Ramón Colas
Hace varios años se viene observando, en la oposición interna y externa, la tendencia de agruparse en formaciones políticas por el grado de afecto entre las personas. Luego, dicen haber creado una organización con determinados fines. Destacándose en los principios fundacionales de cada uno de ellos, en primer y justo lugar, la liberación de todos los prisioneros políticos y de conciencia en Cuba y el respeto a los derechos humanos del pueblo cubano.
Muy bien, además necesario. Lo preocupante es que muchas veces, para no generalizar lo que casi siempre ha ocurrido, es que esos grupos actúan motivados más por los afectos que por las necesidad de realizar acciones políticas de estrategia social. En el fondo algunos de esas formaciones son respuestas a otras que existen en la isla y el exilio y con los cuales se discrepa sobre determinados asuntos.
El personalismo desmedido, un mal endémico en la cultura política cubana, es el factor desencadenante. Los amigos, familiares cercanos, algunos que han buscado espacio donde acomodarse bajo el manto de la oposición, se alistan para formar un coro que defiende a capa y espada la postura de los que integran la organización.
Por regla general hay más de un adversario contra quien luchar, cuando se supone que solo debería existir la dictadura como la única y verdadera motivación para ser oposicionista en Cuba y el exilio.
Se ha popularizado en la isla, Miami, Madrid y Estocolmo un eslogan gris y devastador que dice así: oposición a la oposición. Es un miasma híbrido, cuyos componentes están indisolublemente ligados al carácter de los cubanos. Existe por doquier y adquiere legitimidad en las actuaciones del día a día, por el simple hecho de que se hace resistencia a modificarlo. Todos justifican, con los mismos argumentos, el derecho a hacer la diferencia y existir de esa manera.
En ese bregar aflictivo de la oposición de todas las orillas, el fundamentalismo castrista, queda al margen de la lucha política de esas formaciones. Los arquitectos del totalitarismo, aprovechan las rendijas de los activistas cívicos para penetrar en ellas y navegar a sus anchas hasta posesionarse del lugar del contrario. Ha sucedido, que hasta le condecora por su ingenuidad.
La política del régimen es estructural porque se fundamenta en un argumento, funciona, tiene una dinámica y es organizada. La oposición, al menos, debería estructurar pilares análogos desde el consenso y el respeto a la diferencia y hacer un diseño político obviando el corazón para usar solo la cabeza.
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