(www.miscelaneasdecuba.net).- El sábado 16 de abril puede haber concluido finalmente la denominada “guerra fría”. El desfile realizado en La Habana para celebrar, yo diría más bien, para consolarse con la desgracia, de haber iniciado el comunismo como fórmula de gobierno por más de medio siglo, ha sido una imagen patética y grotesca de uno de los episodios más lamentables de la historia de la humanidad.
Porque eso y no otra cosa, es lo que trajo consigo el enfrentamiento ideológico este oeste desde que Stalin se percató con extraordinaria habilidad, de la debilidad de las democracias occidentales que habían participado en la guerra contra el nazismo. Sin ningún tipo de remordimiento, exigió para sus dominios un conjunto de países que añoraban gobernarse bajo un sistema de libertades como el inspirado por la otra gran potencia mundial, Estados Unidos, y los sumió en la etapa más oscura que se recuerda de la historia de nuestro tiempo.
Cuando el telón de acero construido con la fuerza de la violencia, la represión y el totalitarismo comunista se vino abajo con la caída del muro de Berlín, el mundo entero comprendió la enorme injusticia que habían sufrido los países que habían caído, por voluntad de sus dirigentes, en manos del comunismo internacional.
Escasos de apoyo ideológico y con nulas referencias intelectuales en las democracias occidentales, estas ínsulas de la “guerra fría” como la Cuba castrista, languidecen con espectáculos aberrantes, que nos recuerdan a aquellas marchas amenazadoras de la Alemania oriental o de la Rumanía de Ceaucescou en los años 60 y 70 del siglo pasado. ¿Qué pueden representar los 50 o 100 mil cubanos obligados en contra de su voluntad a participar en una marcha asombrosa en la que, hasta la maqueta de un yate fantasma, aparecía elevada por instrumentos que combinaban fuerza mecánica y humana? ¿Qué clase de circo ambulante, con todos mis respetos para la profesión circense, ofrece un espectáculo de estas características, cuando a nadie le interesa observar un armamento obsoleto portado por militares entrados en años? Y, si nos ponemos en plan serio, ¿se puede permitir la economía castrista, carente de recursos para alimentar a la población y amenazada por las alzas de precios de los bienes de consumo en los mercados mundiales, un estipendio de estas características para, insisto, celebrar un acontecimiento que lejos de satisfacción, solo puede producir tristeza?
No existe la más mínima seriedad en la cúpula dirigente de gerontócratas que asume las riendas del poder en la Isla, desde la separación por voluntad propia de Fidel Castro. El pueblo cubano, esa sociedad civil secuestrada, atemorizada y dominada por el peor de los regímenes dictatoriales del mundo, porque su esencia es robar la dignidad de una persona para decidir con libertad lo que quiere hacer con su vida, asiste impasible a un escenario de final de ciclo político, sin saber muy bien cuál es el futuro, hacia dónde se orienta la luz del túnel de oscuridad en que se encuentra. Así es como la quiere maniatar esa cúpula de poder caduco, y obsesionada con ganar tiempo. Y después el congreso del PCC, el único existente y que puede actuar como correa de transmisión de ese poder hegemónico para debatir unos lineamientos que van dirigidos al fracaso.
Fin de la guerra fría para los cubanos, fin de etapa para el castrismo, y apuesta por un nuevo modelo cuya viabilidad es incierta. Pobres cubanos. Nunca han merecido tanta desgracia.
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