Las fotos eran de dos jovencitas hermosas que, lejos físicamente de su patria ya, habían ganado parte de la libertad y el derecho a vivir con esperanza que durante toda sus vidas les había sido negado y padecieron como castigo por el terror impuesto a toda su familia, en especial a sus padres, la mafia militar que mantiene al pueblo cubano sin derechos.
Contra esto había luchado Rafael, su padre, frente a estos terribles soberbios plantó cara Maritza su heroica madre.
Pero aún Gladita y Rosalia ni son del todo libres ni pueden vivir dichosas pese a caminar en tierra libre y prospera pero ajena. No son libres ni felices porque dependen aún de un déspota para poder entrar a su propio país, a su propio vecindario, a la casa donde jugaron juegos de niñas y crecieron separadas de su padre porque esos viles se lo encarcelaron. No son libres porque dependen de que un siniestro aparato represivo les permita, una vez que por tal gracia les hayan concedido pisar su terruño, poder ver un par de horas a su padre tras los muros y las rejas.
A más han llegado estos crueles y el abrazo deseado, el beso añorado de una hija a su padre ha debido quedar postergado por la implacable negativa de los que odian la razón y no entienden de humanidad.
Para mí era un verdadero placer ver aquella felicidad en el rostro de Rafael, que mostraba orgulloso la foto de su nieto travieso al que aún no había podido consentir. Yo al niño le había también dejado de ver muy pequeñito y también me admiraba de lo muy vivaz que lucía en fotos. Luego aquellas imágenes de unas muchachitas que ya eran perfectas jóvenes con la belleza genética transmitida por el lado materno, algo que fomentaba nuestras bromas al celoso y conservador padre que sin embargo terminaba contagiado con nuestras respetuosas chanzas.
Regis Iglesias Ramirez
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