Por Pablo Pacheco Avila
Niegan visita a mi padre
Una tarde, el tiempo cambió bruscamente, tal parecía que la furia de los dioses arremetía contra “La polaca” y sus moradores. De pronto, un fuerte aguacero invadió mi celda y de no haber estado despierto todas mis pertenencias se hubiesen empapados. El agua entró con fuerza por el techo del patio de mi calabozo. Al terminar la tempestad, saqué toda el agua con un pullover viejo que era mi compañero para abrigarme cada noche. Tuve que usar esta prenda de vestir porque no poseía una colcha de limpiar y al no permitir los militares un palo de limpieza hice el trabajo tirado en el piso como si fuese un animal de cuatro patas.
A la hora del recuento de presos pasó por mi celda el Mayor Brito, Jefe de reeducación de la cárcel de Aguica, y en tono sarcástico me dijo: Pacheco, tu padre estuvo hoy por aquí, pero no fue posible darte la visita. Reaccioné por instinto, presentía que este militar, famoso por ser uno de los principales verdugos de la prisión quería torturarme psicológicamente y debía impedírselo a toda costa. Mayor, no se preocupe, le contesté, mi padre sabe que hoy nos es día de visita y yo no lo mandé a buscar. Además, es bueno que esto le suceda y perciba que está equivocado al defender un sistema al que yo enfrento con todas mis fuerzas. Ustedes mismos harán comprender a sus seguidores, con sus abusos y arbitrariedades, que el comunismo es incompatible con la humanidad y muchas gracias por la información, terminé diciendo.
Brito se paró en seco al escuchar mis palabras y dijo: “ustedes son impredecibles y mal agradecidos. Pensé que te alegrarías por saber de tu padre”. Me reí de buenas ganas y riposté: “te alegrarías si me quedara preocupado y te cuestionara porque no dejaron a un padre ver a su hijo en prisión después de viajar más de 300 km. No militar, estoy preso por mis ideas y no por visitas familiares. De todas formas, gracias por su interés en tratar de alegrarme”.
El resto de la tarde y la noche la pasé pensando en mi padre. Él había dado parte de su vida defendiendo una revolución que con el tiempo le encarceló a su hijo por disentir y escribir sin dictados.La madre de dos de sus hijos había abandonado el país. A mi padre le quedaban pocas cosas por las cuales luchar y su ignorancia le hizo ver la vida en blanco y negro, no quería ver los matices de la realidad. Con el tiempo comprendí que él también era una víctima más de la dictadura.
Durante semanas sufrí mucho, sufrí en silencio por mi padre, sentí culpa de su viaje frustrado. Cuando pude verlo me contó que ese día lloró, no por el aguacero que le cayó ese día encima, sino porque no pudo verme. Pero comprendió que en la vida todo tiene su precio y el precio de mi vida era el sacrifico por mis ideas. A partir de ese momento, mi padre y yo nos entendimos mejor y respetamos el espacio que las ideas nos habían impuesto con el tiempo. Nunca más discutimos por política y doy gracias a Dios por ello.

Que lindo!
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