En Polonia acaban de lanzar un juego tipo Monopolio donde los competidores no luchan por comprar hoteles ni ferrocarriles, sino artículos de primera necesidad, como café, champú o papel toilette.
Tal Cual
La idea no es solamente que las nuevas generaciones se rían de la era comunista sino que recreen sobre el tablero lo difícil que les resultó a sus padres sobrevivir a aquel espanto.
El juego se llama La Cola (traducción de "Kolejka") y consiste en que cada quien hace una fila enorme tratando de llegar a la puerta de una tienda escogida al azar, sólo que, como en el Monopolio, los "peones socialistas" tendrán que seleccionar algunas tarjetas que les ayudarán o no, a alcanzar la meta.
Por ejemplo, en lugar del clásico premio "Salga de la cárcel y avance tres casillas", en La Cola la tarjeta señala "Tengo un amigo en el Gobierno", lo que le facilita colearse y saltar por encima del resto. Y en vez de "Pase por Go sin cobrar 200", le puede salir "Regrese al final de la cola porque la carne se agotó".
El juego, dice su creador, se basa en la frustración y reconoce que puede resultar tan aburrido como vivir en Socialismo. De allí que el paquete incluye un libro de chistes anticomunistas con la intención de que los jugadores se rían, aunque sea obligados, del macán que les tocó protagonizar a sus padres y abuelos.
Por supuesto, la noticia nos puso el tema bombita. Justo cuando Venezuela llega al año doce del Socialismo y, vaya casualidad, son pocos los ingredientes que se consiguen para prepararle la torta que se merecen, aparece lo que podría ser el regalo perfecto para tamaño aniversario.
Sólo que, si expropiamos la idea, deberíamos no solamente traducirla al venezolano sino lanzar varias versiones, cada una destinada a una cola distinta y con sus reglas particulares.
Porque no es lo mismo hacer La Cola en carro desde Catia hasta La Urbina para buscar pañales en Éxito, que hacer La Cola para la Pensión de Vejez: aquí pondríamos a miles de ancianos abarrotando la avenida Francisco de Miranda desde las 5 de la mañana para traspasar finalmente al IVSS a golpe de 3 de la tarde y una vez en la taquilla, una funcionaria le saca una tarjeta-castigo: "Vaya hasta las oficinas de Parque Central porque la planilla que descargó tiene un error".
-¡Si esa planilla la llenan ustedes! -alega el anciano.
Pero la funcionaria, más antipática que el viejito del Monopolio, agrega: "Los números se reparten a las 7 de la mañana y sólo damos 14 diarios". Y zuas, manda al anciano a comenzar a hacer La Cola de nuevo.
Divertidísima también debe ser La Cola del Hospital. Un jugador llega abaleado por un delincuente y, tres peones atrás, llega el delincuente herido por la policía. Sus amigos malandros empujan al resto de los muñequitos, le ponen la 9MM en la cabeza al médico y lo obligan a operarlo. El jugador agredido debe sacar una tarjeta urgente a ver si salva la vida.
Pero el azar le juega una mala pasada y aparece la carita del ministro del Interior diciendo: "Estamos estudiando la posibilidad de elaborar un marco previo para el posterior diseño de un Plan General que permita determinar las causas que conllevan a determinados sectores de la población...". Lo que se traduce en que el jugador debe regresar al fin de La Cola y morir desangrado, a menos que en la próxima tarjeta le salga Mandrake.
Infinitas serían las posibilidades de mercadeo de esta idea: La Cola de los Damnificados, donde sólo se avanza hasta conseguir una casa a quienes magnifiquen su amor por el inventor de este juego. La Cola de los Presos Políticos, dificilísimo de jugar porque todas las tarjetas son de castigo. O La Cola de los Aduladores, larga y aburrida como la del Socialismo, sólo que con esta versión me podrían demandar por plagio porque a esa gente lo único que les interesa es comprar viviendas, carros y urbanizaciones con billetes que nunca trabajaron y lucirlos sin disimulo, como el viejito millonario del Monopolio.

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