¿Cree la actual dirigencia en la 'renovación' del modelo o sólo pretende sembrar dicha esperanza mientras consolida el poder de sus herederos?
El reciente Congreso del Partido Comunista de Cuba, con toda su grisura y su tufillo a epitafio anticipado —por ser probablemente "el último" en el que esté presente la llamada generación histórica—, ha dejado claramente demostradas algunas cuestiones que hasta este momento constituían motivo de especulaciones entre analistas de la realidad cubana: tras la mascarada reformista del "nuevo" presidente sólo se disimula la naturaleza conservadora del régimen, algo que no debería ser una sorpresa ni un misterio para nadie.
La esencia cuasi shakespeareana del dilema gubernamental (cambiar o no cambiar) radica en su propia naturaleza controversial e insoluble: un sistema totalitario no puede cambiar debido a que precisamente en los cambios está la génesis de su propia destrucción. La contradicción se acentúa si tenemos en cuenta que, irrefutablemente, urge introducir transformaciones que permitan un respiro a la arruinada economía y otorguen un tiempo de gracia a los señores de la hacienda para consolidar el control permanente sobre las parcelas, ya repartidas entre sus herederos y acólitos.
En este punto cabría preguntarse si realmente los dueños del poder creen en la posibilidad de la "renovación" de un modelo obsoleto o si sólo pretenden sembrar dicha creencia entre los más ingenuos esclavos de la plantación para alentarlos a la esperanza en medio de una espera infinita. Me inclino por lo segundo. Para ello se mantiene la retórica "revolucionaria", retocada con matices críticos que caen literalmente en tierra de nadie.
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