Café Fuerte
Una herida en el corazón
Y el fenómeno del éxodo, que sigue siendo una constante cubana…
No cabe duda. Cada vez que sale un cubano de Cuba es como que a mí se me hiciera una herida en el corazón. Así lo siento. Porque me parece tan torpe no darse cuenta que nos estamos convirtiendo en una isla de ancianos, porque los jóvenes o se van o se quiere ir, se tiran la mar, o como sea. Pero esa es la realidad; no hay futuro. Desde el punto de vista económico, cuando un economista ve esa realidad dice, bueno, pero dentro de 15 años dónde va a estar este país. Porque la tasa de nacimientos es baja, parece un país del primer mundo en cuanto a tasa de nacimiento. Somos gente que vivimos bastante tiempo y el peso de los ancianos en la sociedad es enorme… El problema es que un país necesita renovación, necesita juventud, necesita niñez… si no, nos abocamos al desastre.
¿Cuáles son las preocupaciones cotidianas de la gente en Santiago de Cuba, de los feligreses que van a su parroquia?
La primera preocupación es comer las veces se pueda comer en el día. Eso de las tres veces, entre paréntesis, no es fácil. La gente trata de sobrevivir. En este momento se añade una preocupación muy grande, que es si quedan cesantes o no, quién va a tener trabajo en la familia. Porque en Cuba se ha sobrevivido gracias a que la familia es muy solidaria, es decir, que se comparte lo que se tiene y si trabaja uno comen todos. La otra cuestión fundamental es la desesperanza, el no ver una salida, el no ver un cambio, el no ver que se vaya a mejor, sino al contrario, la percepción es que vamos a peor, a peor, a peor… No es sin marcha atrás, es sin marcha adelante.
Una preocupación latente es que el descontento popular puede derivar en explosiones públicas, con una salida violenta. ¿Es evitable la violencia en Cuba?
No creo que nadie sensato, nadie medianamente cordial, pueda querer una salida violenta en Cuba. En todos los sentidos es un fracaso del espíritu y del corazón de la nación y sería de consecuencias terribles. Eso nadie lo quiere, ciertamente. Pero al mismo tiempo yo digo que hay muchas formas de matar y de morir, y de prolongar irrestrictamente una situación que tiene como consecuencia la muerte del espíritu humano, la muerte de los valores del ser humano, eso también es una guerra terrible. Y desde el punto de vista ético hay una situación muy grave. Por supuesto, no solo desde el punto de vista ético, es también desde el punto de vista económico, social, cultural… Nada se queda fuera de esta situación y hay que buscarle salida, hay que buscarle solución. Soy un hombre que cree en Dios y sé que Dios nunca pone a sus hijos en una situación que no tenga salida. Hay una salida, pero hay que poner todos los medios en función de encontrarla.
Signos de esperanza
De las cosas que están sucediendo hacia el interior de la sociedad cubana, ¿cuáles son las señales que le parecen más estimulantes?
El movimiento de los blogueros alternativos es un proceso indetenible. Eso se inició y seguirá. Me he reunido muchas veces con ellos, tengo una relación profunda de amistad con muchos de ellos. Son gente formidable realmente, de una simpatía, de una inteligencia viva, de una libertad interior, de un espíritu de fraternidad entre ellos. Y mucho humor, ciertamente. Tú sabes que lo peor que se puede ser en Cuba es pesao. Y esta gente es muy liviana en el sentido de la simpatía y al mismo tiempo muy profunda, porque es gente que piensa y mantiene un diálogo serio sobre la realidad que vive. Diría que ese es el picante nuevo de la situación cubana, que coincide con con un movimiento paralelo entre los intelectuales, con críticas muy fundamentadas y agudas. Siempre pongo de ejemplo la última novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros. No he leído antes en Cuba un libro tan fuerte, escrito por un cubano que vive en la isla. Es una crítica feroz al totalitarismo, asumida con matices, desde ángulos muy sutiles, muy hondos, muy reales. Creo que son signos claros de esperanza. En la Biblia hay un fragmento de uno de los profetas que se pregunta: “¿No ven que ya están surgiendo las yemas, que ya empiezan a surgir las nuevas ramas? ¿Es que no lo ven?”. Esa cita me recuerda mucho la situación actual de Cuba. Hay mucho pesimismo, hay mucho cansancio, hay resentimiento acumulado porque aquello se las trae, pero al mismo tiempo uno ve una libertad interior, una libertad de pensamiento, un arrojo y un compromiso ético en muchas personas… A mí eso me alimenta espiritualmente y me da mucha esperanza.
De todos los sacerdotes que viven y predican en Cuba, usted es quien mantiene el diálogo más continuo y la presencia más sistemática entre los exiliados. ¿Cuáles son los motivos de esa especial sintonía con el exilio?
El tema del exilio es como una herida abierta. Tengo esa herida abierta desde que tomé conciencia del fuerte sentido de identidad que existía entre los cubanos que se habían ido de Cuba. Cuando una persona salía de Cuba, para nosotros que nos quedábamos allá, era como si esa persona se hubiera muerto. Sicológicamente, cuando mis primos se fueron de Cuba yo hasta dejé de pensar en ellos, porque el trauma de pensar en ellos, el dolor de que no nos podíamos ver, de que prácticamente no nos podíamos comunicar… pues uno borraba esa parte de su historia, adormecía esa parte del corazón. Cuando conocí el exilio a través de mi familia y a través de –tengo que decirlo- de María Cristina Herrera, realmente fue una especie de deslumbramiento . El reencuentro con mi familia, ver que había permanecido el amor, fue como reencontrarme con la mitad de mí mismo. Entonces a partir de ahí he reflexionado mucho.
Una enorme injusticia
¿A qué conclusiones ha llegado? ¿Cómo van a cerrarse finalmente esas heridas sentimentales?
Creo que el gobierno cubano comete una enorme injusticia en quitarles la patria -porque hay que decirlo así, no hay otra forma- a las personas que se fueron. La forma de tratar a los cubanos que están en el exterior, el hecho de que no pudieran regresar por tantos años, que cuando pudieron regresar fue con tantas restricciones, con esa necesidad de una visa, como si no fueran cubanos, y que se les haya negado el derecho a ser parte de lo que es de ellos y de lo que ellos forman parte, que es la patria. Porque a diferencia de otros tantos inmigrantes, los exiliados cubanos llevan a Cuba en el corazón, les duele Cuba. Y para mí una de la cosas que la Iglesia Católica tendría que hacer ya es establecer puentes, propiciar que el exilio se sienta parte de la Iglesia, que esos vínculos se renueven a un nivel profundo, sobre todo el exilio católico con relación a la Iglesia Católica. Por por una cuestión de justicia y de deber, les estamos debiendo eso. Yo le digo a la gente de mi parroquia en Santiago de Cuba que tengo dos parroquias: una pequeña, Santa Teresita del Niño Jesús, y una grande, que es el exilio.
¿Cómo podría ayudar el exilio en esta hora crucial de Cuba?
La primera ayuda es la solidaridad en la oración. Quizás yo diría que el exilio debiera reflexionar y repensar cuáles son las mejores maneras de influir en la situación de Cuba, porque muchas veces se respaldan políticas y se mantienen actitudes que no han dado resultado. No sé si habría que pensar en abrir las perspectivas y tener más imaginación. La otra cosa, sin duda alguna, es el apoyo a los familiares que quedan dentro de Cuba. Sería importante también que en el cuarto centenario de la Virgen de la Caridad, la Iglesia convocara a una renovación espiritual. Siempre se habla de que Cuba está muy mal. Pero hay una cosa muy cierta: todos los seres humanos necesitamos conversión. Muchas veces en nuestras vidas hay cosas que no van bien, que nos hacen menos humanos, egoístas, que nos separan de los demás, que nos encierran en nosotros mismos, que nos separan de Dios y del camino del Dios. Esa conversión de las personas, de las familias y de las comunidades cubanas hacia Dios y hacia la renovación espiritual debiera ser un programa de la Iglesia Católica.
Por su vocación social y sus declaraciones polémicas, usted sigue siendo una piedra en el zapato que suele incomodar al gobierno y, en ocasiones, a la jerarquía católica. ¿Está el padre José Conrado preparado para una asignación forzosa fuera de Cuba?
Para nada. Ya esa asignatura la aprobé y no pienso cursarla de nuevo, porque saqué buenas notas. Estuve dos años y medio fuera de mi país y de mi Iglesia, entre 1996 y 1998. Lo hice por respeto a mi Obispo [Monseñor Pedro Meurice], que me lo pidió, y yo soy un hombre de Iglesia, soy un hombre obediente, pero ya se dio. Y no, porque además siento que Dios me pide estar al lado de mi pueblo y que mi lugar está en Cuba. Pase lo que pase, allí. No sé qué va a pasar conmigo, pero allí me quedaré. Eso no tiene vuelta de hoja y, por demás, mi mamá tiene 85 años, vive en Santiago de Cuba y está ciega. No voy a dejar a mi mamá detrás ni la voy a sacar a la aventura de una vida en otro país, porque ella se quedó en Cuba por mí. Entonces, ¿cómo voy ahora a irme y dejarla? Además de esa razón fundamental, están las miles de razones eclesiales, patrióticas, éticas, que a mí me exigen quedarme al lado de mi pueblo cuando mi pueblo sufre. Y no lo voy a abandonar. El pastor no abandona a las ovejas.
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