Sunday, July 4, 2010

LOS YANQUIS ZURDOS

seanpenn
Cubamatinal/ Hace unos años, el Compañero Fidel arremetió en una de sus reflexiones en Cuba Debate y el periódico Granma contra “los súper revolucionarios”. Como no mencionaba nombres ni hechos concretos, nadie entendió bien de qué hablaba y menos todavía a quien se refería. Resultó que hablaba pestes de James Petras, que preocupado por el naufragio de la industria azucarera cubana, se había atrevido, en tono solidario, a sugerir algunos consejos.

Por Luis Cino

La Habana, 10 de junio /PD/ En aquel momento, James Petras, junto a Noam Chomsky y Howard Zinn, eran asiduos de La Meca revolucionaria verde olivo. Tras el desplante reflexivo del Comandante, la solidaridad de los yankees zurdos bajó el octanaje intelectual.

En lugar de académicos de primera, de la solidaridad con lo que queda de la revolución de Fidel Castro se ocuparon (ya que Oliver Stone y Michael Moore andan generalmente muy ocupados) los faranduleros de Hollywood. Sean Penn disfrazado de periodista para entrevistar, ya que no al Comandante, al General-Presidente, Benicio del Toro con boina guevarista, Danny Glover con sus pasillos rumberos y algunos otros encandilados hollywoodenses que no hallan en qué entretenerse si no es en hablar boberías alrededor del Tercer Mundo.

Antes fue por el estilo, pero había ingenuidad. A fines de los años 60, los antibelicistas de Berkeley, el Village y Frisco venían a hacer que trabajaban en los cañaverales y a fumar marihuana con permiso, al compás de la Guantanamera, en el campamento de la brigada Venceremos. Crosby, Stills, Nash and Young cantaban a los ojos azules de Judy Collins: “Que yo me voy pa´ Cuba y que sí, pero que bueno baila, epa…” Por su parte, al poeta Allen Gingsberg, por pasear por El Vedado con escritores gays y fijarse demasiado en la ‘guevera’ de algún barbudo guerrillero de mirada mesiánica, los mandamases, por no poder enviarlo a la UMAP, lo montaron a empujones en un avión con destino a casa del carajo. En este caso, a Praga…

La intelectualidad liberal y de izquierda norteamericana acumula un largo historial de necedad y ceguera en sus peregrinaciones por el mundo comunista. Lo inició el rojo John Reed en el San Petersburgo bolchevique. Su libro sobre la revolución de Lenin y Trotski aún resulta interesante, pero si de Reed, se trata somos muchos los que preferimos, a estas alturas del campeonato, escuchar cantar a Lou antes que leer a John.
Varios intelectuales americanos que siguieron las huellas de Reed en la Rusia Soviética luego de la muerte de Lenin, se fascinaron con lo que calificaron como “la inteligencia y sencillez de Stalin”. No se enteraron del culto a la personalidad, las hambrunas, los Gulags y las masacres de la colectivización forzosa. Hasta aplaudieron las purgas y los procesos de Moscú.

Más de 20 años después, la China maoísta fue su siguiente sitio de peregrinaje. Ni siquiera los viles espectáculos de la Revolución Cultural lograron disipar la fascinación. La actriz Shirley McLaine encontró en China la armonía del mundo idílico que siempre soñó. Aunque faltaran las pagodas y los monjes de los monasterios tibetanos. La Mc Laine se sintió tan en paz y a gusto entre los Guardias Rojos que chillaban consignas y repartían golpes en los thanzigs, entre un mar de libritos del camarada Mao, que aprovechó para dejar de fumar.

El colmo de la ceguera zurda y la mala fe de los intelectuales norteamericanos la constituyó, a finales de los años 70, la defensa que hizo Noam Chomsky de los millones de asesinatos en Camboya de Pol Pot y los Khmer Rojos. Según Chomsky, aquello no fue un genocidio, fueron sólo “cuentos sobre las atrocidades de los comunistas”. Para Chomsky, el verdadero genocidio lo cometió el ejército norteamericano en Vietnam. Tan horrorizado estaba que pasó por alto que por aquellos tiempos, el ejército norvietnamita usaba profusamente armas químicas de fabricación soviética contra las tribus rebeldes de las montañas de Laos.

La escritora Mary McCarthy, tan impresionada estaba por la masacre del pelotón de Calley en la aldea de Mi Lay, que no tuvo modo de identificar realmente a los responsables de la matanza de Hué. No podía aceptar que hubiera sido “la otra parte”. Es decir, los vietcongs. No tuvo otra opción que afirmar: “Prefiero pensar que fueron los norteamericanos”.

Por entonces, John Kerry, que no era senador y mucho menos aspiraba a la presidencia, eludía el servicio militar y la bella Jane Fonda, que competía con Brigitte Bardot en encender los instintos eróticos de los adolescentes de mi generación, volaba a Hanoi para retratarse, con sus ojos verdes y los pezones erizados de placer bajo la blusa de algodón hindú, junto a las baterías antiaéreas rusas que defendían de los B-52 yankees los cielos del reino del Tío Ho Chi Minh.

Para los intelectuales izquierdistas norteamericanos, los Estados Unidos son los culpables de todos los males de este mundo. Por ello arrastran un perenne complejo de culpa y expiación. En el caso de Cuba, se sienten emocionalmente descalificados para juzgar a las víctimas del embargo-bloqueo norteamericano. A ellos, la víctima que más le preocupa es el régimen. Las demás, las víctimas por partida doble de los victimarios ineficientes y tiránicos y del embargo inoperante y obtuso, le preocupan mucho menos. Sólo despiertan un vago interés filantrópico que remedian, como pueden y se les antoja, el reverendísimo Lucius Walker y sus Pastores por la Paz.

Tales actitudes explican y justifican todo lo que hace la dictadura cubana. Aún la falta de libertades y las violaciones de los derechos humanos a sólo unas decenas de millas al sur de los cayos de la Florida. ¿Acaso tales minucias circunstanciales son suficiente razón para perturbar la utopía? Habrá que preguntar, si no a Chomsky y Petras, a los camaradas Penn, Glover and Moore.

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