Dedicado a todos los desterrados cubanos en España
María Benjumea
13 de abril de 2011
Sevilla, España – www.PayoLibre.com – Edward Said (1935-2003) nació en Jerusalén. Vivió en el Líbano y en El Cairo, y se exilió muy joven en Nueva York. De familia árabe cristiana de Palestina, mantuvo gran amistad con el gran músico judío argentino Daniel Baremboim y fue crítico literario. Sus "Reflections on Exile" (2001) es un ensayo que se adentra en el alma enmarañada del desterrado.
Los siguientes fragmentos se los dedico a todos los refugiados cubanos en España, mi país, que mal que bien los ha acogido, Madre o Madrastra Patria. A todos: a retraídos y a los que hacen amigos; lúcidos e instruidos, ofuscados o de educación truncada; humildes o egocéntricos; racionales o irracionales; tolerantes o intransigentes; pacíficos o agresivos.
A los que se unen y a los que se desunen. A los que ven conspiraciones contra ellos y a los que viven en relativa paz. A los desesperados que quieren volver a Cuba aunque los mate Castro. A los que admiran y a los que irritan. A los que te cuentan pequeñas mentiras para que los aceptes; a los que te dicen la cruda verdad, los aceptes o no.
A los que dramatizan su situación para que en Miami no los olviden y a los que declaran sentirse mucho mejor de lo que están. A los que halagan o recriminan; a los pesados con sus filípicas y a los que hacen reír.
A los que creen que los españoles les debemos algo y a los que creen que no les debemos nada.
A esas Damas que se jugaron la piel por sus presos, ahora convertidas en anónimas amas de casa con maridos un poco machistas e hijos desorientados con quienes bregar. A estas cubanas exasperadas o muy solas. A las que en un arrebato se quieren separar. A las felices de volver a tener marido.
A esos niños perdidos en la escuela española, matriculados a destiempo, que luchan por aprobar y hacer amigos. Y a veces, en una pelea, tienen que oír: "¡vuélvete a tu país!".
A los que no les gusta la comida y a los que comen demasiado. A los que echan de menos su arroz con frijoles diario y sus frutas exóticas.
A los que han pasado tanto frío en invierno y pasarán calor en verano, sin aire acondicionado.
A los que se trajeron hasta a la suegra y la consuegra y ahora deben apechugar con ellas y a los que las dejaron allí. A los que no pudieron traer esposa y ahora buscan una. A los que no pudieron traer a todos sus hijos. A los que aún no ha podido reunirse con todos ellos.
A los que creen en los políticos de derechas y en los diplomáticos europeos, y a los escépticos. A los que se confían a los medios y a los que guardan silencio. A los que se tomaron la coca-cola y a los que siguen en la lucha política.
A los austeros y a los atraídos por la sociedad de consumo. A las “papas podridas” de Elizardo Sánchez, ésas que comprenderán su ignominia cuando vivan en libertad, y deberán convivir con todos nosotros.
Y a todos los cubanos que se escaparon: hay muchos que me parecen muy locos, pero ¿cómo podemos juzgarlos los que nunca perdimos nuestro país y parte de la familia para pasarse la vida pensando en volver, pensando en que alguien debe morir para que la vida regrese? ¿Cómo comprender la experiencia de años encerrado en una caverna los que pudimos salir a la calle todos los días?
Tras nueve meses viendo desfilar cubanos por el aeropuerto y los medios de prensa, 115 ex presos y 650 familiares, he pasado por todo tipo de sentimientos. Ahora les deseo a todos mucha suerte y mucha paciencia: su vida material no será muy distinta de la de millones de españoles e inmigrantes: muy dura...
Dice Said:
"El exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar. Es la grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar: nunca se puede superar su esencial tristeza. Y aunque es cierto que la literatura y la historia contienen episodios heroicos, románticos, gloriosos e incluso triunfantes en la vida de un exiliado, todos ellos no son más que esfuerzos encaminados a vencer el agobiante pesar del extrañamiento. Los logros del exiliado están minados siempre por la pérdida de algo que ha quedado atrás para siempre.
(...) el pathos del exilio reside en la pérdida de contacto con la firmeza y la satisfacción de la tierra; volver a casa es de todo punto imposible.
Para un exiliado, los hábitos de vida, expresión y actividad del nuevo entorno se producen inevitablemente enfrentados a la memoria de dichos hábitos en otro entorno. Así, tanto el nuevo como el viejo entorno son vívidos, reales y suceden de forma contrapuntística. Hay un placer único en este tipo de percepción; hay también una particular sensación de logro conseguido en el hecho de actuar como si uno estuviera en casa dondequiera que resulte estar.
Eso, no obstante, resulta arriesgado: el hábito de disimular es agotador y destroza los nervios. El exilio no es nunca un estado satisfecho, plácido o seguro del ser. El exilio, en palabras de Wallace Stevens, es "una mente invernal" en la que el "pathos" del verano y el otoño, en igual medida que el potencial de la primavera, se encuentran próximos pero son inalcanzables. (…) Es la vida sacada de su orden habitual. Es nómada, descentrada, contrapuntística; pero en cuanto uno se acostumbra a ella, su fuerza desestabilizadora emerge de nuevo."
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