
Cubamatinal/ “Yo sé que cometí una locura al montarme con mi hija de meses en una balsa para irme de mi país. Pero la niña no tiene culpa de nada, y sin embargo ha tenido que sufrir miles de contratiempos por no tener su tarjeta de menor que la Seguridad del Estado le quitó en aquella ocasión”, dijo Bárbara Lorenzo, de 40 años, madre de Jessica, residente en el capitalino poblado de Managua.
Por Amarilis C Rey
La Habana, 3 de septiembre/ PD/ “Fue en el año 2001,- cuenta- mi esposo hacía poco tiempo que había emigrado hacia Estados Unidos. Siempre tuvimos la esperanza de reencontrarnos. Estaba embarazada de tres meses cuando se fue. Al nacer la niña, en el hospital funcionarios del registro civil no me permitieron que le pusiera el apellido de su padre. Me dijeron que no podía ser pues él no estaba en Cuba. Aquello me confundió mucho.
A partir de ese momento, traté de encontrar la forma de irme junto con mi hija. Siempre por nuestros medios, arriesgándonos. Desde la primera vez en el año 2001, cuando nos capturó la policía, nos llevaron a Villa Maristas, (sede de la Seguridad del Estado). Allí me quitaron mi identificación y la de mi hija, y aun estamos sin ella.”
En este caso, la identificación de Jessica era su tarjeta de menor. Este documento es muy necesario en Cuba para realizar trámites de cualquier índole, incluso hasta tratamientos médicos.
“Ella tiene una malformación en sus piernas - aclara la madre- por la que debe usar aparatos. Lo primero que me pidieron en Cuba-RDA, (taller donde se confeccionan equipos de ortopedia) fue la tarjeta de menor de la niña. Al no tenerla, no pudieron atender la orden del médico que yo llevaba.
Cuando llegó a la edad escolar no la querían matricular sin su identidad y tuve que hablar mucho con la directora de la escuela y explicarle y hasta llevar un papel del jefe de sector policial, donde se hacía constar la situación. Al final no matricularon a la niña y se me dijo que la podría llevar como oyente.
En estos momentos, Jessica va a comenzar el cuarto grado y no sé si ya es matricula oficial de la escuela o no. La primera vez, cuando estaba en pre escolar, no me dieron el papel para el uniforme y se lo tuve que comprar a sobre precio. Como sólo venden uniformes en pre escolar y en segundo grado, los niños crecen y los uniformes se les quedan o se rompen y entonces hay que comprarlo al precio que aparezca, en el mercado ilegal.”
Jessica usa la pañoleta de pionera, pero su madre dice no saber si realmente pertenece a la Organización de Pioneros de Cuba.
“Le conseguí una pañoleta vieja de la hija de una amiga que terminó la primaria. No quiero que mi hija se sienta más discriminada de lo que está y por eso lo hice. También le compré el distintivo de la organización, que tiene el escudo nacional. Y sus libretas y sus colores y todo lo que la escuela pide, y pide cantidad. Claro –exclama- esto lo hacen muchos padres, pues la escuela no tiene recursos para financiar esto, entonces de los distintivos se encargan algunos fotógrafos particulares quienes los confeccionan, los plastican y los venden entre seis y diez pesos. Pero lo más lindo es que en la escuela los exigen.”
Esta madre afirma haber reclamado en varias ocasiones a la Policía Política la devolución del los documentos de identidad, pero el silencio ha sido la única respuesta.
“Yo me conformaría con que me devuelvan el de Jessica. Los oficiales de la Seguridad del Estado me han propuesto que si trabajo para ellos me entregan la documentación confiscada y me consiguen un empleo, otra cosa que no puedo hacer, trabajar, por la falta de mi carné de identidad. Este problema me ha traído muchos inconvenientes, hasta para poder comprar las almohadillas sanitarias tuve que pedir un papel en el CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y presentarlo en la farmacia. ¿Y qué te puedo decir de mi hija, que nunca ha podido tener como los demás niños, el cake (torta de cumpleaños) ni los refrescos, ni nada por no tener su tarjeta de menor. Eso cuando puedo, se lo tengo que comprar también por la izquierda.”
Por su parte Jessica dice tener algunos sueños que aspira poder lograr algún día: “Mi gran deseo es conocer a mi papá, tenerlo cerca, poder darle un beso y también tener una muñeca grande, de mi tamaño, para jugar con ella.”
Madre e hija se unen en la adversidad y pagan un precio.
Historias como estas son fruto de un sistema donde el sufrimiento es la norma, no la excepción; están latentes en cualquier rincón de la isla.
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