
Nos acercamos a una batalla decisiva. El tirano no para mientes en señuelos, triquiñuelas y engaños. Y por triunfar es capaz de utilizar todos los medios y recursos. Es maquiavélico en el más estricto sentido. Y cree hacerlo por una causa justa. ¿Iremos a este combate con las manos blancas y sin otro discurso que el de la otra mejilla? Si la dirigencia opositora no asume la conducción de sus tropas en este combate mortal, será arrasada por la historia. La opción es suya.
Por Antonio Sánchez García
Franklin Brito, in memoriam
Resulta tan evidente que asombra la miopía con que un importante sector de la sociedad y su liderazgo no alcancen a percibirlo. ¿O es que lo ven, pero asustados como avestruces - y creyendo en el clásico refrán de los cornudos según el cual “ojos que no ven corazón que no siente” - prefieren hacer como que no lo están viendo? La guerra es a muerte. Y de esta guerra, por lo menos por ahora y hasta nuevo aviso, uno de los contrincantes resultará no sólo derrotado, sino aniquilado y destruido: o el régimen impone su dictadura totalitaria y la esclavitud consiguiente o la oposición triunfa e impone la libertad y la democracia. Como decían los romanos, tertium non datur. No existen términos medios.
Hannah Arendt lo señaló negro sobre blanco: con el totalitarismo no es posible la convivencia. Y puestos en este brete de guerra a muerte – que nos lo impone el golpismo castro comunista venezolano y la insólita irresponsabilidad de quienes le abrieron los portones del poder, hasta el día de hoy – una mínima señal de conciencia histórica debiera habernos puesto suficientemente en claro que el juego es al todo o nada. Y debemos reconocer con inmenso dolor, que en esa apuesta del todo o nada, Chávez ha avanzado lo suficiente como para sentirse seguro en sus bastiones.
Chávez no cree en partidos ni elecciones: buen o mal soldado pero sin otra cultura que la militar, cree en las técnicas de la guerra y las utiliza sin la más mínima consideración a las formalidades. A Chávez las formalidades – nacionales e internacionales, humanitarias o de conveniencia – le traen sin cuidado. Sólo le interesan los resultados que, vistos militarmente, consisten en devastar, aniquilar, triturar al enemigo. Y su enemigo somos todos los demócratas, poco importa si adecos o copeyanos, militantes de Primero Justicia o de Un Nuevo Tiempo, del MAS o del PPT, de la Causa R o Proyecto Venezuela, de PODEMOS o ABP.
Lo sabe él y ha tenido la habilidad para transmitírselo a todos sus seguidores, de los cuales varios cientos de miles armados hasta los dientes. Si alguien tenía dudas, la consigna de todo un pueblo y una sola voz y luego del triunfo arreciaremos el empuje revolucionario lo dejan absolutamente en claro. ¿O es que la dirigencia opositora se ha vuelto sorda, ciega y muda?
Es tan evidente, por otra parte, que los demócratas ya son mayoría pero tan dispersa como un archipiélago, que huelga reconocer la insólita capacidad del tirano por profundizar esa dispersión. Creen los dirigentes de los partidos que para salvar la democracia es preciso salvar previamente a los partidos. Y en lugar de aunar sus fuerzas en una sola tarjeta y constituir un ejército bajo un solo mando, se aprovechan de la circunstancia de una batalla mortal para intentar ganarle, en primer lugar a los aliados, y luego, si la suma es exitosa, al enemigo.
El argumento de que esa dispersión – muchas voces, muchos colores, muchas orientaciones -es expresión de la democracia y que hacemos lo que hacemos porque somos demócratas y la democracia es pluralidad, es absolutamente falaz. Eso es cierto en condiciones de normalidad democrática, cuando los totalitarios están tras las rejas o bajo tierra – para usar el símil del Sr. Benavides - o arrinconados por gracia de la democracia en algunas instituciones.
Pero no estamos en condiciones de normalidad democrática. Estamos bajo la aterradora circunstancia de un estado de excepción. Y gústenos o no nos guste, bajo dichas condiciones la política es el enfrentamiento mortal amigo-enemigo. Chávez lo sabe, y aplica dicho principio bajo las leyes de la guerra. Cláusewitz: la guerra es la política por otros medios. Parafraseándolo: en un estado de excepción la política es la guerra por otros medios.
Nos acercamos a una batalla decisiva. El comandante no para mientes en señuelos, triquiñuelas y engaños. Y por triunfar es capaz de utilizar todos los medios y recursos. Es maquiavélico en el más estricto sentido. Y cree hacerlo por una causa justa. ¿Iremos a este combate con las manos blancas y sin otro discurso que el de la otra mejilla? Si la dirigencia opositora no asume la conducción de sus tropas en este combate mortal, será arrasada por la historia. La opción es suya.
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