
Varios observadores estiman que la Aparición del Dictador I a la escena pública cubana se debe a un esfuerzo para tratar de mitigar la vertiginosa caída del régimen
Castro y Chávez aman la violencia
Por Angélica Mora
DIARIO DE AMÉRICA
Los regímenes totalitarios son siempre grises y sombríos y por entre ellos circula un aire enrarecido, que sólo se mueve de acuerdo a la respiración del Dictador de turno.
Todos los obsequiosos que todavía rodean el círculo de Fidel Castro deben recordar sus terribles rabietas y taimas cuando algo no le sale como él quiere. Como es difícil que alguien cambie a esta altura de la vida, más aún cuando este viernes cumple 84 años, presumo que todavía continúa teniéndolas.
Hoy, luego de sus publicitadas salidas, deben continuar ocurriendo las taimas cuando las cosas se desvían un tanto debido a las circunstancias, no todas las veces con el viento a favor de las velas castristas.
Fidel Castro ha asegurado que él solo aconseja; y su hermano ejecuta, pero con lo mal que están las cosas en Cuba parece que, los consejos son malos… o si son buenos, el Suplente no los está cumpliendo como debiera.
Varios observadores estiman que la Aparición del Dictador I a la escena pública cubana se debe a un esfuerzo para tratar de mitigar la vertiginosa caída del régimen; y ante el temor a una posible rebelión de la población cubana, harta de promesas sin cumplir y de vivir una vida sin esperanzas.
Y ya que hablo de enojos entre los poderosos en el poder, en Venezuela está Hugo Chávez, el Rey del Emperramiento apodado justamente entre otras cosas, "Mister Rabieta", quien coge unos tremendos berrinches y se taima cuando sabe de otro desastre, de los numerosos que le sacuden de tanto en tanto. Como por ejemplo, el descenso vertiginoso de su popularidad o el hallazgo de otros miles de contenedores de comida.
Mis fuentes, aquellas cercanas al Palacio de Miraflores, me cuentan que pocos fuera del círculo íntimo de colaboradores se atreven a acercarse a Chávez porque -especialmente estos días- está de un humor insoportable. Lo agrio se tornó imposible luego de la denuncia del presidente saliente de Colombia Álvaro Uribe sobre presencia guerrillera en Venezuela.
Todos esperan que logre algo con su nuevo homólogo, Juan Manuel Santos, fresquito en el poder, para aliviar las rabietas.
El resentimiento, esa acción de enojo por algo que no sale bien, une a Fidel Castro y Hugo Chávez.
Ambos, pertenecientes a la clase media, han hecho creer que están dispuestos a luchar por los desposeídos, pero sólo han creado aún más miseria dentro de sus respectivos países.
Asimismo, los dos están mancomunados por la mala fe y una falta total de don de gentes. Tratan de presentarse como austeros frente a sus pueblos y viven rodeados de lujo y buena comida, mientras sus respectivas naciones se hunden en la miseria.
Castro y Chávez aman la violencia y están dispuestos a todo -menos morir- antes de soltar a sus pueblos cautivos. Sin embargo ambos son cobardes cuando llega el momento de enfrentar el peligro.
La admiración de ambos es mutua, aunque de parte de Fidel Castro hay una gran dosis de conveniencia, en un calculado uso del atolondrado y mal hablado ex teniente coronel en provecho de sus propios planes.
Para el Máximo Líder cubano, Chávez ha sido siempre un instrumento político que podía alcanzar con engaños el poder en Venezuela y convertirse en el proveedor del Maná Petróleo-Convertible.
Fidel Castro y Hugo Chávez tienen un punto en común que nadie puede negar y es su odio y envidia infinitos hacia Los Estados Unidos, ambos dispuestos a todo para perjudicarlo.
Los dos se ven como paladines de una lucha llena de rencor contra el Coloso del Norte y forjan aliados y planes para ver la forma de "poner de rodillas" al odiado y poderoso enemigo, que sin embargo tratan de usar en sus provechos.
Para Chávez, Fidel ha sido el Dios de su vida. Su incondicionalidad hacia el Dictador de Cuba es proverbial y lastimosa. Su exaltada disposición de servilismo ha hecho que Venezuela esté en las condiciones de crisis actuales, porque lo único que le interesa es cumplir con lo que le piden los hermanos Castro, que nunca ha sido en bien de la patria de Bolívar, pero sí en sus propios intereses.
Hugo Chávez no hace buenas migas con Raúl a quien “mastica, pero no traga”. Ve al Suplente como inmerecido en su posición de Dictador II, que según su íntimo pensamiento, no alcanzó ese puesto por méritos sino porque no había otra posibilidad a mano.
Digo esto porque, rodeado en el misterio de regímenes totalitarios, nunca se ha aclarado por completo la participación del gobernante de Venezuela en el complot para derrocar a Raúl Castro del poder. Personas allegadas a Miraflores saben de este desprecio hacia el Segundo de los Castro.
Pero, ambos se aguantan porque se necesitan y se apoyan uno con dinero y el otro con logística y promesas de protección, en caso de necesidad.
En este ensayo de examen de las características comunes de Fidel Castro y Hugo Chávez resaltan como ninguna otra sus odios contra los que se les ponen de por medio, quizás en una respuesta consciente para aplastar en sus orígenes todo posible el peligro que los pudiera sacar del poder.
De ahí esa rabia infinita de los que mandan en Cuba y Venezuela contra la disidencia, que es el único elemento que puede trizar la coraza de esos regímenes montados en la impunidad, porque muy pocos -hasta ahora- se les han atrevido a ponérseles por delante.
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