Saturday, March 26, 2011

APUNTES DEL CAUTIVERIO XIII

VOCES DEL DESTIERRO
vocesdeldestierro.wordpress.com

Pablo Pacheco Avila

Foto tomada de Internet

Por Pablo Pacheco Avila

Declaración escondida en un mechero.

Después del éxito de la huelga, comenzamos a elaborar un plan para emplazar al ex ministro de relaciones exteriores, Felipe Pérez Roque. Las mentiras que dijo a la prensa nacional y extranjera sobre la existencia de una serie de servicios carcelarios para los presos políticos, serían desmentidas por nosotros.

El control sobre los recluidos en “La Polaca” en cada salida del recinto parecía invulnerable. Los reos comunes nos aportaban ideas de cómo sacar clandestinamente la nota de prensa. Unos por solidaridad y otros para denunciarnos después con los militares y ganar dádivas de la reeducación.

Roberto Pinto Pérez reo común de la provincia de Villa Clara y sancionado a más de 40 años de cárcel por un crimen y otros delitos graves, nos aportó la idea de encubrir la nota en las suelas de un par de zapatos. Manuel Ubals fracasó en el intento y le costó unos días de castigo. Yosbany, un recluso de Camagüey y condenado a cadena perpetua por el asesinato de un militar en una cárcel de su localidad, sugirió esconder la nota en el dobladillo del pantalón. También fracasamos. Por último, el preso Yoexis Rodríguez Sarmiento, de Cienfuegos y con una condena de 46 años de encierro, homicidio y otros delitos violentos, nos aconsejó que fuéramos astutos, pues la policía tenía ocho horas para velarnos y nosotros veinticuatro para pensar.

El día antes de la visita de los familiares de Alexis, éste nos remite una carta donde nos dice que sacar la nota era su responsabilidad. Por medida de seguridad y por temor a la intersección de la nota no facilitó detalles de cómo lo haría y todos comprendimos el mensaje.

El encierro en solitario te dejar ver caminos insospechables a la imaginación, con el tiempo lo comprendimos y practicamos con muy buenos resultados.

Al regresar Alexis de su visita, nos escribió una misiva contándonos que la declaración se haría pública apenas Luisa María Lebeque Gilart, su esposa, llegara a Santiago de Cuba. Jamás imaginamos la iniciativa de Alexis. Escribió la declaración y la envolvió tan pequeña que logró introducirla en un encendedor Clíper. Cuando los guardias lo registraron y preguntaron por la fosforera, les dijo: es para mandarla a rellenar. Por suerte, los militares no imaginaron que en tan inofensivo encendedor iba la denuncia contra ellos mismos y el gobierno que representan.

Dos días después, el mundo sabía que las palabras de Felipe Pérez Roque eran mentiras, mentiras disfrazadas de cinismo y mala intención.

Las investigaciones sutiles de algunos presos comunes para saber cómo habíamos burlado el control para sacar la nota y después informar a la policía no se hizo esperar. Por suerte, ya nos habíamos vacunado contra estas actitudes mezquinas y nunca supieron cómo vencimos la férrea censura de los carceleros.

Semanas después, nos tomó por sorpresa el progreso en los servicios carcelarios. Por primera vez nos dieron cinco minutos de teléfono para conversar con nuestras esposas o familiares; la asistencia médica se incrementó, las cartas comenzaron a llegar a nuestras manos, las comidas eran elaboradas con más calidad y nos prestaron libros de la biblioteca del penal.

La denuncia funcionó y otros reos comunes se beneficiaron. La policía, para no reconocer nuestra victoria en las demandas, decidió extender las asistencias a los convictos comunes y nosotros nos alegramos, porque además de ser seres humanos conseguíamos su apoyo.

Una tarde, los presos políticos nos percatamos que el guardia de turno sintonizó por error Radio Martí, emisora del sur de la Florida que trasmite para Cuba. Esta emisora se convirtió en voz de los que menos voz tienen en la isla: los disidentes pacíficos, los reporteros independientes y activistas de derechos humanos.

Tremenda sorpresa me llevé al escuchar a José Luis Ramos, periodista de la emisora, reportando una noticia sobre mi madre. Enseguida nos dimos cuenta y nos callamos hasta que terminó la información. Minutos después comentamos el suceso y continuamos escuchando otras noticias. Al escuchar nuestros comentarios, el presidiario Raidel Casanova llamó al guardia y le dijo que esa emisora era contrarrevolucionaria y si no cambiaba la sintonía se lo diría al oficial de la Seguridad del Estado.

El guardia, asustado, apagó el radio, pero no pudo robarnos la alegría de vivir ese espacio de libertad por unos segundos. Los demás convictos insultaron con todo tipo de improperios a Raidel. Su actitud demostró nuestras sospechas de que era un informante de la guarnición. Por suerte, la experiencia del radio se repitió otras veces debido a la cercanía de Matanzas con el sur de la Florida y a pesar de la interferencia de las autoridades cubanas contra esa estación, la señal llegaba con nitidez.

Además de las visitas familiares y pabellones conyugales, escuchar por unos minutos radio Martí, representaba para mí un bálsamo a la soledad y a la desinformación. Eran destellos de libertad en horas tétricas y me sirvieron para continuar el camino escogido. Por estas y otras razones la cruz fue menos pesada y el sabor del cautiverio menos amargo.

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