
Cubamatinal/ Tuve oportunidad de visitar el Acuario Nacional el pasado 25 de agosto, en compañía de mi familia y los colegas Amarilis Cortina y José Antonio Fornaris, cinco días antes que lo hiciera el “Comandante en Jefe” Fidel Castro. Hacía seis años que no visitaba el Acuario. Fui testigo de su deteriorada y escasa población marina en cautiverio, de los salideros de agua por doquier y de las peceras selladas con planchas de cartón-tabla, en las que aparecen dibujados delfines, galápagos y tiburones.
Por Odelin Alfonso Torna
La Habana, 10 de septiembre/ PD/ Obviamente, el estirón del servicio fue dado por las visitas “sorpresivas” del máximo líder de la revolución cubana, Fidel Castro, los días 16 de julio y 30 de agosto. El huésped especial, atraído también por funciones “especiales” y en salones “especiales”, no tuvo tiempo de pasearse con sus invitados extranjeros por el traspatio del acuario, ahí donde los estanques que colindan con el restaurant panorámico Los Arrecifes se desmoronan por la desatención y el salitre que lo corroe.
Y qué decir del gran estanque del Acuario Nacional, ese en que convivían delfines jóvenes, agujas, mantas, chernas y una variedad de tiburones inofensivos, como el tiburón gato y el martillo. De vez en vez los entrenadores se sumergían en esta gran pecera para compenetrarse con los delfines, quizá los futuros actores del delfinario.
Al huésped especial no le mostraron la mugre de las cafeterías en moneda nacional, sus cocinas y freidoras con aceite reciclado, tampoco los baños y el pequeño teatro de la planta alta. Es posible que la limitación de movimiento del gran jefe, unos seiscientos pasos en su score personal, sea el aval para seguir destruyendo lo que ni siquiera ha comenzado a arreglarse, o ese telón que se abre sólo para los cubanos de a pie.
Es una lástima que Fidel Castro no haya irrumpido de “sorpresa” en el hábitat cautivo del pez león, una galería de pequeñas peceras, prácticamente despobladas, cubiertas de moho y con escasa luz.
Si la cabra tira hacia el monte y el manjuarí hacia el río, se me ocurre que Fidel Castro tiró últimamente hacia el delfinario del Acuario Nacional de Cuba. Quizá para revivir sus paseos en yate, sus inmersiones en la cayería norte o sur del archipiélago cubano, acompañado de placeres y buzos-escoltas.
Seguramente el huésped especial rememoró sus ejercicios náuticos al presenciar el show de los delfines bajo el agua, función extraordinaria montada sólo para la elite y sus invitados. Mis colegas y yo nos conformamos con la representación de la sirenita Ariel en el delfinario, a la hora señalada e imaginando que la revolución nos exige lo mismo que el Rey Tritón a su súbdito el cangrejo Sebastián: fidelidad y obediencia.
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