Poco tiempo después, a fines de los 60, Mario García Incháustegui —el embajador ante la ONU a quien en 1962 le "tocó" hacer el ridículo de negar que en Cuba había misiles nucleares—, director del departamento de Organismos Internacionales del Ministerio del Comercio Exterior (MINCEX), me confesó off the record que en las sesiones de la OIC en Londres ya no estaban haciendo efecto los pretextos para justificar el incumplimiento de la cifra de exportación que le asignaba a Cuba esa organización, que regulaba la oferta y la demanda mundial de café mediante un sistema de cuotas de exportación para cada país miembro, y evitar así la caída de los precios.
Incháustegui se refería a los ciclones y otras afectaciones climáticas esgrimidas por las delegaciones cubanas por él presididas para tratar de enmascarar el descalabro cafetalero. "Yo insisto en los argumentos, pero ya no me creen", dijo. Y con gran frustración, me informó que la OIC ya había clasificado a la de Cuba como una "cuota de papel", paso previo que daba esa entidad para luego suprimir dicha cuota y repartirla entre otros países exportadores que pedían aumentar sus ventas.
En resumen, que tal y como me auguraron los cafetaleros orientales, la intervención estatal comunista provocó un cataclismo. De gran exportador de un grano de excelente calidad, el país pasó a ser un importador neto de café barato.
Hoy, mediante la cartilla de racionamiento, se le entrega a cada persona una cuota mensual de 115 gramos (un cuarto de libra). Pero como viene mezclado con un 50% de chícharos, lo que recibe realmente cada cubano son 57.5 gramos de café al mes, comparados con los 828 gramos per cápita mensuales de 1958.
El verdadero néctar negro, como también se le conoce, lo toman los extranjeros, la nomenklatura y quienes reciben remesas de sus familiares en el exterior y pueden pagar 6.25 dólares por libra en las shopping, en un país donde el salario promedio es de 18 dólares mensuales.
Cuando ya las cosechas habían descendido a niveles ínfimos, la solución que se le ocurrió a Castro fue el llamado "cordón de La Habana". Rodeó la capital con cafetos de la variedad caturra, un café de sol que se cultivaba en Brasil, sin tener en cuenta que los suelos y el clima eran diferentes, y que las plantaciones brasileñas no eran atendidas por empleados de oficinas y estudiantes "voluntarios". El fracaso fue colosal y pasó a integrar el abultado inventario de disparates del Comandante en Jefe.
De un rendimiento entre 0.36 y 0.40 toneladas de café por hectárea en 1958, según el Ministerio de Agricultura hoy se cosechan en Cuba de 0.11 a 0.12 toneladas por hectárea. La productividad se contrajo en casi un 70%. De las 80.700 hectáreas de café registradas, de acuerdo con el diario Granma, sólo 68.600 están en producción.
Lo peor es que debido a su patológico afán por controlarlo todo, el régimen castrista no enfrenta con valentía la crisis ni siquiera dentro de los límites del propio sistema. Si el gobierno liberase a los caficultores privados (unos 38.000) de las trabas estatales, y les pagase sólo un tercio del precio que paga por el café robusta que importa, que se cotiza entre 1,25 y 1,35 dólares la libra, la producción se dispararía.
Así ocurrió en Vietnam —oficialmente comunista— donde desde 1986 se permitió a los agricultores sembrar y vender libremente lo cosechado a precios de mercado. Y de importador de café, Vietnam se convirtió en el segundo productor y exportador mundial del grano, por encima de Colombia y sólo detrás de Brasil.
Pero los Castro no están dispuestos a hacer lo mismo.

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