmesurada. Grandes sectores de la gente de a pie ya sabe de memoria que esta revolución ya no tiene sentido moral. El cubano ha ido perdiendo su esencia. Sobrevive en la simulación y en ese extraño fenómeno del doble lenguaje. Las estructuras son irracionales. La extranjerización de la economía se monta precariamente sobre una fórmula absurda y desbalanceada que excluye el protagonismo y la iniciativa nacional.
El gobierno que pregonó ser del pueblo y para el pueblo no apuesta por la creatividad y la espontaneidad nacional y el sindicalismo brilla por su ausencia.
Me ha tocado vivir de cerca la ardua faena de intentar hacer oposición en este país. He sido firme en mi posición independentista y en mi llamado a marcar distancia de cualquier proyecto vinculado a otros gobiernos. Pero el gobierno cubano ha sido tenaz en su minuciosa labor de hacer invisible a la oposición, a la que se coacciona y cohíbe de movilizarse y no se le permite insertarse en las áreas importantes de las comunicaciones o la legislación.
¿Cómo indemnizar a un país por 50 años de disparates contra su ciudadanía? ¿Cómo se indemniza a un pueblo de tantos daños directos contra la colectividad y el ciudadano? ¿Cómo se le indemniza de los errores por consecuencia?
El gobierno cubano no deja duda de su incapacidad de crear progreso. Como resultado de esta realidad el cubano deambula por sus calles como un ciudadano disminuido, inquieto, triste e insolvente. En la mentalidad de los que se aferran al poder a toda costa ese ciudadano es el modelo y candidato perfecto a la esclavitud. La Constitución no funciona. El sistema jurídico es una broma. La división de poderes no es siquiera una quimera. La sociedad civil es, como el progreso, un sueño pospuesto por medio siglo.
¿Burla la justicia la madre desesperada que busca leche para su hijo en la bolsa negra? Hace unos 60 años, Fidel Castro se dirigió a un magistrado, en medio de una dictadura pero con prensa libre como testigo, y explicó que si se le acusaba por uso de fuerza militar revolucionaria, ese agravio, ese desacato a la ley, y aquella querella oficial contra él, debían ser desestimados ya que el gobierno existente era producto ilícito de un golpe de estado. Aquella lógica, inexpugnable y cierta, podría aplicarse hoy día, en nombre de la oposición para decir que el gobierno cubano hace un grosero uso del poder absoluto y que su consolidación a perpetuidad es una intolerable disposición testamentaria. Se usaría bien aquel planteamiento de Fidel ante un magistrado para decir que nadie puede hacerse custodio eterno de un país ni llevar adelante una meticulosa empresa de abolir la realidad y de paralizar el avance. También se me ocurriría preguntar dónde está la dirección originaria del proceso por el que murió mi hermano Carlos o cuándo terminará la desazón de sentir que el futuro está hipotecado. Durante 50 años de destreza política y control policiaco el cubano ha sido un verdadero héroe de la subsistencia dentro de un laberinto dialéctico. Ha manejado el desencanto y el extravío y el desdoblamiento y la fatiga. ¿Qué tiene de nuevo que decirle este gobierno a ese cubano acerca de su destino incierto? Según los médicos, mi diagnostico es irreversible. Voy sintiendo que cada día será más opaco y a la vez más cierto en la brevedad de mi destino. No temo el diagnóstico que parece ser una ruta y la caminaré con calma y con esperanza en el futuro de Cuba, esta tierra de hombres y mujeres inigualables. Quisiera decir que me reitero en las ideas que alentaron en mí y en mis hermanos mis padres generosos; ni tamizo ni renuncio a mi vinculo con la socialdemocracia, una vinculación que es, cada vez más, a partir de la visión incluyente de la historia; las posibilidades de éxito de cualquier visión política se engrandecen o achican a partir de la generosidad y el sentido de compromiso colectivo, la capacidad de acuerdo de sus portadores.
Si ofendí a alguien, si los fantasmas de las diferentes contiendas me tentaron a faltarle a la generosidad, pido benevolencia, al igual que olvido a quienes pudieron haberme juzgado de manera apresurada hoy reflexiva. Creo haber servido a Cuba en diferentes etapas por encima de los errores de mi autenticidad, de cualquier falta de visión de mi parte o de cualquier terquedad en el camino. Durante la revolución, creo haber sido una voz de humanismo que se manifestó quizá mejor en el sentido de oponerme a los fusilamientos. Haber vivido en mi infancia la guerra civil española me había preparado para intentar al menos el dominio de las pasiones. No creo haber sido de los que permitieron el reverso del sueño que acabó en convertirse en la peor pesadilla. Alguien podría interpretar este documento como un lamento pesimista. Sin embargo, no es ese su propósito como no va en él ninguna forma de cólera aunque me haga eco de estos duros quebrantos de la familia cubana a la que me uní desde mi niñez al llegar a Cuba como miembro de una familia de exilados españoles republicanos. Mi optimismo se basa en la fuerza telúrica de esta isla; en la ternura infinita de la mujer cubana; en el poder de innovación de su gente más sencilla. La herencia de perdurabilidad de la Nación cubana resistirá todos los ciclones de la Historia y a todos los dictadores. Varela es más que una seña. Maceo es más guía que guerrero admirable. Martí no es una metáfora. La suerte llegará. Cuando el último cubano errante regrese a su isla. Cuando el último joven nacido en Madrid, en Miami o en Puerto Rico se reconozca en la isla. Cuando sanen las heridas y desaparezca el dolor habrá un pueblo que tendrá cautela de celebrar su nueva dicha y de cuidarse de magos iluminados y de proyectos mesiánicos. Porque, no importa cómo, la suerte llegará: delgada, silenciosa y frágil como una mariposa llena de júbilo, como una señal para este pobre pueblo que merece algo mejor. Yo sé que habrá una mariposa que se posará en la sombra. Me habría gustado poderle decir que habría querido dar más; acaso ella habría entendido que sólo pude dar mi vida y que tuve el privilegio de ser parte de esta isla y de este pueblo.

---

Menoyo in memoriam

'Hoy lo cremarán, como a todos los protagonistas de nuestro siglo XX político, para que sus despojos no sean luego vandalizados.'
La muerte no ostenta grados en su charretera, sino ropita de civil (así lo colocaron en una caja, con una única corona de flores familiar). La muerte es una degradación de colores, del verde olivo intimidante del uniforme al amarillo cadavérico de una piel a punto de ser cremada. La muerte es, también, el silencio de los periódicos oficiales y el noticiero de la televisión nacional. La muerte es el desamparo absoluto de la capilla J de una funeraria célebre cubana, donde yace el cuerpo del comandante Eloy Gutiérrez Menoyo, mientras afuera ruge el mar aciclonado por todas las calles de El Vedado, cruzan las patrullas extorsionando a las prostitutas, y la Oficina de Intereses de EUA se recorta en la madrugada como un saurio futurista.
Los hombres que lideraron la Revolución del 1 de enero de 1959 ya se pueden contar con los dedos. Muy pronto habrá que contarlos solo con la palabra. Digan lo que digan los médicos de la corte post-guerrillera, la utopía de fundar un Club de los 120 Años demostró ser sólo otra falacia de la emulación socialista. Ellos también se mueren, compañeros: nadie era inmortal. Tras más de medio siglo de la llamada "generación histórica" en el poder, esto es todo lo que quedará (ante mis ojos desolados en el velorio): menos de una decena de dolientes, cero curiosos, prensa de paso para la foto de rigor, ni siquiera personal policiaco o de seguridad, un vacío inverosímil de asienticos plásticos y funcionarios en trajes raídos. Ha muerto nadie o tal vez seamos nosotros los muertos, a los efectos de la apatía pedestre y la desmemoria desintegradora de nuestra nación. Como en una foto de familia rota del trovador Carlos Varela: nada sirvió de nada…
Es luna absoluta en La Habana, noche transparente que nos torna ingrávidos. La Revolución ha devenido burbuja volátil, gas que adopta la forma de la represión que la contiene. Los cipreses aquí ya no fingen creer en Dios. Debieran existir cipreses en Cuba para apuntalar el cielo. A esta hora debiera existir al menos el buchito caliente y bien amargo de Dios.
Recuerdo mis lecturas de Eloy Gutiérrez Menoyo, lecturas literarias incluidas. Lo recuerdo hablando con una claridad meridiana y su cuerpo espigado en incontables documentales clásicos que circulan de computadora en computadora, aunque nadie en Cuba hoy los vea, por aburridos, por cheos, por criminales. Las nuevas generaciones no creen en el prestigio de la muerte, de ahí que hayan abandonado a este señor a su suerte. Lo recuerdo acusado de castrista (y en un sentido epistemológico lo fue hasta su último aliento) por los agentes castristas encubiertos. Lo recuerdo intentando borrar todo rencor desde muy temprano, a pesar de la violencia que en persona lo colimó. Lo recuerdo cansado de irle arriba a la muerte, provocándola para hacer menos miserable la vida. Uno tiene la impresión de que las familias épicas como los Gutiérrez Menoyo, en aquella época de dictaduras al por mayor (¿aquella?), en cualquier parte del mundo hubiera intentado vengarse contra el Palacio Presidencial.
El testamento de este comandante excomulgado es un alegato sobrecogedor. Su hija, Patricia Gutiérrez Menoyo lo tenía a la vista desde un par de meses atrás. Ambos sabían. Se trata de un texto premonitorio, amargo y esperanzador. Ella, que reproduce las facciones de su padre con un candor que dan ganas de llorar, lo envió a la prensa tan pronto supo de que lo inevitable había ocurrido. Ahora, recién caída del aeropuerto tras un bojeo aéreo a la Isla desde Puerto Rico, me lo enseña impreso en una hoja que aún huele a exilio, a vida, a libertad.
El comandante Eloy Gutiérrez Menoyo nos da en su despedida una lección de estilo. Se siente opaco y por eso busca la máxima transparencia, la metáfora espontánea en el corazón amargado del pueblo. Siendo un hombre de metralletas (nada hubo más popular en Cuba que el lenguaje de la metralleta, que en los cómics y la literatura de los sesenta sonaban sinfónicamente ra-ta-ta-ta-tá), este español cubanísimo se aferra a una última mariposa que se posará en la sombra: delgada, silenciosa, frágil, llena de júbilo, convergiendo con la poesía de la Nueva Trova que ya nadie tampoco escucha en este país.
Hoy lo cremarán, como a todos los protagonistas de nuestro siglo XX político, para que sus despojos no sean luego vandalizados cuando, tras el Magno Deceso, suene a rebato el tam-tam democratizante de la Transición. Por el momento, descanse en paz en esta ciudad que sin querer ayudó a ruralizar, comandante civil de una barbarie en jefe.

No comments:

Post a Comment