Intolerancia antes y después de 1959, intolerancia en la Isla y en el exilio, intolerancia en viejos y jóvenes exiliados...

Eduardo Sarmiento, 'Deseo y posibilidad', 2010. (EDUARDOSARMIENTO.COM)
Tocqueville, que era historiador, pensaba que las costumbres no eran ajenas a las diversas formas de comprensión de la historia. Una idea del pasado de un país, basada en la rígida contraposición binaria entre héroes y traidores, contribuye a la práctica de la intransigencia en el presente. Siempre que los actores políticos de un país reclamen el linaje de sus antepasados en décadas o siglos anteriores se abre la puerta a la representación obsesiva del heroísmo, la villanía o la traición. Ninguna historia nacional ha estado ni está libre de esas representaciones históricas del bien y el mal. El lugar de la "traición" y los "traidores" ha sido central en las tradiciones historiográficas de Occidente desde la Antigüedad. No habría más que repasar brevemente algunos pasajes de Herodoto o Tucídides para comprobarlo.
Naturalidad de la traición
Herodoto comienza Los Nueve Libros de la Historia contando el origen de la "discordia" en Grecia. Advierte el historiador antiguo que los persas y los griegos defieren en sus versiones sobre dicho origen. Para los primeros fueron los fenicios los "autores de la discordia", que robaron en Argos a Ío, hija del rey Ínaco. Los fenicios, según esta versión, traicionaron a las mujeres de Argos haciéndoles creer que solo querían intercambiar mercancías, cuando se proponían ultrajarlas y raptarlas a Egipto. Según Herodoto, los griegos contaban mal la historia, ya que atribuían el primer agravio a los cretenses, que habían robado a Europa, hija del rey fenicio.
En el libro cuarto de La Guerra del Peloponeso, Tucídides habla de la traición del general lacedemonio Brásidas con la mayor naturalidad. Brásidas trama con los argilios, una pequeña comunidad de inmigrantes en la isla de Anfípolis, un levantamiento en el interior de esta ciudad, que era colonia de Atenas. Tucídides habla indistintamente de la traición de Brásidas y los argilios, pero dicha traición no consiste en otra cosa que la provocación de una guerra civil, que sería apoyada por una invasión extranjera. La traición, para Herodoto y Tucídides, era tan consustancial a la historia como la lealtad. De hecho, en la mayoría de los casos, no era más que el cambio de una lealtad por otra.
En las visiones históricas nacionales, predominantes en la opinión pública cubana, dentro y fuera de la Isla, la traición carece de esa naturalidad que le atribuían Herodoto, Tucídides o Maquiavelo, quien en el libro octavo de El Príncipe habló de la importancia de la deslealtad en la constitución de los estados. No se trata, en el caso de los cubanos, de un defecto de moralización de la política, como generalmente se piensa, sino, más bien, de lo contrario: una politización de la moral. El traidor en esas visiones es siempre el arquetipo de la Traición, un ser carente de dignidad que no cambia de lealtad por convicción sino por intereses mezquinos. El traidor cubano no renuncia a una idea, un grupo o un líder, sino a una entidad sagrada, llámese la patria, la causa o el mismo líder.
La cultura política revolucionaria heredó de la época colonial y republicana algunas figuraciones de esa metatraición que, exacerbadas por la ausencia de debate historiográfico y político, nutrieron la ideología oficial. Traidores con mayúscula fueron, según esas herencias, los autonomistas y los anexionistas del siglo XIX y los liberales o conservadores, machadistas o batistianos, auténticos u ortodoxos de la primera mitad del siglo XX. A partir de 1959, traidores serán todos los opositores públicos al gobierno de Fidel Castro, violentos o pacíficos, católicos o comunistas, liberales o socialistas. Opositor, disidente o exiliado han sido sinónimos de traidor, mercenario y terrorista en la opinión pública oficial de la Isla por más de medio siglo.
La palabra "traición" aflora con demasiada facilidad en labios de cubanos. Los revolucionarios de los 30 y 50 acusaron a machadistas y batistianos de traición a la República. Los exiliados de los 60 y 70, a su vez, condenaron la "Revolución traicionada" por fidelistas y comunistas y los ideólogos del "período especial" llevan más de veinte años acusando a la diáspora de su misma generación de deslealtad al socialismo. Que se hable de una Revolución traicionada con la misma vehemencia que un siglo atrás se hablaba de una República traicionada es bastante revelador de esa sacralización de las lealtades políticas que distingue a la cultura cubana.
La incapacidad para asumir como algo natural la permanencia o el cambio de las lealtades nutrió, en Cuba, como en toda América Latina, una larga tradición de panfletografía infamante, que la legislación de imprenta, en vano trató de limitar. A fines del siglo XIX, se escribieron libelos difamatorios en la prensa mambí, lo mismo que en los "centinelas alertas" procoloniales. En la opinión pública republicana la calumnia impresa o radial llegó a imponerse a la acelerada consolidación del Estado de Derecho que se vivió, sobre todo, a partir de 1940. En los últimos años de la República también se escribieron panfletos difamatorios en los dos bandos enfrentados: el de los revolucionarios y el de los batistianos. La mala calidad de la esfera pública cubana pudo leerse lo mismo en una columna de Ramón Vasconcelos que en otra José Pardo Llada.
Conferencia leída en el coloquio "El asesinato de la reputación en Cuba", en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami, 18 de septiembre de 2012.
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