
Por Luis Tornés Aguililla.
Francia, 8 febrero de 2011.
La configuración es relativamente simple : el régimen de La Habana necesita mantener el control económico, social y político del país en el marco de lo que parece ser su doctrina, es decir, un conflicto permanente de baja intensidad en el cual, la defensa civil, los servicios de inteligencia, las fuerzas armadas y la policía articulan sus misiones y están en ejercicios constantes gracias a un alto nivel tecnológico para filmar, escuchar y penetrar los grupos de opositores reales o potenciales con el objetivo de saber qué hace y qué piensa el « enemigo », amén de una red de chivatos cuya esmerada eficacia en el hemisferio occidental solamente habrá sido observada en Alemania entre 1933 y 1945. De casta le viene al galgo, vía la difunta R.D.A.
Digamos, que se trata de controlar el país en una especie de circuito cerrado donde sólo quede espacio para la balsa, el avión o la prisión, lo cual explica sobradamente los destierros de los presos políticos y el absoluto control sobre los viajes al extranjero y sobre la entrada del cubano a su propio país.
Los cubanos, con razón, se horrorizan al enterarse de que en un pueblo de Honduras, a una señora embarazada le pegaron un tiro en la cabeza solamente para robarle los zapatos rojos que calzaba pero esos mismos cubanos ignoran los actos de barbarie y crueldad que ocurren en el territorio nacional donde hay un alto nivel criminógeno, por momentos desvelado en Miami, cuando la prima de Yurisclaidys de la Caridad recibe treinta puñaladas a manos de su novio Usnavy Rodríguez Rodríguez llegado a Estados Unidos en una balsa unos meses antes y proveniente del barrio de « Palo Cagao », en La Habana.
Los cubanos de la isla que observan esas realidades terroríficas de inseguridad fuera de Cuba, automáticamente y de manera inconsciente dan al régimen de La Habana una especie de salvoconducto que le evita a éste una situación como la que acabamos de ver en Túnez o en Egipto de levantamientos masivos de la población civil reclamando sus libertades públicas e individuales.
Lo anterior, también se inscribe en la guerra psicológica que el régimen castrista alimenta para mantenerse en el poder, al menos hasta que desaparezcan físicamente los elementos más criminales del sistema logrando perpetuar cierta legitimación de facto en la mayoría de la gente gracias a la desinformación masiva porque la prensa y los medios de difusión son propiedad exclusiva del Estado o se encuentran bajo su control.
Esa legitimación se ilustra bien con el « más vale un mal conocido que un bueno por conocer.. » sin que abundemos aquí en torno el interés estratégico de ciertos países en mantener el castrismo como gendarme de un territorio donde 90 % de las personas tiene una idea creativa cada veinte segundos.
El control total del país tanto como el de la voluntad de la gente tiene como objetivo mínimo la promoción de una mentalidad del « yo no me meto en nada » lo cual se traduce para el régimen en beneficio político neto porque tiende a marginar, neutralizar o desacreditar la acción pacífica de la oposición que es, en definitiva, el objetivo principal de Raúl Castro y de su tropa.
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