Yosvani Anzardo Hernández
23 de febrero de 2011
Holguín, Cuba – www.PayoLibre.com – Mucho tiene que ocultar el que teme a la verdad. Le dijo la palma al roble. Y este le contestó: mis delicadas flores no enmascaran la dureza de mi tronco, pero tu ruda corteza y penacho sin flor, ocultan un blando corazón.
En el país de los secretos todo se sabía, pero la gente fingía total ignorancia. La conversión en secretos de los hechos más triviales, facilitaba la impunidad de la injusticia y la continuidad de errores y sin sentidos.
Sin embargo no existía el masoquismo social propio de la prensa sensacionalista y que a tantos locos afectados por el complejo de Eróstrato los deslumbra, al punto de convertirse en asesinos seriales.
Según la leyenda, Eróstrato incendió el templo de Diana, en Éfeso, para pasar a la posteridad, ya que no tenía ningún mérito para conseguir fama. En la actualidad es un complejo de inferioridad de gran incidencia criminógena. No importan los medios con tal de distinguirse, sobresalir, que se hable de uno.
El hecho de que no se estimule en la prensa es un detalle positivo que no debe afectar al normal ejercicio de la libertad de expresión. Y es que proteger los secretos del Estado es necesitad de naciones fuertes, pero transformarlo todo en secreto estatal, es muestra de gobierno criminal que actúa en la oscuridad.
Ninguna publicidad es buena o es mala, somos los lectores estúpidos, o no lo somos. Lo realmente malo es la censura a ultranza, porque con buena publicidad también se induce al buen gusto y las buenas costumbres.
En el país de los secretos se necesitaba ser jefe del molino de trigo para hacer del cereal pegamento, aunque no hubiese para elaborar pan. Nadie nunca protestaría, y en la prensa se hablaría de la gran producción de harina aun cuando no fuera cierto, pero jamás de la escasez de pan. Y si algún desdichado obrero se atreviera a señalar tal falta; el poderoso jefe lo acusaría de ser enemigo del orden y hasta de traición a la patria. Por ello como es lógico, nunca nadie protestaría.
En el país de los secretos la autoridad buscaba constantemente enemigos o algo que se pareciera, bajo el supuesto de que había muchos agazapados tras hojas de papel y lápices de fabricación extranjera. Si no los encontraban, era malo; por ello cuando no aparecían, se les inventaba. Y esa caza de supuestas brujas criollas que vuelan en escobas extranjeras terminó por convertirse en obsesión, creadora esta de fantasmas vivos, enemigos de la mentira y de espíritu inatrapable.
La figura del policía se convirtió en la encarnación del mal, tanta impunidad había en su actuar que era imposible evitar los abusos, aunque es justo decir que todos los demonios no actuaban como tal, y de su función sólo procuraban los buenos salarios. A tal punto llegó el mal actuar de autoridades y la doblez en la expresión pública de la gente, que muchas personas decían que las máximas autoridades no sabían cuánto sucedía. Pero lo hacían sólo para poder hablar, porque claramente, también todos sabían que todo cuanto sucedía era ordenado, dispuesto o permitido por la máxima dirección del gobierno.
Por todas esas razones, el cubano se convirtió fundamentalmente en ingenieros sociales, conocedores de todo, especialistas en nada.
Cuba guarda celosamente un único gran secreto: somos a nuestra manera, los mejores en el mundo, y lo somos en tal medida, que si llegamos últimos en una carrera, preferimos llegar solos para no compartir con nadie el honor de ser los primeros detrás hacia delante. Y ese sentimiento, es madre de la esencia de nuestros secretos: O somos los mejores sin decidirlo, o decidimos no existir.
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