(www.miscelaneasdecuba.net).-
Este pasado 28 de junio mi hija Claudia cumplió veintidós años, y fue
la decimosexta ocasión consecutiva en que no pude regarle un cake, ni
darle un beso. Ni premiarla con mi presencia o cualquier otro obsequio,
algo tan normal y lógico que anhelan todos los padres en el aniversario
del nacimiento de un hijo o una hija.Todo comenzó aquella madrugada del cuatro de junio de 1995, fecha archivada en mi memoria como el más doloroso desprendimiento afectivo, ya que ese día mi hija Claudia viajó a los EEUU, con apenas cinco años de edad en compañía de su madre a la que transferí su custodia.
La consentida despedida, en aras de un mejor futuro para mi hija, no me ha permitido hasta los días de hoy estar cerca de la personita que más quiero en el mundo, cuya evolución he seguido a través de fotografías que llegan cada cierto tiempo. Un dolor inmerecido que el destino impuso a costa de la problemática migratoria de mí querido país, donde muchos sufren por la lejanía de sus seres queridos.
Es increíble que en la época de las comunicaciones, una distancia tan corta como La Habana- Miami, sea un muro inquebrantable para cuantiosos padres e hijos, hermanos, tíos y amigos, quienes a veces pierden todo tipo de contacto entre sí, durante cualquier cantidad de años.
El derecho a la internet, que pudiera ser la mejor opción de contacto, evitando la dependencia de una carísima llamada telefónica, es una utopía, un privilegio reservado para unos cuantos comprometidos del régimen, que a duras penas mantienen su cuentecita de correo, gracias a que no se meten en ningún problema, más bien cooperan, aunque tengan familiares fuera. Una realidad injustísima que afrontan los cubanos dentro de la isla, cuyo derecho a viajar todo sabemos que fue restringido.
Conozco un caso de un mellizo natural de Pinar del Río y residente en la capital, quien en casi 10 años no supo de su hermano que se fue en los 80s por Mariel. Este hombre, al verse imposibilitado de contactar a su hermano en el exilio, decía… “no entiendo que mi hermano no se acuerda de la familia, ni siquiera de mí que soy su contraparte, se tomó la Coca-Cola del olvido”, luego cambiaría de opinión, y empezó a preocuparse, de tal manera que, a cada turista que conocía le daba los datos de su hermano, con la esperanza de averiguar su rumbo.
Casualmente, tras largo tiempo sin verlo lo encontré hace poco, luego de saludarnos y contarnos muy rapidito de nuestras vidas, le pregunté por el otro mellizo me dijo: “luego de quince años, vino a Cuba me trajo ropa, le compró a la vieja televisor, DVD y un montón de cosas más, estuvimos en Varadero, Cayo Coco y Pinar del Río, pero hace tiempo que no me llama ni me escribe, aunque recientemente le mando un dinerito a la vieja”.
Armando y yo tenemos historias diferentes, pero ambas reflejan los sufrimientos de muchos por la ausencia de un familiar.
Desafortunadamente también estuve varios años sin saber el rumbo de mi hija Claudia, eran los primeros años de su llegada a EEUU y regularmente en ese periodo se cambia mucho de dirección, casi me vuelvo loco, pero gracias a Dios y a un amigo, pudimos reanudar nuestro contacto que se mantiene felizmente vía email, gracias a la Oficina de Intereses en la Habana.
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