Como una descarnada calavera
mostrando su horrible mueca,
la que otrora fuera bella,
la que causa mi tristeza,
macabra y hueca,
obscura y muerta,
mi Habana Vieja.
Paredes que se despellejan
mostrando ocres ladrillos que se quejan,
suicidas balcones que se estrellan
lanzándose contra calles y aceras,
podridas ventanas y puertas de madera
que ya ni se abren ni cierran.
Farolas ciegas, armadas de fundidos
bombillos que no alumbran,
ofensivos olores que mortifican los
más resistentes olfatos,
como si emanasen de hediondas tumbas,
negras calles vestidas de abandono
y suciedad inmunda.
Legiones de alimañas que en marchar
desordenado de los desperdicios hacen
zafra,
alimañas más dignas que aquellas que
esta desgracia causan,
las que inmisericordemente como lepra
insensata,
han carcomido de mi amada ciudad
su cuerpo y su alma.
Triste cadáver viviente que justicia clama,
perdidos sus mejores hijos sembrados en
tierras extrañas,
sufriendo extenuantes ataque de nostalgia,
en una larga y desesperante espera que no
se acaba,
anhelando un día poder volver, a curar
sus llagas.

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