Si se mira desde la perspectiva de lo posible, los próximos cinco años pudieran significar una oportunidad para los grupos alternativos que se han venido generando en el seno de la sociedad cubana desde la última década del pasado siglo con una discreta tendencia al crecimiento de nuevos fenómenos cívicos en los últimos diez años. Un proceso lento, como corresponde a sociedades sometidas a regímenes totalitarios, pero de signo progresivo, que pudiera constituir una brecha importante en el fomento de espacios democráticos si los opositores políticos, periodistas independientes, blogueros y disidentes de todas las tendencias aprovecharan con inteligencia los escenarios que pudieran dibujarse a partir de una mayor afluencia de nuevos actores económicos, relativamente autónomos, en los que pudiera subyacer el germen de nuevos intereses y el inicio de una movilidad social largamente frenada.
En tal caso, el desafío de los variados grupos que aspiran a cambios más radicales y efectivos que los que pretende implementar el gobierno, si realmente pretenden ganar espacios y movilizar voluntades, consiste en tratar de conciliar los intereses de amplios sectores sociales que encuentren en las propuestas alternativas una vía de realización personal y colectiva perdurable. Una tarea difícil de acometer en las condiciones cubanas y cuyo signo de base debería ser el carácter amplio e inclusivo de sus propuestas. En este sentido, no hay que desestimar el papel que también podrían jugar frente a eventuales procesos de cambio algunos grupos de pensamiento reformista que hoy se mueven dentro de los "revolucionarios" y comienzan a emitir señales interesantes. En los próximos cinco años la disidencia deberá buscar consensos, alianzas y estrategias que le permitan superar el estatus de superviviente en un medio hostil, para lo cual deberán registrar un crecimiento efectivo. Más allá de tendencias ideológicas, en su mayoría estos grupos comparten elementos mínimos indispensables: aspiraciones a una Cuba democrática, la visión de la necesidad de cambios para lograrla, la apuesta por una transición pacífica y gradual, y la voluntad de continuar trabajando en pos de esos objetivos. Ese podría ser un comienzo.
El VI Congreso ha constituido la consagración del estancamiento del sistema, una meta en sí mismo, quizás el canto de cisne del experimento comunista antillano. No hay renovación posible dentro de las estructuras caducas del régimen. El llamado socialismo irreversible no pasa de ser una consigna vacía de significado, y ha probado suficientemente su fracaso tras medio siglo de descalabros. Corresponde ahora a los ciudadanos convertir lo real y lo posible en lo deseable para la mayoría: una Cuba libre de dictaduras.
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