Pablo Milanés: 'Jamás voy a perdonar a Silvio Rodríguez'
'He hablado con valentía, ante la cobardía de los demás, solamente para tener el país que he soñado y que se está perdiendo gracias a la falsedad y al extremismo', dice el cantautor desde EE UU.
"Esta es una más de las diatribas incontroladas de Silvio frente a mí, llena de mentiras y tergiversaciones, como cuando me venía pidiendo perdón por todas ellas, desde hace más de veinte años, y yo no lo perdono." Así de contundente respondió Pablo Milanés a Silvio Rodríguez, quien le acusó recientemente de hacer "daño interno" al régimen de forma "burda y desamorada".
De acuerdo con dos emails dirigidos al realizador televisivo Juan Pin, y divulgados en el blog Segunda Cita, Pablo Milanés consideró que "es posible que [Silvio] una vez más llore, se arrepienta y pida el perdón que jamás le voy a conceder; más aún cuando ha tenido el impudor de hacer público su viejo rencor (...) y que ha llegado a comprometer mi dignidad y mi militancia revolucionaria".
El autor de Yolanda afirmó en su mensaje que no desea involucrarse "en un debate reducido sólo a los usuarios de estas nuevas tecnologías, que al final son la mínima expresión de la información en Cuba".
"Si ayer perdoné a los verdugos que indiscriminadamente me lanzaron con 23 años a los campos de concentración y a 48000 compañeros más de desgracia (...), así mismo no perdonaré la doble traición que acaba de efectuar públicamente Silvio Rodríguez a quien una vez fue su hermano", apuntó.
El cantautor, que realiza una gira por varias ciudades norteamericanas, afirmó que hace años lucha porque la revolución "brote con nuevos frutos y nuevos conceptos que no nos anquilosen", y por eso no se ha callado.
"He hablado con valentía, ante la cobardía de los demás, solamente para tener el país que he soñado, que me hicieron soñar y que se está perdiendo gracias a la falsedad y al extremismo de los que se llaman 'verdaderos revolucionarios'", escribió, y dijo estar "absolutamente seguro" de que el tiempo le dará la razón.
Silvio Rodríguez, que no respondió de inmediato a las críticas de Pablo Milanés, pidió al portal oficial Cubadebate que reprodujera las palabras de su contrincante.
La timba entra en el debate
Este miércoles, el salsero Manolín, El Médico de la Salsa, entró en la polémica entre Milanés y Rodríguez y preguntó a este último si no le "interesa otro cubano que no sea Fidel Castro".
"¿A ti no te interesa otro cubano que no sea Fidel Castro? ¿Tenemos todos que inmolarnos por Fidel (…), renunciar a nuestros derechos personales y aguantar cualquier injusticia y humillación y decir viva Fidel?", escribió el salsero en varios comentarios dejados en el blog Segunda Cita.
Manolín González, que se hizo popular en los años 90 con sus propuestas timberas, recordó al cantautor su prohibición en la radio y la televisión cubanas, a pesar de ser "un trabajador ejemplar y muy querido por el pueblo".
"Solo por cantar una canción que dice 'Voy a hacer un puente...', que tú conoces bien la historia, me prohibieron cantar, me prohibieron vivir en mi país, y no me dejan entrar ni cantar, ni ser un ciudadano de mi país", afirmó el músico.
El Médico de la Salsa preguntó a Silvio: "¿Un gran hombre, como dices tú, hace esa barbaridad?".
Rodríguez contestó que a él le interesan todos los cubanos: "Por eso es que admiré a Fidel Castro, un cubano que ha vivido pensando en la mayoría".
"Yo conozco tu caso, y creo que fue un extremismo de los que te prohibieron la canción. Pensaron que la sociedad no estaba preparada para asimilar ese mensaje. Tú sabes que el paternalismo existe. Yo tú no me hubiera ido de mi país", dijo.
Silvio invitó a Manolín a regresar a la Isla, "a fajarte conmigo a mejorar esto (sic)".
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Silvio Rodríguez, la doble moral y la libertad afectiva
¿Por qué Silvio Rodríguez le recuerda a Pablo Milanés una carta pública de hace décadas?
Silvio Rodríguez acaba de desempolvar en su blog una vieja carta pública que él y Pablo Milanés me enviaron hace más de un cuarto de siglo. Yo los había invitado, también públicamente, a que se quedaran exiliados y denunciaran la dictadura, dadas las dudas y las críticas que ambos tenían del régimen. Pensaba más en Silvio que en Pablo —con quien nunca me había cruzado una palabra—, debido a que, poco antes, en Madrid, había cenado con Silvio en casa de un amigo común.
En la cena, que transcurrió de manera muy agradable, Silvio presentó una imagen de persona dialogante, deseosa de cambios que le pusieran fin a la división de los cubanos, y, aunque sin estridencias, se quejó de los peores aspectos de la dictadura. Esa noche percibí que el cantautor, en realidad, no creía en el gobierno que solía defender, y me pareció que era un prisionero de la doble moral que devasta psicológicamente a tantos cubanos atrapados en una penosa disonancia entre lo que creen, lo que dicen y lo que hacen. Esa lacerante ambivalencia que intuí luego me la confirmaron algunos de sus más íntimos amigos y amigas.
¿Por qué Silvio retoma hoy su vieja carta? Tal vez, no lo sé con certeza, para cerrar el reciente cruce de correspondencia que tuvo conmigo y complacer a la policía política, que no quedó muy satisfecha con este intercambio epistolar con "el enemigo". Pero también sospecho que lo hace como una forma de distanciarse de la postura de Pablo Milanés, a quien indirectamente le reprocha su fugaz, pero amable encuentro conmigo, y como una forma de rechazo al deseo manifestado por el autor de Yolanda de propiciar la reconciliación de los cubanos sin renunciar a sus convicciones revolucionarias, patente durante su concierto en Miami. La estrategia de la dictadura, que es hoy la de Silvio, es mantener la crispación y el odio como una forma de legitimar los peores aspectos de la represión.
En efecto, en el guión escrito por la Seguridad cubana, las Damas de Blanco no son unas señoras dignas que recorren las calles pidiendo el respeto por los derechos humanos en medio de un coro de insultos y empellones orquestado por la policía política, sino asalariadas de Washington que cobran por sembrar la discordia en medio de una sociedad que les da su merecido, ejemplarmente unánime en el respaldo al gobierno. Los exiliados no son demócratas que quisieran una transición pacífica a la española o a la checa, con respeto para todas las partes, sino unos terroristas sedientos de sangre al servicio de la CIA, a los que se les debe negar todo trato y cerrar todas las puertas.
Para el Departamento Ideológico del Partido Comunista, que es la cabeza intelectual de la policía política, la mejor estrategia para mantener el régimen intacto y sin hacer concesiones a la voluntad popular, que claramente desea cambios profundos del sistema tras más de 50 años de desastres, consiste en sostener la inexistente rivalidad y contradicción entre una Cuba heroica que no puede bajar la guardia, asediada por Washington con el auxilio de unos cuantos canallas que quieren modificar el sistema para liquidar a sus enemigos a sangre y fuego y revertir los supuestos logros de la revolución. De donde se deduce que con esos tipos siniestros, tanto los disidentes dentro de la Isla, como los exiliados que se califican como demócratas, no puede haber ningún tipo de relación, salvo el desprecio y la denuncia. Por eso la andanada oficial contra Pablo Milanés, a la que ahora, vergonzosa y oblicuamente, se une Silvio Rodríguez.
Lo curioso es que esta crispación artificialmente alimentada desde el poder no es nueva en la historia de Cuba. En 1878, cuando se firmó la paz tras una década de guerra entre mambises y españoles (y los criollos que los apoyaban), los enemigos de la reconciliación decían que era imposible la convivencia armónica entre adversarios que se habían hecho tanto daño en el campo de batalla, pero no fue así: unos y otros, por lo menos hasta 1895, hasta que la intransigencia colonial hizo imposible una evolución pacífica, se integraron en partidos políticos enfrentados en el terreno cívico sin que se produjeran actos significativos de venganza protagonizados por los cubanos o los españoles.
El mismo fenómeno volvió a ocurrir en 1902, tras la inauguración de la República de Cuba propiciada por Estados Unidos después de su victoria frente a España en la guerra del 98. En efecto, entre 1895 y 1898 había ocurrido otra guerra fulminante y terrible, dirigida a sangre y fuego por Valeriano Weyler al frente del ejército español, pero cuando los cubanos asumieron el mando del país, lejos de vengarse de los españoles residentes en la Isla, dueños de casi todos los circuitos comerciales, lo que hicieron fue darles un abrazo a los enemigos de la víspera, reconciliarse con ellos y propiciar la inmigración de más españoles. Nunca fue más numerosa, positiva e influyente la sociedad española en Cuba que en el primer tercio del siglo XX, cuando el país era independiente.
Lo que quiero decir es que el odio permanente no es un rasgo de la mentalidad social de los cubanos como pretenden los defensores de la última dictadura comunista de Occidente. En 1933, los cubanos derrocaron a un dictador, el general Gerardo Machado, y ya en 1940 los machadistas formaban parte del juego político nacional y tuvieron una amplia representación entre los representantes del pueblo que redactaron la Constitución de 1940.
Si en la década de los ochenta, sin ningún éxito, insté a Silvio Rodríguez a desertar y denunciar al régimen, hoy le pido que recapacite, como ha hecho Pablo Milanés, y en lugar de dinamitar los puentes, se dedique a construirlos para que la totalidad de los cubanos, y no solo un puñado de comunistas dirigidos por una dinastía militar de carácter familiar, puedan expresar libremente sus preferencias políticas para comenzar sin ira la transición hacia la libertad.
Sería útil que Silvio comprendiera que cuando Pablo habla de reconciliación, en realidad está ejerciendo un derecho poco recordado pero inmensamente importante: el de la libertad afectiva, también conculcado por la dictadura de los Castro. Un régimen que secuestró el corazón de los cubanos y los obligó a cortar todo tipo de lazo con los exiliados o los desafectos, ya fueran hermanos, hijos, padres o amigos, está lleno de odio. Un régimen que convirtió a los homosexuales en detestados enemigos del pueblo y los maltrató y encerró en campos de concentración, como antes habían hecho los nazis, es la representación del horror moral y la barbarie. Un régimen dedicado a disgregar a la población, en lugar de predicar la confraternidad entre la inevitable y bienvenida variedad, que decreta el odio como norma de convivencia y combate el perdón y la reconciliación, es un régimen muy enfermo.
La sociedad cubana, Silvio, necesita urgentemente superar esta etapa, pasar la página y construir una Cuba futura con todos y para el bien de todos, como quería Martí, en la que nunca más el gobierno se apodere de las emociones de los ciudadanos y les dicte a quién deben querer y a quién deben rechazar. Los cubanos, Silvio, tienen que recuperar la coherencia ética y renunciar a esa lacerante doble moral que los tortura. La libertad afectiva no es una figura retórica. Es una necesidad básica del espíritu. Es el componente clave de la felicidad individual.
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