Del blog Voces del Destierro
vocesdeldestierro.wordpress.comApuntes del cautiverio XII
Rebelión en “La Polaca”
Por Pablo Pacheco Avila
Varias semanas habían transcurrido con relativa normalidad en “La Polaca”. Mi vida era similar a la rutina de otro reo cualquiera, hasta que comprendí que debía cambiar mis métodos si quería salir lo menos dañado posible del infierno en que me habían metido. Comencé a leer La Biblia con detenimiento y la obra de nuestro apóstol José Martí, además de cuanto libro caía en mis manos.
Cada mañana, comenzaba la jornada leyendo La Biblia. Después realizaba una tanda de ejercicios físicos, almorzaba, reposaba el almuerzo y de nuevo a leer. También jugaba alguna partida de ajedrez con mis compañeros de celda, gritando cada jugada de calabozo a calabozo y esto irritaba a algunos de nuestros carceleros, pero nosotros hacíamos caso omiso a sus regaños.
Una tarde, Infante, el guardia de turno, descubrió que aumentando el volumen del radio conseguía confundir nuestras jugadas, debido a que apenas se podía escuchar lo que decíamos. Entonces decidió, en sus turnos de guardias, realizar ésta maniobra y nosotros desistimos continuar jugando el juego ciencia y así terminar con el sonido emitido por el radio, que era una verdadera tortura para los internos.
De pronto, todo comenzó a cambiar en nuestro entorno. El jefe del destacamento, subteniente Ricardo Martínez, se despreocupó y no iba por las celdas, quizás intencionalmente. No recibíamos la prensa, tampoco las misivas; la asistencia médica y estomatológica dejó de ser menos frecuente y nadie nos daba una respuesta convincente de las nuevas anomalías.
Una tarde, escuchamos la mesa redonda emitida por la televisión nacional y nos quedamos estupefactos cuando el ex ministro de relaciones exteriores Felipe Pérez Roque afirmó la existencia de una serie de servicios carcelarios, de los cuales sólo se cumplían unos pocos y con tendencia a la irregularidad. Alexis Rodríguez Fernández tuvo la idea de emplazar al ministro y nos envió una nota con sus sugerencias. Todos apoyamos la iniciativa de nuestro hermano de causa y la mayoría de los reos comunes hizo lo mismo.
Como faltaban varias semanas para la visita más próxima de uno de nosotros y la situación se agravaba, decidimos realizar una huelga de hambre para reclamar nuestros derechos y esos servicios que había anunciado el propio gobierno en la voz de Felipe Pérez Roque. Nos sorprendimos al ver que de los 16 hombres que estábamos en La Polaca, se unieron al ayuno 15 y el que no lo hizo era uno de sus informantes.
El militar de vigía se percató desde la hora del desayuno de nuestra actitud. Manuel Ubals González fue el primero en rechazar el desayuno y después todos los demás. Estoy seguro de que Garvey, el funcionario de orden interior, lo informó a sus superiores porque enseguida vino el oficial de la seguridad del estado pero no hizo preguntas al respecto.
En el almuerzo hicimos lo mismo y tampoco se personaron los del consejo de dirección de la prisión a nuestros calabozos. Quizás pensaron que desistiríamos de la actitud, pero nosotros estábamos dispuestos a ir hasta el final: se resolvían nuestras demandas o no comíamos más.
Media hora después de rechazar la cena comenzaron a sacarnos para un aula a cada uno y para sorpresa nuestra nos encontramos con el consejo de dirección completo, nuestro reeducador Ricardo Martínez, el oficial de la policía política y otro militar de la seguridad del estado de la provincia de Matanzas.
Cuando llegó mi turno les expliqué lo mismo que los demás, pero tropecé con algo inesperado. Me dieron la razón en mis demandas y culparon al jefe del destacamento por la situación y aseguraron que se iba a resolver. Diosdado Muñoz More, el director de Aguica me dijo que debía comer para demostrar que había abandonado la huelga, le expliqué que comería donde siempre, en mi celda. Comenzó una discusión entre ellos y yo que se fue de los límites de mi imaginación. Me negué a comer donde ellos deseaban y asumí ésta actitud evitando una futura manipulación, pues me sugirieron el comedor donde comen los trabajadores del penal y yo no era un trabajador sino un recluso en celdas de máximo rigor.
Mi comportamiento me costó tres días de aislamiento total, me llevaron a una ergástula sin luz ni agua potable en el vivac de la cárcel. Jamás sospeché que existieran calabozos con esas características en mi país.
Por el día apenas me veía y después que comenzaba a caer la tarde era una oscuridad tétrica. El mal olor del baño era infernal y a falta de agua no podía descargarlo, a esto se agrega que para tomar agua debía pedirle a un reo común que me llenara tres pomos y así aprovechaba para asearme. En las 72 hrs que estuve allí conocí cada grieta en la pared y me imaginé el sufrimiento de los hombres que en tan tenebroso lugar vivieron.
Al sacarme de ese infierno apestoso me regresaron a La Polaca y fui recibido por mis compañeros con aplausos, quedé impresionado por tanta solidaridad. Después me contaron las experiencias de cada cual en la reunión y les dije las mías. Fui el único a quien sugirieron que comiera en el comedor. A los demás le llevaron el alimento a su celda y llegamos a la conclusión que los militares sospecharon que yo era el promotor de la huelga.
A partir de nuestra actitud contestataria, la dirección de Aguica no dejaba muchos meses a los reos comunes a nuestro lado y evitaban una confrontación con nosotros. Comprendimos que habíamos ganado la primera batalla pero debíamos emplazar al régimen públicamente y las palabras del ministro serían desmentidas apenas nos dieran la posibilidad. La visita de cada uno de los presos políticos y de conciencia era la única oportunidad que nos quedaba y comenzamos a elaborar un plan para alcanzar nuestro objetivo.

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