Por Pablo Pacheco Avila
Fuera de Cuba se aprecia nuestro dolor desde una visión diferente a la que teníamos desde dentro. Al menos a mi me sucede.
Acá puedo buscar y rebuscar información, decir o volver a decir sin temor a represalias, pero sobre todo conocer una realidad que en nuestra patria se desvirtúa a propósito por la cúpula en el poder. Paradójicamente, desde el exilio conozco más de mi país que cuando vivía en él: su historia, sus comidas, y costumbres que nos arrancaron con el triunfo revolucionario, he podido constatar la fuerza emprendedora de los cubanos y también he podido discernir la realidad de otros países que en Cuba se distorsiona con intención marcada.
Uno de los mayores y pocos éxitos de la dictadura de Fidel Castro ha consistido en desinformar a nuestro pueblo y vender al mundo una realidad distorsionada de la isla.
Me he encontrado compatriotas que piensan que quienes luchamos a codo partido por la libertad de Cuba hemos perdido la batalla debido a que el régimen dura más de cinco décadas en el poder. Por otra parte, leo argumentos en la Red de que nuestro pueblo vive envilecido en sus propios problemas diarios. En parte es cierto, pero recordemos cuando vivíamos allá y carecíamos de información.
Recuerdo la regla para ser fuerte: “Información es poder; infórmate”.
A nosotros, desde pequeños, nos inculcaron el odio y el miedo contra los exilados cubanos. Lo triste es que les creímos y ahora muchos no lo recordamos.
Imaginemos que los cubanos de la diáspora se olvidaran de Cuba y vivieran su propia vida en países desarrollados, donde sus éxitos profesionales les han asegurado un nivel de vida confortable. La frustración de ver la patria esclava les ha dado a muchos exiliados la fuerza adicional para seguir peleando por Cuba. Unos levantan su voz aquí, allá y donde quieran que encuentren un espacio; otros se han arrinconado en su propio mundo, pero sin dejar de pensar en la libertad de su terruño.
El futuro de Cuba es impredecible, sus principales verdugos pueden ceder por voluntad biológica o sabe Dios cómo. Ahora bien, prefiero ser un ingenuo optimista a un astuto pesimista.
En esta triste historia, quienes perdieron fueron los que ostentan el poder totalitario, han destruido una nación, han arruinado los valores del cubano, han destruido la confianza económica y política del nacional, han fusilado, desterrado, denigrado a su propio pueblo y eso sólo lo hacen los perdedores. Además de todo el daño causado conseguirán desprecio, rechazo y repudio en lugar de los aplausos y loas que pretendieron obtener. Son unos perdedores porque toda su utopía termina en el basurero de la historia.
Desde fuera es mejor comprender que cuestionar o de lo contrario continuaremos sumergidos en el sendero que opacó la vida de todos los cubanos.
Empujemos y apoyemos a los de dentro que arriesgan a diario el pellejo, entonces llegaremos hasta donde seamos capaces de empujar.

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