Saturday, October 2, 2010

LA MISA SIN REINALDO

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Supongo debe ser bastante deprimente una misa espiritual en la que el espíritu del difunto para el que se pretende la luz, se niegue rotundamente a hablar. Peor aún si el muerto de marras presiente celadas en el ambiente.

Por Luis Cino

La Habana, 2 de octubre/ PD/ Es el caso de la novela-testimonio de Tomás Fernández Robaina, Misa por un ángel (Ediciones Unión, 2010). Su autor (el Tomasito La Goyesca de “Antes que anochezca”), amigo de las cacerías de efebos y otras correrías habaneras de Reinaldo Arenas, decidió responder las preguntas difíciles que le hace la Tétrica Mofeta las tantas veces que se le aparece en sus sueños.

Creyó que así podría darle paz al alma atribulada del escritor maldito, pero no lo consiguió. Ocurrió la confusión que siempre sobreviene cuando se quiere quedar bien con Dios y con el Diablo sin correr demasiados riesgos con ninguno de los dos.

Fernández Robaina quiso conversar de nuevo con Reinaldo Arenas, como en los viejos tiempos, pero no con su estilo (“muy personal, con mucha poesía, con una visión muy crítica políticamente, además de erótica, homosexual y alucinante”). Y entonces hizo exactamente todo lo que no debió. Ante todo, con falsos aires de franciscano ecuménico, pretender que todo lo comprende y justifica (hasta las UMAP). Y para colmo, escribir como algunos de los escritores que Arenas más detestaba. ¿Quién dijo que en el más allá no se mortifican y encabronan con las cosas del mal acá?

A quién se le pudo ocurrir la idea de que un ser como Reinaldo Arenas descendiera mansamente a una bóveda espiritual rodeada por comisarios arrepentidos de dientes para afuera, modositos activistas del CENESEX y parametrados-rehabilitados, algunos con el Premio Nacional de Literatura, para decir con su parsimonia holguinera: “aquí no ha pasado nada”.

Supongo no debe ser nada fácil, ni siquiera para un espíritu, estar rodeado de gentes que piden su cabeza, porque no le perdonarán jamás –ni tampoco el régimen- haberlos transportado al mundo de sus libros para burlarse de ellos y revolcar en su propia mierda a justos y pecadores en el más escatológicamente delirante ajuste de cuentas de que se tenga noticia en la literatura cubana.

El propio Fernández Robaina, por mucho que se esfuerce, aún no puede disimular un poco de reconcomio con Arenas por haberlo convertido en Tomasito La Goyesca y reflejar alguna que otra situación incómoda en “Antes que anochezca”. De los amigos es de esperar ciertas lealtades. Sucede que eso se aplica en ambos sentidos. Y el que da la misa lo sabe. Por eso, puede entender, casi agradece, que el difunto decidiera permanecer callado.

¿Se imaginan que diría de escuchar a Tomasito referirse a las UMAP como una experiencia “entonces momentáneamente negativa”, pero que ahora la ve como “algo grandioso”? ¡Qué nostálgica la evocación de los guardias con perros y bayoneta que no podían hacer sino reírse de los concursos de belleza que hacían aquellas “locas de atar” para que el horror fuera menos horror!

¿Y quién iba a decir que llegarían los tiempos del CENESEX y la regia Mariela Castro? Total, según la moraleja que casi se desprende de la misa de Tomasito, para qué se fue Reinaldo a Miami y New York, donde le fue tan mal, si con unos años más de espera, hubiera visto La Habana llena de travestis y ondear la bandera gay en el Pabellón Cuba una vez al año. Como si los únicos problemas de Reinaldo Arenas con el régimen castrista hubieran sido los relacionados con el culo, por donde decididamente no entra la ideología ni con el concurso del CENESEX.

De haber bajado el muerto, el médium debió haber indagado qué hubiera pasado si los comisarios no hubieran censurado “El mundo alucinante” y obligado a Reinaldo Arenas a sacar el manuscrito de contrabando hacia Francia. ¿Habría sido todo distinto? ¿Estaría Reinaldo Arenas hoy en Cuba y sería Premio Nacional de Literatura? No lo imagino sentado en una mesita de la UNEAC, disimulando su ¡no puedo con esta gente! Menos aún en una tribuna, en alguna Feria del Libro, estrechando la mano del general Raúl Castro.

De cualquier modo, de poco vale imaginar lo que no fue. Es tan inútil como una misa espiritual sin la voz del difunto, que no halla médium apropiado o caballo digno de cabalgar en su regreso del exilio. El espíritu de Reinaldo Arenas sigue sin luz. Libre, ya lo es…

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