Monday, July 12, 2010

LA COPA EL MUNDO: EL MUNDO SE VISTE DE ROJO

La locura del fútbol. Segundo lugar, primer perdedor
Copa del Mundo: el mundo se viste de rojo
España ganó el domingo el Campeonato Mundial de Fútbol, haciendo honor a su favoritismo
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Iniesta celebró quitándose la camiseta donde escribio el nombre de un jugador fallecido

Por Herman Beals

DIARIO LAS AMERICAS

Con un solitario gol de un partido en que la escasa calidad fue compensada por abundantes emociones, España ganó el domingo el Campeonato Mundial de Fútbol, haciendo honor a su favoritismo y concretando en realidad su antiguo sueño de llegar adonde muy pocos lo han hecho.

Con el único tanto del encuentro anotado por el mediocampista Andrés Iniesta a los 116 minutos, Holanda fue privada por tercera vez de la copa dorada que es símbolo de supremacía en el balompié mundial. Sus intentos anteriores, en las finales de 1974 y 1978 también terminaron en frustración y llanto.

Esta vez en Johannesburgo los vencedores, también lloraron de emoción. El arquero español Iker Casilla, veterano de tres campeonatos mundiales, no pudo contener las lágrimas desde el mismo instante en que Iniesta conquistó el gol de la victoria.

El triunfo de la “Furia Roja” también despertó lágrimas, abrazos y sonrisas en el palco de honor del estadio Soccer City. La reina Sofía de España y otros miembros de la familia real celebraban así la hazaña de un equipo que superó el serio tropiezo de una derrota al comienzo del torneo, para reagruparse y convertirse en el octavo campeón mundial que haya tenido el mundo.

España se unió a Brasil, Alemania, Italia, Argentina, Uruguay, Francia e Inglaterra como poseedor de la copa que cada cuatro años despierta emociones y genera dramas como ningún otro deporte en el planeta.

Las ansias de ganar y la rivalidad entre los dos finalistas europeos dominaron durante los 120 minutos del encuentro, hasta que Iniesta recibió un pase de Cesc Fábregas y disparó cuando estaba a sólo ocho metros de la boca del arco. Hubo una breve consulta sobre si su posición era legítima, pero su tanto ya había entrado a los anales del balompié.

Fue un encuentro de discreta calidad y abundantes infracciones. El árbitro inglés, Howard Webb, mostró 11 tarjetas amarillas, una cantidad sin precedente en una final y los holandeses, que recibieron la mayoría de las sanciones, terminaron con solo 10 hombres en el campo.

Uno y otro equipo tuvieron oportunidades de anotar hasta que Iniesta, considerado como el hombre más tranquilo del cuadro español, tomó la pelota en el área chica y la envió a la red.

Iniesta celebró quitándose la camiseta y en las tribunas, en Madrid, en Barcelona y en el último rincón de España tronaron los aplausos que también tuvieron eco en América Latina donde la victoria fue considerada como propia.

Hasta Don Vicente del Bosque, el hombre que siempre creyó en sus hombres, cambió su cara impasibe para abrazarse con sus colaboradores y con los jugadores, que no siempre compartieron sus instrucciones, pero que en Sudáfrica se convirtieron en los mejores mensajeros del fútbol que él predicaba.

Al sonar el silbato final del partido y del campeonato, hubo otro triunfador: Sudáfrica.

El primer país del continente africado encargado de la titánica tarea de organizar una Copa del Mundo, el torneo más multitudinario de la tierra, respondió con creces a la responsabilidad y su máximo patriarca, Nelson Mandela, quien hizo una breve aparición pública para después presenciar la final desde su hogar, compartió con sus compatriotas la satisfacción de una labor bien cumplida.

Copa del Mundo: segundo lugar, primer perdedor


Quien termina en segundo lugar es el primer perdedor. Esta máxima, es válida en la vida en general y especialmente en los deportes, donde todos quieren estar en el lugar de honor del podio. Ni qué hablar del tercer o cuarto puestos, pero eso es lo que dirimieron Alemania y Uruguay en el penúltimo partido del Décimonoveno Campeonato Mundial de Fútbol.

Ganó Alemania por 3-2, con dos de los máximos valores de ambos conjuntos y goleadores del torneo, el jóven Thomas Mueller y el gran Diego Forlán, anotando una vez cada uno para completar cinco en Sudáfrica, con una diferencia: el tanto del uruguayo de largo cabello rubio contenido por una cinta plástica fue uno de los mejores de la Copa.

Forlán tomó de volea un tiro cruzado de Egidio Arévalo, batiendo limpiamente al golero Hans Joerg Butt. Debajo de los otros tres palos, el uruguayo Fernando Muslera pareció afectado por la lluvia y lo resbaloso del balón lo cual contribuyó a por lo menos uno de los goles germanos.

Alemanes y uruguayos se fueron con honor y en medio de cálidos aplausos, pero eso no mitigará el dolor de haber estado ausente del sitial que conquistaron para sí Holanda y España.

El partido en el estadio Nelson Mandela de Port Elizabeth se jugó bajo lluvia, pero así y todo los jugadores se esforzaron por ofrecer un buen espectáculo, en un partido que no significaba mucho para ninguno de ellos.

Mueller abrió la cuenta a los 19 minutos cuando algunos creyeron ver posición adelantada, pero el árbitro mexicano Benito Archundia señaló hacia el centro de la cancha, validando el gol.

Empató Edinson Calvani a los 28, Forlán puso en ventaja a Uruguay a los 52, pero los alemanes volvieron a anotar por intermedio de Marcell Jansen y Sami Khedra, a los 56 y 82 minutos.

Forlán tuvo la oportunidad de igualar en los últimos segundos del encuentro, pero su tiro libre dio en el travesaño.

Es la segunda vez que los alemanes, favoritos cuando comenzó la Copa el 11 de junio, deben contentarse con el tercer puesto.

Uruguay, que despertó expresiones de sorpresa en Sudáfrica entre quienes no están bien al tanto de la calidad y poderío de su fútbol, sacó la cara por el continente americano, que comenzó el torneo dominando en las primeras etapas sólo para desilusionar en las instancias claves.

El tercer puesto conseguido por Alemania significa que, como sucedió hace cuatro años, los tres primeros lugares de la Copa van a quedar en poder de países europeos, un poderoso llamado de atención para América Latina y, en especial para sus dos grandes potencias, Brasil y Argentina.

Desde el punto de vista económico, como siempre la FIFA, el organismo rector del balompié, estuvo en el podio de los victoriosos en Sudáfrica.

Según cálculos divulgados en Johannesburgo, la FIFA verá engordar sus cofres, agregando la astrónomica suma 330.000 millones de dólares con ganancias derivadas del torneo.

La Copa del Mundo es una máquina de hacer dinero para la FIFA con sus ingresos por derechos de televisión, mercadeo y otros proyectos destinados a hacer feliz al suizo Sepp Blatter, el septuagenario presidente de la entidad.

Los beneficios materiales para Sudáfrica también serán importantes, pero a la larga no tanto en el aspecto económico.

El primer país del continente africano que haya organizado el magno espectáculo se siente orgulloso de la tarea realizada y, según los entendidos, la Copa del Mundo constituirá una bonanza para el turismo en los próximos años.

Una suma superior a los tres millones de personas asistieron a los estadios, lo cual coloca a Sudáfrica en el tercer lugar en esta categoría, detrás de la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos y el torneo de 2006 en Alemania.
Aunque ese logro es impresionante, quedó corto con respecto a los cálculos iniciales, aunque no por mucho. Si las tribunas se hubiesen llenado en cada partido, los espectadores habrían totalizado 3.420.000, según los cálculos de los organizadores.

Copa del Mundo: la locura del fútbol

El columnista Terry Wogan estuvo correcto sólo en el 50 por ciento al escribir en The Telegraph de Londres que “en dos años la locura del Campeonato Mundial de Fútbol comenzará de nuevo”.

La locura ya comenzó.

Los primeros indicios de ese estado especial de mente está en el despido de algunos de los entrenadores (técnicos como se proclaman ellos mismos, con el entusiasta asentimiento de la prensa deportiva), y de las interminables especulaciones sobre quienes conducirán a los seleccionados nacionales en reemplazo de los fracasados en Sudáfrica.

Los que tienen más dignidad ya renunciaron. Otros están a la espera que los dirigentes a cargo de las asociaciones nacionales les muestren la puerta y algunos, los menos, creen y esperan ser confirmados en sus cargos.

Por supuesto esta situación es más notoria entre las grandes potencias que en los países que trataron de hacerlo lo mejor possible dentro de su nivel y hasta superaron las espectativas en la Copa del Mundo

Mientras más alto, más dura es la caída.

Dunga, quien no tuvo éxito con Brasil, fue uno de los primeros en ser notificado del término de sus servicios.

En Inglaterra, otro de los ex campeones mundiales que defraudó una vez más, aficionados y expertos se preguntan –un poco tarde— como es posible que las autoridades del fútbol hubiesen contratado a un entrenador que no habla el idioma del país.

Esa deficiencia, sin embargo, no es tan grave como entregar las riendas de entrenador de la selección nacional a un drogadicto o ex consumidor de sustancias prohibidas que también debió regresar antes de tiempo.

Los cambios de nombres entre entrenadores y jugadores consumirá los dos primeros años post mundial. En los últimos 24 meses de ese período tendrá lugar la locura de las eliminatorias regionales a la que aludía Wogan en su columna quien, de paso planteó una interesante teoría: ¿Está la calidad de los futbolistas a la altura de lo que esperan los aficionados? En la mayoría de los casos ---Inglaterra, Italia y Francia, y en menor grado Argentina y Brasil, fueron un buen ejemplo— la respuesta es un enfático no.

La locura de las eliminatorias –las selecciones de más de 200 naciones tienen que ser reducidas a 32— es especialmente draconiana en América del Sur, donde todos juegan contra todos, para un total de 18 partidos por equipo, y no por grupos como ocurre en Europa.

Eso causa interrupciones en los torneos nacionales, derrame de dinero en viajes, hoteles y salarios y problemas de saturación entre los jugadores.

Para quienes son recompensados con el éxito –España y Holanda este año— los sacrificios valen la pena. Para los que jugaron tres partidos en sus grupos y hasta los que pasaron a la etapa de los últimos 16 para ver tronchadas sus esperanzas en 90 minutos, la aventura representa una amarga experiencia.

Pero esa locura es lo que hace a la Copa del Mundo uno de los acontecimientos más apasionantes de la tierra y dos centenares de naciones seguirán insistiendo cada cuatro años –la próxima cita será en Brasil – hasta que la calidad y la suerte les sonrían.

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